¿Hasta qué punto soñar es válido?
¿Hasta qué punto no se convierte en tortura?
¿Hasta qué momento no pasa de ser
una venda sucia sobre una herida abierta?
Porque sí, a veces duele más soñar
que rendirse.
¿Y si el pesimismo de un amigo que te dice “no vas a lograrlo”
es más compasivo que tus propios sueños,
esos que nacen desde el hueco más putrefacto de tu vida,
donde ya nada florece,
pero tú aún te aferras
a una imagen absurda
de amor,
de familia,
de lealtad,
de amistades reales
y cosas que este mundo ya no fabrica?
¿Y si soñar es solo una forma educada
de no volarte la cabeza?
Una forma de disfrazar la rabia,
de posponer el grito,
de tragar sin vomitar
este mundo asqueroso
donde las oportunidades son pocas,
y las pocas…
tienen nombre, apellido, linaje, contactos y herencias.
¿Y si no es que no eres suficiente,
sino que no naciste con estrella?
¿Y si todo es un juego
al que tú llegaste sin ficha?
Y sin embargo…
¿Qué pasaría si dejaras de soñar?
Si no tuvieras esa fantasía absurda
de que un día algo cambia,
¿Qué te levantaría de la cama?
¿El deber?
¿La rutina?
¿El miedo al qué dirán si te dejas caer?
¿Sobrevivir lo más dignamente posible
mientras esperas que el reloj se canse
y se lleve tus días?
¿Por qué quitarte la vida está “mal”,
pero vivir arrastrándote en nombre de la gratitud
es correcto?
¿Es eso?
¿Agradecer lo mínimo,
aunque el alma esté hecha trizas?
¿Es eso vivir?
¿O es solo no morir?
Mierda…
Quizá sí.
Quizá los sueños no son la salvación.
Pero son un faro.
Uno jodido, quebrado, inestable.
Pero faro al fin.
Y cuando todo se apaga,
cuando ya no crees en nada,
ni en Dios, ni en la gente, ni en ti misma,
a veces queda solo eso:
la fantasía inútil
de que mañana puede doler un poco menos.
Y esa fantasía,
tan ridícula y pequeña,
a veces es suficiente
para no rendirte.
Para respirar.
Para aguantar.
Para pelear otro día.
Así que sí.
Tal vez soñar sea una trampa.
Pero si no soñamos…
¿Qué carajos nos queda?

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