Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

viernes, 14 de noviembre de 2025

ME PROMETÍ NO MORIR, PERO SE ME HA IDO CAYENDO EL ALMA

 Me hice promesas como quien se hace puntos de sutura

con hilo dental y una botella de guaro en la mano.
Me contuve con mis creencias,
esas reglas absurdas que me inventé para no volverme animal,
para no convertirme en lo que tú sí pudiste sin esfuerzo.

Cuando digo “nunca”, lo sostengo hasta sangrar.
Cuando digo “siempre”, es eternamente,
aunque eternamente duela más que un parto en silencio.
Y cada vez que quiero renunciar a todo,
caen sobre mí mis propias palabras,
como una avalancha de piedras marcadas con mi nombre.
Me aplastan, me hunden, me rompen,
pero no me sueltan.
Mis promesas son mi verdugo favorito.

Mientras yo lucho por no ahogarme en mi propio honor,
tú, tan eficiente, tan práctica, tan experta,
renunciaste a todo lo nuestro
con la misma velocidad con la que te bajas la tanga
en cualquier motel de quinta,
esos donde el olor a cloro pelea con el de los secretos.

A veces casi te admiro,
de verdad, casi:
esa forma tuya de romper promesas
como quien abre una cerveza,
esa facilidad para olvidar
como quien bota un recibo viejo,
esa habilidad para que un orgasmo con un desconocido
borre lo que yo no logro borrar ni con oraciones.

Me gustaría ser así de eficiente.
Que mis promesas salieran de mí
como sale de ti el semen que te chorrea entre las piernas,
sin culpa, sin memoria, sin poesía,
solo biología barata en movimiento.
Pero no.
Mi alma es demasiado terca,
demasiado leal,
demasiado idiota.

Yo no sé traicionarme.
No sé soltarme.
No sé dejarme morir del todo.
Sigo sosteniendo la versión de mí
que dijo “siempre estaré para ti”,
aunque tú solo estuviste para ti,
para tus ganas, tus mentiras,
tus escenas de motel y tus carcajadas de humo.

Y lo peor,
lo más grotesco,
lo más patético de todo,
es que mientras tú te vacías en cualquiera,
yo sigo llena de ti.
Llena de un ausente.
Llena de un fantasma.
Llena de una mujer que nunca existió
más allá de mi imaginación con hambre.

Pero tranquila, amor,
no te culpo.
Cada quien folla con lo que tiene adentro:
tú con tu vacío,
yo con mi dolor.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...