donde las puertas chirrían y el gas huele a olvido.
No.
Hablo de ti.
De tu cuerpo que aún tiembla cuando alguien finge ternura.
De ese pecho que alguna vez fue templo,
y ahora es ruina con flores secas entre las grietas.
¿A quién dejas entrar?
¿A qué manos, a qué bocas, a qué promesas de trapo?
¿A quién le das la llave de tu carne,
como si fuera papel y no piedra,
como si no doliera cuando te pisan los recuerdos?
¿Dejarías que un perro sarnoso,
con la piel colgando como confesiones tarde dichas,
lleno de pulgas que susurran mentiras,
con barro en las patas y mierda en los dientes,
entrara en tu casa?
Porque eso hiciste.
Le abriste la puerta al que venía arrastrando su propio infierno,
con la lengua babeando caricias
que olían a culpa fermentada.
Y tú, con el corazón acurrucado en un rincón,
le ofreciste cama,
le ofreciste tu voz,
le ofreciste tu historia escrita con sangre vieja.
Te dijo
“Me encantas”
como quien escupe en una herida
y tú le creíste.
Porque eras hogar buscando dueño,
porque eras incendio fingiendo que el calor era amor.
Él entró con los zapatos empapados de otras guerras,
y tú pensaste que con tu ternura podrías limpiar sus pasos.
Pero lo que hizo fue cagar en tus rincones más sagrados,
aplastar tus rituales con sus mentiras viscosas,
marcar tu espalda con su ausencia.
Y cuando por fin se fue,
no cerraste la puerta.
La dejaste entreabierta, por si regresaba.
Aunque sabías que lo único que volvería
serían las moscas,
el olor a podrido,
y los fantasmas de lo que pudo ser.
Así aprendiste que no todos los que golpean la puerta
vienen por abrigo.
Algunos vienen por carne.
Por un alma abierta como ventana en tormenta.
Por un cuerpo sin cerraduras,
un corazón sin mordazas.
Ahora lo sabes.
Ahora tal vez preguntes,
antes de ofrecer tu pecho como refugio:
—¿Cuidas tu hogar?
Y no respondas con palabras.
Mira tus manos.
Huelen a cloro y a cicatriz.
Has estado limpiando ruinas otra vez.

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