en tragarse un grito como un trozo de vidrio,
en escupir sonrisas con los dientes partidos,
en tragarte la rabia como un postre sin azúcar
mientras el mundo te orina el alma con una sonrisa de LinkedIn.
Hay magia, sí,
en no reventarle la cara al tipo que dice:
“relájate, todo pasa por algo”,
mientras tú te desangras por dentro
como una bolsa de supermercado rota.
Hay magia en no dañar,
aunque el daño te mastique los huesos desde adentro,
aunque cada célula grite “¡hazlo explotar todo!”
y tú digas: “no, gracias, ya tomé terapia”.
Hay magia, claro,
en llorar en silencio para no incomodar,
en deprimirse con estilo y buen gusto,
con playlist triste, filtros bonitos,
y un meme existencial entre las lágrimas.
Hay magia en sentir tristeza y no huir,
aunque huir suene como una buena oferta de domingo,
aunque quedarse sea como abrazar a un cactus
que te susurra: “esto también es amor”.
Hay magia, joder !!
en sentir miedo y no parar,
aunque la vida sea una estampida de vacas rabiosas
y tú estés en sandalias con depresión.
Hay magia en no parar,
aunque te ardan los músculos del alma,
aunque la ansiedad te susurre que todo es inútil,
y la esperanza tenga la voz de un operador de call center
que nunca contesta.
Magia.
La llaman magia.
Yo la llamo supervivencia con sarcasmo.
La llamo resistir sin gloria.
La llamo:
“¡Mira mamá, no lloro frente a la gente!”
La llamo:
“Estoy bien, gracias por preguntar, ahora quítate.”
Porque sí, hay magia,
pero no es blanca, ni suave, ni bonita.
Es una magia sucia, con mal aliento,
que se ríe de los coaches de vida
y que solo aparece cuando el mundo
te está metiendo los dedos en la garganta
y tú aún decides no escupir sangre, sino poesía.

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