Cada amanecer es la misma ceremonia,
un altar de horas grises
donde me arrodillo sin fe,
solo porque la costumbre y la necesidad
me han enseñado a obedecer.
no calienta,
es un testigo indiferente
de que el mundo allá afuera
sigue girando sin esperar
que yo encuentre mi lugar.
Ver que nada va a cambiar
es como mirar un río seco
y seguir acercándote con un cántaro,
sabiendo que solo recogerás polvo.
No importa cuántas veces lo intentes,
la sed no se apaga.
Y aun así,
me visto con la ropa que huele a rutina,
camino los mismos pasos hasta el mismo sitio,
repito las frases que me enseñaron,
esas que encajan perfecto
en una vida que no es mía.
Porque lo que debo hacer
ya no es elección,
es supervivencia.
Y la supervivencia
no pregunta si eres feliz,
solo se asegura de que respires.
En este ritual forzado
hay velas que nunca enciendo,
oraciones que no recito,
pero que de alguna forma
cumplo al pie de la letra.
Trabajo, obedezco, sostengo.
Y todo lo que sostengo
me aplasta un poco más.
A veces me descubro mirando
a esa versión de mí que quedó atrapada
en el instante antes de rendirse.
La veo detrás de un cristal grueso,
golpeando con las manos,
muda, desesperada,
rogando que la saque de aquí.
Pero ya no tengo llave.
La cambié por un plato en la mesa,
por facturas pagadas,
por un techo que no se derrumba.
Por todas esas cosas que llaman “seguridad”
y que en el fondo son cadenas pulidas
que aprendí a lustrar cada mañana.
El ritual termina siempre igual:
la noche me encuentra exhausta,
el cuerpo en automático,
y el alma archivada
en algún rincón que ya olvidé.
Mañana será lo mismo.
Porque aquí,
donde nada cambia,
lo único que crece
es el silencio que me habita.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario