Quisiera volver a donde fui feliz,
a ese pequeño rincón donde mi alma todavía respiraba,pero recordé —qué detalle tan mínimo—
que tú quemaste la casa.
La dejaste arder como si fuera un chiste interno,
como si mis recuerdos fueran yesca
y tu sonrisa la chispa que faltaba.
En ese incendio murió mi alma,
se carbonizó el cuadro de nuestro “para siempre”,
se derritió el “te amo” que resonaba en cada esquina,
yo me quedé allí, humeante, viendo cómo el amor hacía crujir sus huesos
como leña verde.
Quemaste también a la mujer que fui.
La hiciste arder sin misericordia,
y ahora solo soy un cascarón que respira por accidente,
que sonríe por cortesía,
que finge estar viva para no incomodar.
Una estatua caliente por fuera
y hueca por dentro.
A veces quisiera volver a ti,
pero resulta que no existe ese “tú” al que extraño.
Solo existe la criatura que fabriqué en mi memoria,
un dulce espejismo con olor a hogar,
cuando en realidad eras un monstruo con piel bonita,
una coraza hermosa de mujer tierna
y dentro un pozo oscuro donde yo misma me perdí.
Quisiera volver ahí,
al engaño que una vez me hizo creer
que la felicidad no era fantasía,
que quizá Dios me estaba guiñando el ojo,
que tal vez esta vez sí,
esta vez no iba a doler.
Qué ironía:
lo único real fue el incendio,
y lo único que sobrevivió fui yo…
en ruinas, como siempre.
Pero aún aquí, entre cenizas,
hay algo que no pudiste quemar:
mi capacidad de decir la verdad.
la verdad es simple, brutal,
y casi graciosa en su crueldad:
si regreso a donde fui feliz,
no te voy a encontrar.
Porque esa felicidad,
igual que tú,
la inventé yo

No hay comentarios.:
Publicar un comentario