“dejar ir”.
La repiten como si fuera sencillo,
como si abrir las manos bastara para soltar
lo que ya se ha enredado en la carne.
Pero mi corazón no es ligero,
no es un sitio abierto al viento.
Mi corazón es un barco maldito,
como el de Davy Jones:
oscuro, húmedo,
cubierto de algas que respiran podredumbre,
con las maderas hinchadas por el peso
de todo lo que jamás supe abandonar.
Cada vez que alguien sube a bordo
no es un pasajero más:
se convierte en tripulación de mi condena.
No caminan sobre cubierta,
se incrustan en las paredes,
se mezclan con los clavos,
se funden con mis vigas,
hacen parte de mi respiración,
de mis latidos,
de mi propio esqueleto.
Y cuando deciden marcharse,
no bajan por la escalera del muelle
ni desaparecen con un adiós.
No.
Prefieren desgarrar mi pecho,
apuñalar mi carne,
arrancar un pedazo de mí
para abrirse paso hacia afuera.
Entonces,
lo que queda en el barco
son los huecos.
Cavidades húmedas, negras, abiertas.
Vacíos que no saben cerrarse.
¿Y cómo llenarlos, si la herida
ya no es un hueco cualquiera,
sino la silueta exacta
de quien se fue?
Quedan marcas perfectas en la madera:
una figura en relieve,
un molde vacío que reclama al ausente.
Puedo meter las manos en esos agujeros,
sentir su forma precisa,
como si todavía respiraran ahí.
Pero no hay nada.
Solo un silencio denso
que me asfixia más que la sangre.
Intento taparlos con otros cuerpos,
con voces nuevas,
con manos ajenas.
Pero ninguno encaja.
Porque cada vacío
es una memoria tallada en hueso,
un hueco con nombre propio,
una herida que reconoce su dueño.
Y así vivo,
parchando con desesperación
un barco que ya no flota,
un corazón que se hunde bajo su propia tripulación fantasma.
El agua entra por cada grieta,
por cada ausencia,
por cada adiós que se llevó mi aire.
Yo, ridícula capitana,
sigo respirando por aquellos
que ya me apuñalaron.
Sigo viva por los que me mataron.
Y aunque mi barco se parte en dos,
aunque mis paredes son solo ruinas húmedas,
sigo guardando dentro de mí
las siluetas perfectas
de todos los que jamás supe soltar.
Porque “dejar ir”
nunca fue soltar las manos.
Es arrancar de raíz un fantasma
que ya echó raíces en la carne.
Es desclavar de mi pecho
las figuras que lo habitan.
Y yo no puedo.
Yo no sé.
Así que mi corazón seguirá siendo este barco maldito,
este ataúd marino,
donde cada ausencia
tiene un rostro,
un hueco,
un molde eterno
que nunca dejará de doler.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario