Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

viernes, 8 de agosto de 2025

Lo que extraño... sí existe, carajo

 Circulan frases de calendario,

esas cagadas zen con tipografía cursiva:
“Lo que extrañas ya no existe,
así que suelta, fluye, sana, ¡va!”

—¡Va!—
Como si mi corazón fuera una puerta giratoria,
como si el amor tuviera botón de "cerrar sesión",
como si lo que me duele
fuera un archivo basura que se borra con clic derecho.

“Lo que extrañas ya no existe…”
¿En serio, gurú de pacotilla?
Pues que alguien le avise al perfume
que aún lleva su nombre en el cuello de otra camisa.

Que alguien le diga al restaurante de la esquina
que los domingos no son iguales
desde que ya no hay risas con dos platos.

Explíquenle a mi memoria
que las manos que extraño
todavía sostienen tazas, llaves, otras pieles
—pero siguen siendo las mismas manos—.

¡Qué fácil soltar desde la comodidad
de una cuenta de Instagram llena de frases recicladas!
Qué cómodo es hablar de “sanar”
cuando nunca tuviste que arrancarte
una historia a tiras, como piel vieja.

¡Claro que existe!
Camina, respira,
publica selfies sin filtro
con títulos como: “Brillando sola ✨”
(y claro que brilla, porque yo le enseñé a prender fuego).

¡Sí existe, carajo!
No es un fantasma,
es carne, hueso, errores y encanto.
Sigue usando el suéter que olvidó en mi casa
pero dice que “lo compró en una tienda vintage”.

Y yo debo soltar, según tú.
Debo hacerme la zen,
encender una vela,
y repetir en voz baja:
“ya no existe, ya no existe, ya no existe”.

No, imbécil.
No voy a repetir mantras como loro sin alma.
No voy a ignorar que mi herida tiene nombre,
sonrisa torcida
y la maldita costumbre de aparecer en mis sueños
vestida como el primer día.

¿Soltar?
¿Y quién sostiene mi rabia, mi ternura,
mi necesidad de gritarle que la odio,
que la amo,
que la odio porque la amo
y que se largue de mi mente pero deje el cuerpo?

“No existe”
¿Dónde estudiaste eso?
¿En la Universidad de Frases Bonitas y Corazones Rotos por Zoom?
¿Te titulaste en Terapia Emocional con Tés Herbales?

Mira, gurú de pantalla,
yo no quiero sanar así,
con frases que saben a papel mojado.
Yo quiero dolerme hasta los huesos,
arrastrarme en la memoria,
vomitar cada palabra no dicha
hasta que el silencio tenga sentido.

Lo que extraño SÍ existe.
Y ese es el maldito problema.




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