¿Quién soy si no soy para los demás?
Si me moldearon a punta de sacrificios,
si me enseñaron que dar era la única forma decente
de existir sin ser una carga.
Que mi nombre valía menos que mi utilidad.
Que mi identidad era un servicio público con piernas.
¿Quién soy ahora que todos tienen su vida,
sus familias, sus agendas,
sus risas que ya no necesitan la mía?
¿Quién soy cuando ya no soy el sostén,
la billetera, la enfermera,
la psicóloga con horario 24/7
que nunca pidió vacaciones?
¿Quién soy cuando mi pareja dijo
“me acosté con él”
y con esa frase destripó mi futuro,
mi fe, mi inocencia,
y todos los planes que yo defendí
como si fueran un hijo que nunca nació?
Tuve que arrancarle a mi alma
cada ruta del mañana,
cada boda soñada,
cada llanto imaginado en un abrazo seguro.
Y quedé ahí, como una casa después de un incendio:
sin techos, sin fotos, sin olor a hogar.
Solo humo.
Solo cenizas.
Solo yo—lo que sea que “yo” signifique.
¿Quién soy cuando lo material se pudre,
cuando las cosas se rompen,
cuando el dinero es un dios tan sordo
como ella que me juró amor eterno?
Cuando todo lo que toco termina desgastándose
menos este dolor que parece tener garantía de por vida.
Desde niña me enseñaron a vivir hacia afuera,
a amar hacia afuera,
a dar hacia afuera,
a entregarme hacia afuera
hasta que me vacié por dentro.
Me enseñaron a ser incondicional,
leal, útil, silenciosa, firme.
Una estatua emocional: sólida por fuera,
agrietada por dentro.
Y ahora me dicen que viva para Dios.
Que me rinda, que lo adore,
que le entregue lo que tengo.
Pero ¿Qué tengo?
Si ya regalé todo.
Si ya me exprimieron el alma.
Si ya no queda ni una esquina de mí sin deuda,
sin cansancio, sin una grieta que duela.
Sé que soy su hija,
lo sé.
Pero si lo saco de la ecuación,
si apago esa luz,
si dejo de buscar un cielo que nunca responde
con el volumen que necesito…
¿Quién queda?
¿Quién soy sin los demás,
sin los roles,
sin la función,
sin la carga,
sin la mujer buena,
sin la novia fiel,
sin la hija perfecta,
sin el futuro que se me murió en las manos?
¿Quién soy cuando no estoy sirviendo,
sosteniendo,
perdonando,
dando,
aguantando
o apostando el alma por alguien más?
Soy eso que tiembla dentro del silencio.
Soy ese latido que no sabe por qué sigue.
Soy la mujer que no se reconoce,
pero aun así respira.
Soy el resto, la sobra, el núcleo,
la raíz desnuda del corazón
después de arrancarle todas las máscaras.
Soy lo que quedó.
Y aunque no sé cómo llamarlo…
al menos es mío.
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