Tengo tanto que decirte
que las palabras se me escapan como mariposas torpes,
chocando contra los cristales del tiempo.
Tengo tanto que contarte
que si la eternidad se hiciera carne,
igual me quedaría corta,
porque para nombrar tu belleza
se necesitaría inventar otro idioma,
uno hecho de suspiros,
de lunas enteras desveladas,
de caricias que se pronuncian con los ojos cerrados.
El amanecer, por ejemplo:
cuando el sol rompe la noche, pienso en tu sonrisa
rompiendo mis sombras.
Las flores, con sus pétalos tímidos,
son apenas imitaciones pobres de tus labios;
y el viento… el viento no es más que un eco torpe
de tu voz llamándome entre sueños. Tú no eres un capítulo,
eres el libro completo que quiero leer una y otra vez
hasta desgastar sus páginas con mis dedos,
con mis besos, con mi vida entera.
Y si me preguntan qué es amor,
diré tu nombre con la certeza
de quien sabe que todo lo demás es ruido,
y que tú eres la melodía que le da sentido al mundo.
Quisiera coserme a tu piel,
fundirme con la luz de tus pupilas,
convertirme en refugio donde tu risa habite,
y ser, si me lo permites,
el último pensamiento antes de dormir
y el primero cuando despiertes.
Porque amar no es suficiente para explicar lo que siento.
Lo tuyo es otra cosa:
es una religión sin templos,
es un océano infinito donde me ahogo feliz,
es querer escribir tu nombre en cada estrella
y aún así saber que el cielo no alcanza.
Tengo tanto que decirte…
que todas las palabras se me hacen pocas,
que la vida entera se me hace corta,
que si me dieran mil años más,
seguiría buscando excusas para amarte.
Y si algún día la muerte me arranca de ti,
le suplicaré al universo renacer en otra piel,
para encontrarte de nuevo,
para volver a decirte, con la voz temblando,
que todo lo que me resulta hermoso…
me recuerda a ti.

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