Yo sé que no debo estar con ella,
pero mi amor aún vuela cada nochecon un recuerdo suyo.
No lo controlo.
El cuerpo aprende rápido a despedirse,
pero el alma es terca,
se queda rezagada en las esquinas de la memoria,
allí donde nadie barre,
donde el polvo conserva huellas antiguas.
Éramos dos mujeres contra el mundo,
o eso creímos.
Dos voces que se buscaban en la penumbra,
dos manos que firmaban pactos en la piel.
Yo la amé como se ama lo imposible,
con un fervor casi blasfemo,
como si en sus labios estuviera escondido
el último sacramento.
Ahora ella se fue,
pero dejó encendidos los pasillos de mi mente.
Camino en la oscuridad
y sus risas se encienden como lámparas;
cierro los ojos,
y ahí está su perfume,
ese que nunca compré pero que sigo pagando
con cada desvelo.
Me repito que no debo,
que lo nuestro ya no es,
que ella aprendió a olvidarme
mientras yo sigo practicando el arte inútil de recordarla.
Pero la carne sabe lo que la voluntad niega:
que todavía tiemblo si alguien pronuncia su nombre,
que todavía la sueño en domingos interminables,
que todavía creo escucharla
cuando la ciudad se apaga
y la madrugada se llena de pasos invisibles.
La fe me grita que suelte,
el orgullo me ruega que cierre,
pero el amor, ese condenado,
me arrastra otra vez a la frontera del recuerdo,
me sienta frente a ella,
y me obliga a contemplar cómo sonríe
aun sabiendo que no es mía.
vivo así,
con un Dios que calla,
con una cama que sobra,
con un corazón que insiste en sembrar flores
en un terreno donde ya no germina nada.
Yo sé que no debo estar con ella.
Pero el amor nunca pregunta si debe,
el amor es un ladrón testarudo,
entra por las ventanas,
se esconde en los cajones,
me visita cada noche disfrazado de nostalgia,
aunque cierro puertas y quemo cartas,
él siempre encuentra un resquicio.
Al final,
no sé si es ella lo que extraño,
o la versión de mí que solo existía
cuando estaba en sus brazos.

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