Eso me dijo
cuando arranqué mi corazón del pecho
y se lo ofrecí
como ofrenda de adoración absoluta.
De una mujer a otra.
Sin testigos.
Sin misericordia.
Lo sostuve en mis manos todavía latiendo,
caliente, rojo, indefenso,
como un animal que no sabe
que lo llevan al sacrificio.
Y tú…
tú lo miraste con esa ternura cruel
con la que se observan las cosas
que ya no se necesitan.
“Ya no te quiero como te quería ayer.”
Ayer.
Esa palabra fue el cuchillo.
Ayer me besabas como si el mundo fuera a acabarse
y yo fuera tu último refugio.
Ayer tus manos temblaban
cuando tocaban mi espalda.
Ayer me llamabas hogar.
Hoy soy ruina arqueológica.
Te entregué mi corazón
palpitando aún con tu nombre tatuado en cada ventrículo,
y tú lo recibiste
como quien acepta un regalo incómodo
que no pidió.
No gritaste.
No lloraste.
No dudaste.
Solo lo dejaste caer.
Y el sonido no fue fuerte,
pero fue definitivo.
Como una puerta cerrándose desde adentro.
Yo vi cómo se abría
como una fruta demasiado madura,
cómo la sangre dibujaba tu silueta en el suelo,
cómo mis latidos se iban apagando
uno por uno
como luces en un edificio abandonado.
Y tú dijiste
que ya no.
Que eras distinta.
Que necesitabas aire.
¿Aire?
Yo me estaba ahogando
en mi propia devoción.
Te adoré como se adora a un dios falso:
con fe ciega
y rodillas heridas.
Me arrodillé ante tus silencios.
Justifiqué tus ausencias.
Convertí tus migajas
en banquetes sagrados.
Y cuando por fin tuve el valor
de entregarte lo único que me quedaba intacto,
lo único que aún latía por ti…
lo llamaste exageración.
“Ya no te quiero como te quería ayer.”
Lo repetiste más suave,
como si la suavidad disminuyera la masacre.
Pero no hay manera dulce
de decirle a alguien
que su amor caducó.
Yo recogí lo que quedó de mí
con las manos llenas de sangre
y comprendí algo terrible:
No fue el desamor lo que me mató.
Fue haberme ofrecido entera
a quien solo quería una parte.
Ahora camino con el pecho abierto,
cosido con hilos de silencio,
aprendiendo a latir de nuevo
sin pronunciar tu nombre.
Y aunque todavía duele,
aunque todavía hay noches
en que siento tu voz como un eco en mis costillas,
ya no te quiero
como te quería ayer.
Porque ayer estaba dispuesta a morir por ti.
Hoy,
apenas estoy aprendiendo
a sobrevivirte.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario