Y eso me golpeó fuerte…
porque entendí que durante años hablé en silencio.
Grité desde mis ojos cansados,
desde los mensajes sin enviar,
desde el "todo bien" dicho con una sonrisa que temblaba en la comisura.
Fui ruidosa en mi silencio,
pero solo algunos—muy pocos—
lograron escuchar el eco de mi alma encogida,
las palabras no dichas que dolían más que los gritos,
los abrazos que no pedí por miedo a parecer débil.
Entonces comprendí…
que amar también es afinar el oído para lo invisible,
es notar la ausencia aunque el cuerpo esté presente,
es entender que hay guerras internas que no se publican,
pero sí se sienten.
Así que hoy valoro más que nunca a quien supo oírme sin palabras,
a quien leyó mis silencios como si fueran cartas escritas con tinta invisible,
a quien me abrazó justo cuando no dije que lo necesitaba.
Porque estar callada no significa estar bien,
y quien realmente te quiere…
te escucha incluso en tu mutismo más feroz.

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