Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

domingo, 23 de noviembre de 2025

El significado de decir bien cuando todo dentro grita muerta

 Existe una mentira que todos repetimos

como quien se traga un vidrio molido con tal de no hablar:
“Estoy bien.”
Dos palabras flacas, desnutridas,
que apenas sostienen el cadáver tibio de lo que fui.

Es curioso—
parece que la gente solo pregunta cómo estás
para cumplir con el protocolo,
como quien marca asistencia en la misa del sufrimiento ajeno.
Pero si uno se atreve a contestar la verdad,
se asustan,
retroceden,
te tapan con un pañito de silencio incómodo
y te dicen ya pasará,
como si el corazón fuera un resfriado.

Así que sí,
aprendí a responder “bien”
aunque por dentro mi alma esté contando cuántas grietas tiene,
aunque el pecho me pese
como si durmiera con un ladrillo adentro,
aunque mi mente se arrastre
como un perro enfermo buscando sombra.

Estoy bien.
Claro que sí.
Bien rota, bien vacía, bien entumida.
Bien experta en fingir que sigo aquí.

La verdad es que vivo en modo automático,
como esos muñecos que se balancean sin caerse
solo porque tienen un peso en el fondo.
Yo también tengo un peso:
el duelo no llorado,
la rabia que no digo,
el recuerdo que no quiere morir
aunque yo ya no tenga espacio para vivirlo.

Camino, respiro, trabajo, sonrío…
todo en automático,
como si la vida fuera un trámite que debo hacer
para no faltarle a la muerte cuando finalmente llegue.
Una formalidad,
un requisito,
un contrato firmado sin leer.

Aun así,
cuando alguien me mira y pregunta
¿Cómo estás?
como si tuviera derecho a esa pregunta,
como si supiera en qué agujero estoy escondida
me sale la respuesta más estúpida del idioma:

“Bien.”

Porque no tengo fuerzas para explicar
que llevo días conversando con mis propias ruinas,
que me arde la piel de tanto sostenerme sola,
que a veces me despierto con ganas de no despertar más,
y que la esperanza es un mendigo que aparece tarde
y se va temprano.

No tengo fuerzas para abrir la boca
y que salga el terremoto.
No quiero ver la lástima en ojos ajenos,
ni escuchar consejos reciclados,
ni sentir que mi dolor es un espectáculo gratuito.

Así que digo “bien”,
y dejo que el mundo siga girando sobre mi silencio.
Total, nadie quiere realmente saber
qué tan mal estoy.
Nadie quiere oír
que a veces me abrazo el alma
porque ya no me queda nadie más que la sostenga.

Estoy “bien”.
La palabra perfecta para esconder el desastre.
Cómicamente irónica,
trágicamente funcional,
hermosamente inútil.

La digo
porque si dijera la verdad
se me rompería el aire en la boca
y no tengo repuestos para seguir respirando.

Estoy bien.
Esa es mi forma educada de decir:
Estoy muriendo
pero no quiero hacerte incómodo el paisaje.

Al final,
supongo que eso también es parte del duelo:
aprender a sobrevivir a escondidas,
con esta sonrisa prestada,
con este silencio que me queda grande,
con esta palabra que no me pertenece
pero me salva del interrogatorio.

Estoy bien.
Y si escuchas con cuidado,
muy, muy al fondo,
verás que la palabra tiembla.
Como yo.




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