No existe idioma
ni lengua de hombre ni de ángel
con palabras suficientes
para traducir el vacío que deja
perder la esperanza
de volver a sentirme plena
como aquella vez.
Aquel instante en que el universo,
en su infinita rareza,
parecía respirar al compás de mi pecho,
y el sol tenía el descaro de brillar
solo para mí.
Hoy, todo es un eco roto.
Las manos que antes eran nido
ahora son jaula,
y cada día amanece con un silencio
que no acaricia,
solo pesa.
No hay sinónimos para esa plenitud perdida,
ni conjugación que devuelva el verbo
de aquel momento perfecto.
Podría inventar un alfabeto nuevo,
tallar letras con las uñas en las paredes,
llorar tinta sobre un cuaderno,
y aún así,
seguiría siendo insuficiente.
Porque la verdad es esta:
cuando la esperanza se quiebra,
ya no hay idioma,
solo un idioma muerto
que se habla con la piel fría
y el alma a medias.

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