Te amo tanto
que cuando rompiste mi corazón
no grité,
no te culpé,
no recogí los pedazos con rabia.
Los tomé,
uno por uno,
como si fueran cristales sagrados,
como si al tocarte con la sangre de mi pecho
pudiera sanarte
en vez de desangrarme.
Te amo tanto
que cuando noté que te ibas
no te detuve.
Solo abrí las puertas
y barrí el suelo para que no tropezaras
con mi dignidad esparcida.
No dije “quédate”,
pero mi alma se quedó quieta,
como si el simple hecho de no moverse
hiciera menos real tu partida.
que cuando rompiste mi corazón
te saqué con tanto cuidado
para que no te lastimaran los bordes filosos
de mi tristeza.
Te envolví en mi ternura,
te oculté de mi propio dolor.
Y entonces,
cuando ya no había latido,
cuando el ruido de tu ausencia me perforaba los huesos,
te alojé justo en mi alma.
Ahí,
donde no hay manos que arranquen,
donde no hay cuchillos que corten,
donde no llegan los finales
ni los olvidos
ni las nuevas amantes.
Te amo tanto
que aún hoy te hablo bajito,
como si siguieras dormida en mí.
Te arropo con mis recuerdos,
te doy abrigo con mis lágrimas
y te canto las canciones que ya no puedes oír.
Te amo con la resignación
de quien lo ha perdido todo
y aún así guarda los restos
como si fueran reliquias.
Te amo tanto
que acepté vivir sin ti,
pero contigo.
Acepté que no volverás,
pero nunca te fuiste.
Acepté que me rompiste,
pero jamás dejé que te rompieras tú.
Porque te amo tanto
que preferí hacerme trizas
antes que devolverte el daño.
Y aunque sangro cada día
y respiro a medias,
aunque la vida me duela y me cueste,
sé que no te hice daño al salir de mí.
Y eso, amor,
es el único consuelo
que me queda.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario