A menudo la tierra cree sepultar un cuerpo,
pero en su silencio húmedo y oscuro
guarda dos latidos que ya no laten,
dos llamas que se apagaron juntas
sin que el mundo lo advirtiera.
no entiende de ausencias,
pero recibe, inocente,
el peso doble de un amor roto:
uno muerto en la carne,
y otro muerto en el alma.
Porque cuando alguien parte,
se lleva también el corazón que lo amaba,
arrancándolo del pecho que aún respira,
dejando un hueco que ni la vida ni los años
saben cómo llenar.
El ataúd parece estrecho,
pero guarda espacios infinitos,
ahí caben las promesas quebradas,
las risas que jamás regresarán,
y los sueños marchitos
que se entierran como flores
antes de florecer.
Dos corazones se rozan en la oscuridad:
uno hecho polvo,
otro todavía sangrando.
Ambos comparten la misma prisión,
la misma caja cerrada,
la misma eternidad silenciosa.
Y el que queda vivo,
aunque camine, aunque hable, aunque respire,
lleva la muerte tatuada en el pecho,
lleva el ataúd abierto dentro,
donde su corazón yace acostado
al lado del tuyo.
Por eso, cuando el sepulcro se cierra,
no encierra solo un cuerpo,
sino dos destinos.
No entierra una vida,
sino un universo completo
que ya no volverá a nacer.

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