La belleza de tu cuerpo fue turista.
Pasó una noche en mi cama,dejó su maleta abierta y su perfume en la almohada,
y se marchó al amanecer sin pagar el desayuno.
Ah, pero qué espectáculo tu piel,
esa fachada de museo moderno,
esa sonrisa de catálogo
que prometía eternidades y traía plazos cortos.
Yo te aplaudí,
como se aplaude a una tragedia mal actuada,
porque incluso la falsedad tiene su encanto
cuando una está dispuesta a fingir que ama.
La belleza del cuerpo, sí, fue un viajero,
de esos que se creen mochileros espirituales
pero solo buscan Wi-Fi y validación.
Tu cuerpo pasó, y dejó su sombra de saldo.
El alma, en cambio, se quedó.
No la tuya tranquila, no exageres
la mía.
La mía se quedó conmigo, en bata, despeinada,
fumando sobre las ruinas,
mirando los escombros con una risa amarga.
Ahí entendí:
no todas las despedidas son tragedias,
algunas son limpiezas profundas.
Quité tu cepillo, tus fotos, tu drama,
y de pronto el aire se volvió respirable.
Dicen que la belleza del alma es un amigo que se queda.
Pues la mía se sentó conmigo,
me sirvió vino barato,
y me dijo:
“¿Ves? Al final no la necesitabas,
solo te habías olvidado de ti.”
Ahora, cuando alguien me habla de amor,
yo reviso su pasaporte:
si es viajero del cuerpo,
le ofrezco una noche;
si es amigo del alma,
quizás… un poema.

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