A veces me pregunto si existe un lugar entre el sofá y el vacío,
una especie de limbo con sarcasmo suficientepara no llorar y no reír del todo.
Porque no quiero estar aquí,
donde el aire todavía huele a tu perfume de superioridad moral,
ni allá, donde todos me dicen que “ya pasará”,
como si el corazón tuviera horario de oficina.
¿A dónde se va cuando no quieres estar en ningún lado?
Tal vez al espejo,
a ver si todavía queda alguien detrás de las ojeras,
o tal vez al fondo del cigarro,
justo antes de que se apague y te recuerde
que ni siquiera el humo sabe quedarse.
He probado lugares, ¿sabes?
El gimnasio fracaso.
El bar éxito parcial.
La cama campo de batalla.
El silencio demasiado honesto.
Quizá se va a ese sitio invisible
donde se archivan las promesas incumplidas
y las conversaciones que nunca se tuvieron.
Allí, tú sigues explicando por qué no era el momento,
y yo sigo fingiendo que entiendo.
Pero tranquila, no es drama, es arqueología emocional.
Desentierro tus palabras con cuidado,
como quien excava un fósil que no vale nada,
solo por el morbo de mirar lo que ya no vive.
¿A dónde se va cuando no quieres estar en ningún lado?
A veces, se va adentro.
A ese rincón del alma donde uno se sienta con la herida,
le pasa un trago y le dice:
“Bueno, parece que solo quedamos tú y yo.”
Y ahí, en esa nada que empieza a parecer casa,
una aprende que la ausencia también tiene su música,
y que el silencio ese desgraciado
sabe cantar afinado cuando ya no duele.

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