Tu recuerdo me arde en la piel,
y la culpa me muerde con dientes de hierro.
El deseo y la culpa me van a matar, lo sé.
Me sorprendo buscándote en la oscuridad,
como si pudieras volver con un suspiro,
como si tus manos aún pudieran sostener
este cuerpo que se deshace sin ti.
Caigo de rodillas, desgarrada,
y le ruego a Dios:
sopla, sopla vida en mis huesos secos,
devuélveme la mujer feliz que fui
cuando tus labios eran mi cielo.
Pero sólo escucho el eco hueco de mi llanto,
y me sé condenada a extrañarte.

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