Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

jueves, 27 de noviembre de 2025

¿QUIÉN SOY?

 ¿Quién soy si no soy para los demás?

Si me moldearon a punta de sacrificios,
si me enseñaron que dar era la única forma decente
de existir sin ser una carga.
Que mi nombre valía menos que mi utilidad.
Que mi identidad era un servicio público con piernas.

¿Quién soy ahora que todos tienen su vida,
sus familias, sus agendas,
sus risas que ya no necesitan la mía?
¿Quién soy cuando ya no soy el sostén,
la billetera, la enfermera,
la psicóloga con horario 24/7
que nunca pidió vacaciones?

¿Quién soy cuando mi pareja dijo
“me acosté con él”
y con esa frase destripó mi futuro,
mi fe, mi inocencia,
y todos los planes que yo defendí
como si fueran un hijo que nunca nació?

Tuve que arrancarle a mi alma
cada ruta del mañana,
cada boda soñada,
cada llanto imaginado en un abrazo seguro.
Y quedé ahí, como una casa después de un incendio:
sin techos, sin fotos, sin olor a hogar.
Solo humo.
Solo cenizas.
Solo yo—lo que sea que “yo” signifique.

¿Quién soy cuando lo material se pudre,
cuando las cosas se rompen,
cuando el dinero es un dios tan sordo
como ella que me juró amor eterno?
Cuando todo lo que toco termina desgastándose
menos este dolor que parece tener garantía de por vida.

Desde niña me enseñaron a vivir hacia afuera,
a amar hacia afuera,
a dar hacia afuera,
a entregarme hacia afuera
hasta que me vacié por dentro.
Me enseñaron a ser incondicional,
leal, útil, silenciosa, firme.
Una estatua emocional: sólida por fuera,
agrietada por dentro.

Y ahora me dicen que viva para Dios.
Que me rinda, que lo adore,
que le entregue lo que tengo.
Pero ¿Qué tengo?
Si ya regalé todo.
Si ya me exprimieron el alma.
Si ya no queda ni una esquina de mí sin deuda,
sin cansancio, sin una grieta que duela.

Sé que soy su hija,
lo sé.
Pero si lo saco de la ecuación,
si apago esa luz,
si dejo de buscar un cielo que nunca responde
con el volumen que necesito…

¿Quién queda?

¿Quién soy sin los demás,
sin los roles,
sin la función,
sin la carga,
sin la mujer buena,
sin la novia fiel,
sin la hija perfecta,
sin el futuro que se me murió en las manos?

¿Quién soy cuando no estoy sirviendo,
sosteniendo,
perdonando,
dando,
aguantando
o apostando el alma por alguien más?

Soy eso que tiembla dentro del silencio.
Soy ese latido que no sabe por qué sigue.
Soy la mujer que no se reconoce,
pero aun así respira.
Soy el resto, la sobra, el núcleo,
la raíz desnuda del corazón
después de arrancarle todas las máscaras.

Soy lo que quedó.
Y aunque no sé cómo llamarlo…
al menos es mío.

domingo, 23 de noviembre de 2025

El significado de decir bien cuando todo dentro grita muerta

 Existe una mentira que todos repetimos

como quien se traga un vidrio molido con tal de no hablar:
“Estoy bien.”
Dos palabras flacas, desnutridas,
que apenas sostienen el cadáver tibio de lo que fui.

Es curioso—
parece que la gente solo pregunta cómo estás
para cumplir con el protocolo,
como quien marca asistencia en la misa del sufrimiento ajeno.
Pero si uno se atreve a contestar la verdad,
se asustan,
retroceden,
te tapan con un pañito de silencio incómodo
y te dicen ya pasará,
como si el corazón fuera un resfriado.

Así que sí,
aprendí a responder “bien”
aunque por dentro mi alma esté contando cuántas grietas tiene,
aunque el pecho me pese
como si durmiera con un ladrillo adentro,
aunque mi mente se arrastre
como un perro enfermo buscando sombra.

Estoy bien.
Claro que sí.
Bien rota, bien vacía, bien entumida.
Bien experta en fingir que sigo aquí.

La verdad es que vivo en modo automático,
como esos muñecos que se balancean sin caerse
solo porque tienen un peso en el fondo.
Yo también tengo un peso:
el duelo no llorado,
la rabia que no digo,
el recuerdo que no quiere morir
aunque yo ya no tenga espacio para vivirlo.

Camino, respiro, trabajo, sonrío…
todo en automático,
como si la vida fuera un trámite que debo hacer
para no faltarle a la muerte cuando finalmente llegue.
Una formalidad,
un requisito,
un contrato firmado sin leer.

Aun así,
cuando alguien me mira y pregunta
¿Cómo estás?
como si tuviera derecho a esa pregunta,
como si supiera en qué agujero estoy escondida
me sale la respuesta más estúpida del idioma:

“Bien.”

Porque no tengo fuerzas para explicar
que llevo días conversando con mis propias ruinas,
que me arde la piel de tanto sostenerme sola,
que a veces me despierto con ganas de no despertar más,
y que la esperanza es un mendigo que aparece tarde
y se va temprano.

No tengo fuerzas para abrir la boca
y que salga el terremoto.
No quiero ver la lástima en ojos ajenos,
ni escuchar consejos reciclados,
ni sentir que mi dolor es un espectáculo gratuito.

Así que digo “bien”,
y dejo que el mundo siga girando sobre mi silencio.
Total, nadie quiere realmente saber
qué tan mal estoy.
Nadie quiere oír
que a veces me abrazo el alma
porque ya no me queda nadie más que la sostenga.

Estoy “bien”.
La palabra perfecta para esconder el desastre.
Cómicamente irónica,
trágicamente funcional,
hermosamente inútil.

La digo
porque si dijera la verdad
se me rompería el aire en la boca
y no tengo repuestos para seguir respirando.

Estoy bien.
Esa es mi forma educada de decir:
Estoy muriendo
pero no quiero hacerte incómodo el paisaje.

Al final,
supongo que eso también es parte del duelo:
aprender a sobrevivir a escondidas,
con esta sonrisa prestada,
con este silencio que me queda grande,
con esta palabra que no me pertenece
pero me salva del interrogatorio.

Estoy bien.
Y si escuchas con cuidado,
muy, muy al fondo,
verás que la palabra tiembla.
Como yo.




viernes, 14 de noviembre de 2025

ME PROMETÍ NO MORIR, PERO SE ME HA IDO CAYENDO EL ALMA

 Me hice promesas como quien se hace puntos de sutura

con hilo dental y una botella de guaro en la mano.
Me contuve con mis creencias,
esas reglas absurdas que me inventé para no volverme animal,
para no convertirme en lo que tú sí pudiste sin esfuerzo.

Cuando digo “nunca”, lo sostengo hasta sangrar.
Cuando digo “siempre”, es eternamente,
aunque eternamente duela más que un parto en silencio.
Y cada vez que quiero renunciar a todo,
caen sobre mí mis propias palabras,
como una avalancha de piedras marcadas con mi nombre.
Me aplastan, me hunden, me rompen,
pero no me sueltan.
Mis promesas son mi verdugo favorito.

Mientras yo lucho por no ahogarme en mi propio honor,
tú, tan eficiente, tan práctica, tan experta,
renunciaste a todo lo nuestro
con la misma velocidad con la que te bajas la tanga
en cualquier motel de quinta,
esos donde el olor a cloro pelea con el de los secretos.

A veces casi te admiro,
de verdad, casi:
esa forma tuya de romper promesas
como quien abre una cerveza,
esa facilidad para olvidar
como quien bota un recibo viejo,
esa habilidad para que un orgasmo con un desconocido
borre lo que yo no logro borrar ni con oraciones.

Me gustaría ser así de eficiente.
Que mis promesas salieran de mí
como sale de ti el semen que te chorrea entre las piernas,
sin culpa, sin memoria, sin poesía,
solo biología barata en movimiento.
Pero no.
Mi alma es demasiado terca,
demasiado leal,
demasiado idiota.

Yo no sé traicionarme.
No sé soltarme.
No sé dejarme morir del todo.
Sigo sosteniendo la versión de mí
que dijo “siempre estaré para ti”,
aunque tú solo estuviste para ti,
para tus ganas, tus mentiras,
tus escenas de motel y tus carcajadas de humo.

Y lo peor,
lo más grotesco,
lo más patético de todo,
es que mientras tú te vacías en cualquiera,
yo sigo llena de ti.
Llena de un ausente.
Llena de un fantasma.
Llena de una mujer que nunca existió
más allá de mi imaginación con hambre.

Pero tranquila, amor,
no te culpo.
Cada quien folla con lo que tiene adentro:
tú con tu vacío,
yo con mi dolor.



QUISIERA VOLVER, PERO YA NO EXISTO

 Quisiera volver a donde fui feliz,

a ese pequeño rincón donde mi alma todavía respiraba,
pero recordé —qué detalle tan mínimo
que tú quemaste la casa.
La dejaste arder como si fuera un chiste interno,
como si mis recuerdos fueran yesca
y tu sonrisa la chispa que faltaba.

En ese incendio murió mi alma,
se carbonizó el cuadro de nuestro “para siempre”,
se derritió el “te amo” que resonaba en cada esquina,
 yo me quedé allí, humeante, viendo cómo el amor hacía crujir sus huesos
como leña verde.

Quemaste también a la mujer que fui.
La hiciste arder sin misericordia,
y ahora solo soy un cascarón que respira por accidente,
que sonríe por cortesía,
que finge estar viva para no incomodar.
Una estatua caliente por fuera
y hueca por dentro.

A veces quisiera volver a ti,
pero resulta que no existe ese “tú” al que extraño.
Solo existe la criatura que fabriqué en mi memoria,
un dulce espejismo con olor a hogar,
cuando en realidad eras un monstruo con piel bonita,
una coraza hermosa de mujer tierna
y dentro un pozo oscuro donde yo misma me perdí.

Quisiera volver ahí,
al engaño que una vez me hizo creer
que la felicidad no era fantasía,
que quizá Dios me estaba guiñando el ojo,
que tal vez esta vez sí,
esta vez no iba a doler.

Qué ironía:
lo único real fue el incendio,
y lo único que sobrevivió fui yo…
en ruinas, como siempre.

Pero aún aquí, entre cenizas,
hay algo que no pudiste quemar:
mi capacidad de decir la verdad.
 la verdad es simple, brutal,
y casi graciosa en su crueldad:
si regreso a donde fui feliz,
no te voy a encontrar.
Porque esa felicidad,
igual que tú,
la inventé yo



Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...