Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

miércoles, 1 de abril de 2026

Continua...

 Dale… sigue.

Continúa.

Sigue intentando callar
esa voz que te susurra —no, que te escupe—
que fracasaste.

Que no supiste conservar
lo mejor que te pasó en la vida.

Pásalo a blanco y negro, si quieres,
edítalo, súbele el contraste,
bájale la culpa…

pero sabes perfectamente
que lo único que le daba color a tu mundo
lo dejaste ir
para volver voluntariamente
a los fríos miserables
de tus propias sombras.

Sigue… dale.

Ponte más maquillaje
sobre esos ojos marchitos
que ya no brillan,
no como cuando me miraban
como si yo fuera
un hogar
y no un error.

Sigue tomándote fotos “perfectas”,
instagramiables,
rodeada de presencias tamaño XS,
tan pequeñas, tan ligeras,
tan incapaces
de llenar el hueco exacto
que dejé yo…

porque, querida,
yo no era una historia breve.

Yo era tamaño familiar.

El paquete completo.

Yo te daba amor,
pasión,
devoción,
paciencia,
compañía…

yo te daba incluso
ese calor absurdo
que ni tus cobijas acolchadas
logran inventarse en la madrugada.

Pero eso no lo subes, ¿verdad?

No subes las noches
en las que te quitas la máscara,
cuando los reflectores se apagan,
cuando las risas se archivan
y el silencio se sienta frente a ti
como un juez que ya leyó la sentencia.

Ahí…

ahí donde no hay filtros,
ni cuerpos prestados,
ni aplausos baratos,

llega ella.

La voz.

La única honesta
que te queda.

Y te repite,
sin estética,
sin piedad,
sin opción de bloquearla:

que eres cobarde,

que rompiste algo
que no se iba a repetir,

que cambiaste un universo entero
por versiones recicladas
de lo que nunca fui.

Porque lo sabes.

Sabes que lo que tenías conmigo
no era común,
no era fácil,
no era reemplazable.

Era un maldito milagro
con tu nombre escrito encima.

Un arcoíris completo,
intacto,
vivo…

y fuiste tú
quien decidió

romperlo

solo para comprobar
que ningún gris
iba a parecerse jamás

a todo lo que perdiste conmigo. 🖤 

lunes, 16 de marzo de 2026

Presente Eterno

Cómo quisiera
que todos los verbos de nuestra historia
estuvieran conjugados en pasado.

Yo te amé.

Yo te extrañé.

Yo te esperé.

Como si todo esto
fuera apenas una mala gramática del corazón
que ya aprendí a corregir.

Pero no.

El presente —ese desgraciado—
se levanta conmigo todos los días
y dicta la clase
con una paciencia cruel.

Te amo.
Te extraño.
Te espero.

Y lo peor
es que tú ya cambiaste de conjugación.

Tú ahora amas a otro,
tú ahora tocas a otro,
tú ahora duermes
en el lugar exacto
donde antes
yo aprendía de memoria
cada centímetro de tu espalda.

Mientras tanto
yo sigo atrapada en este tiempo verbal
que no avanza,
un presente obstinado
que se niega a convertirse en pasado
como debería hacerlo
cualquier cosa que ya se fue.

Intenté conjugarte en futuro, ¿sabes?

Decirme a mí misma:

Te olvidaré.
Te superaré.
Seré libre.

Pero el futuro
también resultó ser un mentiroso elegante.

Porque llega la noche
y todos los tiempos verbales
se derrumban.

Y entonces vuelvo
a la única conjugación
que todavía sabe decir mi cuerpo:

Te sigo amando.
Te sigo esperando.
Te sigo extrañando.

Qué ironía tan miserable…

Tú te fuiste
a conjugar el verbo amar
en la cama de alguien más,

mientras yo sigo aquí

intentando convertirte
en un pasado correcto

que la gramática brutal del amor

todavía

no me permite escribir. 🖤 

domingo, 15 de marzo de 2026

¿Y cuándo?

 ¿Y cuándo?

Dime… ¿Cuándo carajos se acaba esto?

¿Cuándo seré libre
de toda esta mierda
que dejaste sembrada en mi pecho
como si el amor fuera un campo
y el dolor la única cosecha posible?

¿En qué día del calendario
está marcado el momento
en que tu recuerdo
deja de caminar por esta casa
como si todavía tuviera llaves?

Porque yo tenía planes, ¿sabes?

Planes ridículamente hermosos
de esos que solo inventan
los idiotas que creen en el amor
como si fuera una promesa seria
y no esta broma cruel
que ahora me mira desde el espejo.

Yo soñé contigo.

Soñé mañanas torpes
con café frío y tus pies enredados en los míos,
soñé viajes sin mapa
donde lo único urgente
era descubrir si tu risa
sonaba igual en todas las ciudades.

Soñé envejecer contigo,
lo cual ahora que lo pienso
era una fantasía bastante ambiciosa
para dos mujeres
que no supieron ni sobrevivir
al primer invierno del alma.

Soñé una vida entera…

y ahora todo eso
vive en el mismo lugar
donde viven los barcos que nunca zarparon
y las promesas que se dijeron
cuando el amor todavía
no mostraba los dientes.

Y aquí estoy.

Esperando ese “pronto”
que algún día me prometí:
el pronto en el que todo esto dolería menos,
el pronto en el que tu nombre
dejaría de ser
una especie de oración torcida
que mi memoria repite
sin fe
y sin remedio.

¿Pero sabes qué es lo más absurdo?

Que ni siquiera sé
si quiero que llegue.

Porque cuando por fin sea libre
de toda esta mierda…

también seré libre de ti.

Y aunque suene miserable admitirlo,
una parte de mí todavía prefiere
seguir prisionera
de lo que soñé contigo

antes que aceptar
que todo lo que planeé
para nosotras

era solo un futuro hermoso

que nunca
iba a suceder. 🖤

martes, 10 de marzo de 2026

Hasta el mejor bailarín

 Hasta la mejor bailarina del mundo

parecería una loca

para quien no escucha la música.

Y supongo que por eso
muchas veces me miraban así
cuando hablaba de nosotras.

Porque yo bailaba contigo
aunque el mundo jurara
que no había canción.

Yo sí la escuchaba.

La escuchaba en tu respiración
cuando la noche nos encontraba
con la piel ardiendo
y las promesas cayendo al suelo
como ropa inútil.

La escuchaba
en esos gritos tuyos
que no parecían dolor
sino celebración.

Gritos que hacían temblar las paredes
como si el universo entero
estuviera aprobando
lo que hacíamos en la oscuridad.

Y en esos tiempos
mis rodillas tenían otro significado.

Arrodillarme frente a ti
no era una oración.

Era un ritual.

Era hambre.
Era deseo.
Era el tipo de locura
que solo dos mujeres
que se aman demasiado
pueden entender.

Y Dios…
Dios debe haber estado mirando todo eso
con la misma paciencia
con la que un padre observa
a una hija jugar con fuego.

Sabiendo
exactamente
cómo va a terminar.

Pero el problema del amor
es que nadie nos enseña
a escuchar
cuando la música cambia.

Así que seguí bailando.

Seguí bailando
cuando tus labios  empezaron a tocar otras bocas.

Seguí bailando
cuando tus palabras
empezaron a mancharse de mentiras

Seguí bailando
cuando tu silencio
se volvió más largo
que nuestras noches.

Aun así
yo bailaba.

Porque cuando amas de verdad
una se vuelve ese tipo de loca elegante
que sigue girando
aunque la orquesta
ya se haya ido.

Hasta que un día
la playa desapareció.

Ese escenario hermoso
donde el mundo parecía perdonarnos
por existir.

Y lo que quedó
fue una habitación oscura.

Sin mar.
Sin música.
Sin nosotras.

Solo el eco
de lo que alguna vez fuimos.

Fue ahí
donde mis rodillas cambiaron de destino.

Porque ya no estaban frente a ti.

Estaban frente a Dios.

Imagínate la escena.

La misma mujer
que antes se arrodillaba
con hambre
con deseo
con la boca llena de tu nombre…

ahora estaba suplicando al cielo
como una náufraga emocional.

—Dios…
si estás escuchando
haz algo con este huracán.

Porque mi vida
se convirtió en una tormenta
y la ironía
es que yo misma
había invitado al viento.

Nunca te pedí que lo entendieras.

Nunca.

El amor no exige comprensión.
Solo compañía.

Eso era todo lo que quería.

No que arreglaras mi caos.
No que salvaras el desastre.

Solo que te sentaras a mi lado
mientras el mundo
se caía a pedazos.

Pero ni siquiera eso.

Así fue como entendí
la broma cruel del amor:

una puede sobrevivir
a la distancia.

Al silencio.

Incluso al abandono.

Pero hay algo
que destruye a cualquiera.

Descubrir
que la mujer
con la que jurabas bailar toda la vida
ya cambió de canción.

Y tú…

tú sigues en medio de la pista
girando como una loca
abrazando un fantasma
mientras el mundo
te mira con lástima.

Tal vez tengan razón.

Tal vez sí estoy loca.

Pero dime algo…

si amarte
era la locura,

entonces alguien debería explicarme
por qué la cordura
se parece tanto
a la muerte.

viernes, 27 de febrero de 2026

¿Y qué diría ella?


Diría que no estoy loca.
Que las conversaciones que tengo a diario contigo
no son síntoma —
son abstinencia.

Porque yo puedo verte.
Las miradas.
Los gestos.
Ese puchero exacto
que me desarmaba con elegancia quirúrgica.

Te veo sentada frente a mí,
rodillas al pecho,
escuchando mis historias repetidas
como si el universo acabara de inventarlas.

Y justo cuando estoy a punto
de tocarte la mano en medio del aire,
mi cerebro —ese paramédico cansado—
me lanza la descarga más violenta que puede
para salvarme de mi propia demencia:

“No está.”

Y vuelvo.

A la cama intacta.
A la sábana fría.
A mi gata ocupando tu antiguo territorio
como si nada sagrado hubiera ocurrido ahí.

No estás entre mis cobijas
abrazándola como si fuera nuestra hija ilegítima del insomnio.
No estás con esos ojos grandes,
color atardecer tibio,
mirándome como si mis historias fueran oro
y no reciclaje emocional.

Cómo me escuchabas…

Yo repetía mis traumas,
mis sueños absurdos,
mis teorías de por qué el amor entre mujeres
es un incendio elegante disfrazado de hogar,
y tú asentías
como si cada palabra fuera estreno.

Eso era lo más cruel:
tu asombro fingidamente nuevo.

Y ahora…

Ahora todo eso pertenece a alguien más.
Ahora no son mis cobijas
las dueñas de tu olor.
Y mi colchón —
que fue el dueño fiel de tu peso —
duerme liviano,
huérfano de tus huesos.

Tus ojos le dan sentido a otra vida.

Qué frase tan delicada
para una traición tan simple.

Mientras yo sigo aquí
teniendo conversaciones perfectas contigo
en la cocina,
en el baño,
en la madrugada,
donde tu fantasma es puntual
y jamás se queda sin batería emocional.

Mira qué conveniente:
la versión imaginaria de ti
no se va.
No cambia.
No elige otra historia.

Humor negro doméstico:
prefiero tu espectro
porque no me abandona.

Pero incluso el fantasma tiene límites.

El cerebro me sacude.
El cuerpo recuerda.
Las cobijas pesan distinto.
La gata ya no mira el rincón correcto.

Y entonces lo acepto,
con una elegancia gótica
que nadie me pidió desarrollar:

las conversaciones que tengo contigo
son cartas sin destinatario.

Son teatro íntimo.
Son un amor que se niega
a firmar su certificado de defunción.

Si me preguntas qué diría ella…

Tal vez diría que está feliz.
Que encontró un lugar donde sus ojos
descansan sin culpa.
Que no era abandono,
que era evolución
—la palabra favorita de quienes se mudan del corazón ajeno—.

Yo, en cambio, diría
que aprendí algo exquisitamente doloroso:

amar también es saber
que un día
tu olor deja de ser tuyo,
tu peso deja de hundir el mismo colchón,
y tus ojos —esos malditos ojos atardecer—
deciden iluminar otro techo.

Y aun así,
con todo ese sarcasmo elegante
colgando de mis labios,

sigo hablándote.

Porque si algo me quedó claro
es que la imaginación
es el último lugar
donde todavía somos nosotras. 

jueves, 26 de febrero de 2026

✧ CLÁUSULAS DEL “POR SIEMPRE” ✧

 ¿En qué momento cambió el significado de “para siempre”

y nadie me mandó la actualización?

¿Fue una versión nueva?
¿Un parche emocional que no descargué?
¿O soy yo
la que sigue usando promesas
en modo antiguo?

Porque explícame, mi amor,
¿Cuándo el “cuentas conmigo”
se volvió un contrato con letras pequeñas?

¿En qué cláusula decía
que aplicaba solo en días soleados?
¿En qué parte especificaba
“sujeto a cambios sin previo aviso”?

Yo recuerdo otra cosa.
Recuerdo dos mujeres
jurándose eternidad
como si el mundo fuera corto
y nosotras infinitas.

Recuerdo tu boca diciendo “siempre”
sin asteriscos.
Sin condiciones.
Sin abogado.

Y míranos ahora.

Yo leyendo la ruptura
como si fuera documento legal:
— Falta de compatibilidad.
— Diferencias irreconciliables.
— Orgullo acumulado.
— Amor insuficiente para sostener la versión adulta de nosotras.

Ah, claro.
El clásico.

¿En qué momento el “somos equipo”
se convirtió en competencia silenciosa?

¿En qué segundo exacto
empezamos a medir quién amaba más
en vez de simplemente amar?

Dime,
¿Cuándo el “para siempre”
dejó de ser promesa
y pasó a ser amenaza?

Porque ahora lo escucho
y me da risa.
Risa negra.
Risa de funeral elegante.

“Para siempre.”

Claro.
Como los planes de gimnasio en enero.
Como las dietas emocionales.
Como las mujeres que dicen
“no me voy a ir”
mientras ya están empacando por dentro.

Lo peor no es que te fueras.

Lo peor es que yo me quedé creyendo
que el contrato seguía vigente.
Firmado con besos.
Sellado con lágrimas.
Ratificado con noches donde jurábamos
que ninguna otra mujer
nos iba a romper así.

Qué ironía.

Nos rompimos nosotras.

Tú con tu distancia elegante.
Yo con mi orgullo doctoral.

Dos mujeres inteligentes
haciendo estupideces históricas.

Y aquí estoy, preguntándome:

¿En qué momento cambió el significado de “por siempre”
y yo no me enteré?

¿Fue cuando empezaste a cansarte
y yo empecé a exigir?
¿Fue cuando amar dejó de ser elección
y se volvió obligación?

Tal vez el “para siempre” no cambió.
Tal vez siempre significó
“hasta que alguna tenga miedo.”

Y míranos.

Tú temiendo perderte.
Yo temiendo perderte.
Las dos perdiéndonos igual.

Así que dime, mi niña,
si alguna vez vuelves a decir “cuentas conmigo”,
¿me mandas el PDF completo?

Solo para saber
si esta vez
el amor incluye permanencia
o si también trae
fecha de vencimiento.

martes, 24 de febrero de 2026

✧ AUTOJUICIO ✧

 Me lo pregunto más de cuarenta veces al día, mi niña.

Como si repetirlo fuera a deshacerlo.

¿Cómo pasó?

¿Cómo nos pasó a nosotras?

Durante meses me he latigado en silencio.
No con culpa suave,
sino con esa culpa que arde entre mujeres
cuando una sabe
que pudo haber amado mejor.

¿Acaso me equivoqué contigo?

¿Negocié a la mujer que me hacía sentir eterna
por migajas de orgullo?
¿Arrojé —por miedo, por avaricia emocional, por estupidez—
a la única que me miraba
como si yo fuera casa?

Dime…
¿en qué momento confundí independencia
con soltarte la mano?

Tú no eras costumbre.
Eras milagro.
Eras la forma exacta
en que mi caos encontraba descanso.

Y ahora me reviso como expediente abierto:
mis palabras duras,
mis silencios castigo,
mi necesidad absurda de tener razón
cuando lo único que importaba
era tenerte.

¿Te cambié por nada?

¿Te dejé ir creyendo
que lo nuestro era tan fuerte
que sobreviviría a mi torpeza?

Qué arrogante fui, amor.

Pensé que tu amor
era inagotable.
Que tu paciencia
era eterna.
Que tu corazón
siempre volvería a buscarme.

Y ahora me pregunto más de cuarenta veces
si negocié lo sagrado.
Si dejé ir a la mujer
que me hacía sentir invencible
por discusiones pequeñas
que hoy ni recuerdo.

¿Cómo pasó?

¿Cómo se enfría algo
que nos incendiaba la piel?

Tal vez no fue el destino.
Tal vez fui yo
teniendo miedo de merecerte.

Porque amar a una mujer como tú
exige valentía.
Y yo a veces fui cobarde.

Lo peor no es no tener respuesta.
Lo peor
es sospechar
que sí la tengo.

Y aún así, mi niña,
te extraño.

✧ EL PECADO FUE MI BOCA ✧

 Leí en un libro

más viejo que la misma existencia
—más antiguo que el polvo que cubre los altares—
que el poder de la vida y la muerte
está en la boca.

Y yo, tan inocente,
tan estúpidamente eterna,
usé la mía para prometerte inmortalidad.

¿Cómo se deshacen las palabras
cuando fueron dichas con el corazón abierto
como una herida recién nacida?

¿Cómo se borra un
“tú y yo somos para siempre”
cuando no fue frase,
sino pacto,
sino sangre invisible firmando el aire?

Yo no te amé.
Yo me juré a ti.

Y los juramentos no se rompen,
se convierten en fantasmas.

Dime,
¿Cómo arranco de mi alma
lo que yo misma tatué con fe?
¿Con qué cuchillo se corta
una promesa hecha en estado puro?

Porque el problema no fuiste tú.
Fui yo creyendo
que el “para siempre”
era una palabra domesticable.

Ahora cargo mi propia maldición:
amarte como quien se autoimpone
una condena perpetua.

¿Ves qué ironía?
El poder estaba en mi boca
y la usé para enterrarme viva.

¿Cómo dejo de extrañarte para siempre?
¿Se reza en reversa?
¿Se desdice el amor como si fuera error gramatical?
¿Se escupe el juramento al viento
y se espera que el cielo lo anule?

Mi nena…
yo no sé desamar.
Yo solo sé incendiar.

Y lo que se incendia con palabras sagradas
no se apaga con silencio.

Tal vez no se trata de romper el “para siempre”.
Tal vez se trata de sobrevivirlo.

Tal vez el verdadero milagro
no es dejar de extrañarte,
sino aprender
a no morirme
cada vez que recuerdo
que fui yo
quien pronunció la eternidad
.  

sábado, 21 de febrero de 2026

✧ FINJO ✧

 Finjo que he aprendido a vivir en tu ausencia,

esa ausencia que no tiene remedio
ni repuesto
ni promesa de garantía.

Finjo que ya no me desarmo
cuando el mundo huele a ti
sin pedir permiso.

Finjo que no pienso en ti
en cada mínimo detalle,
en la canción que no busqué,
en la taza que elegí sin querer
porque era del color de tus silencios.

Tomo fotos.
Las miro.
Abro tu chat.
Y mi dedo se queda suspendido
sobre el botón de enviar
como si ahí viviera
la última posibilidad
de que regreses.

Finjo que no guardo cosas
solo porque en ellas
todavía respiran pedazos tuyos:
un recibo,
una frase,
una promesa que no sobrevivió.

Finjo que estás en mi pasado
como se archivan las historias cerradas.
Pero en mi mente…
sigues siendo presente continuo,
tiempo imperfecto,
herida activa.

Finjo que ya no te espero.
Y sin embargo,
cada vez que alguien toca la puerta,
mi corazón corre primero
y se rompe después.

Finjo.
Porque aceptar que todavía te habito
sería admitir
que nunca te fuiste del todo. 

viernes, 20 de febrero de 2026

Lo que fuimos

 Me convertiste en animal

y yo dejé que me miraras el alma
mientras lo hacías.

Me desnudaste
hasta el punto exacto
donde ya no había defensa,
solo fuego.

Me arrancaste la calma del pecho
y bebiste de mí
como quien no sabía
si estaba amando
o sobreviviendo.

Fui carne entre tus manos,
hambre en tu boca,
instinto sin nombre
contra la pared de la madrugada.

Nos hablamos sin palabras.
Tu voz no decía nada
pero me atravesaba
como si supiera
dónde romperme.

Me apretaste fuerte,
tan fuerte,
que confundí intensidad con eternidad.

Y yo…
yo jamás intenté romperte a ti.

Dejé que la lluvia nos volviera territorio,
que el tiempo perdiera sentido,
que la razón se quedara afuera
mientras nos devorábamos.

Fue pasional.
Fue visceral.
Fue brutal.

Y cuando te fuiste,
no arrancaste mi corazón.

Te lo llevaste entero.



jueves, 19 de febrero de 2026

Creí que ya eras olvido


Que el tiempo  !!Ese barrendero arrogante!!
había hecho su trabajo,
que había limpiado las cenizas
de lo que antes fue incendio
y ahora apenas debía ser polvo sin nombre.

Creí que ya no dolías.

Pero el olor de tu perfume
tocó mi nariz
como si supiera el camino exacto
hasta mi sistema nervioso,
y mis ojos se empañaron
sin pedirme permiso,
como si todavía te debieran lágrimas.

Entré a ese lugar.
Ese donde las luces son cómplices
y las paredes guardan secretos ajenos.
Y entonces sonó esa canción.

Esa.

La que bailabas mientras cantabas en mi oído
“te compro a tu novia”
con esa risa tuya,
atrevida,
segura,
convencida de que el mundo era un escenario
y yo tu público favorito.

Me reí entonces.
Con orgullo.
Con posesión.
Con la arrogancia dulce
de la mujer que se sabe elegida.

Pero ahora…
ahora esa misma frase
se siente como ácido en la piel.
Como si cada palabra
se deslizara lenta
para recordarme
que nadie le pertenece a nadie.

Miré el cielo.
Y ahora a mis atardeceres
les falta algo.
Les falta la claridad de tus ojos,
esa forma tuya de mirar la luz
como si la domesticabas.

Creí que ya eras olvido.
Lo juré.
Lo celebré.
Lo escribí mil veces para convencerme.

Pero el olvido no huele a perfume.
No baila canciones prohibidas.
No se instala en los atardeceres.

Pensé que eras olvido…
pero sigues siendo
esa grieta que respira dentro de mí,
esa ausencia con pulso,
esa herida elegante
que aprendió a vestirse de normalidad.

Y lo peor
no es que no te haya olvidado.

Lo peor
es que por un segundo
creí que sí.









Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...