Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

viernes, 27 de febrero de 2026

¿Y qué diría ella?


Diría que no estoy loca.
Que las conversaciones que tengo a diario contigo
no son síntoma —
son abstinencia.

Porque yo puedo verte.
Las miradas.
Los gestos.
Ese puchero exacto
que me desarmaba con elegancia quirúrgica.

Te veo sentada frente a mí,
rodillas al pecho,
escuchando mis historias repetidas
como si el universo acabara de inventarlas.

Y justo cuando estoy a punto
de tocarte la mano en medio del aire,
mi cerebro —ese paramédico cansado—
me lanza la descarga más violenta que puede
para salvarme de mi propia demencia:

“No está.”

Y vuelvo.

A la cama intacta.
A la sábana fría.
A mi gata ocupando tu antiguo territorio
como si nada sagrado hubiera ocurrido ahí.

No estás entre mis cobijas
abrazándola como si fuera nuestra hija ilegítima del insomnio.
No estás con esos ojos grandes,
color atardecer tibio,
mirándome como si mis historias fueran oro
y no reciclaje emocional.

Cómo me escuchabas…

Yo repetía mis traumas,
mis sueños absurdos,
mis teorías de por qué el amor entre mujeres
es un incendio elegante disfrazado de hogar,
y tú asentías
como si cada palabra fuera estreno.

Eso era lo más cruel:
tu asombro fingidamente nuevo.

Y ahora…

Ahora todo eso pertenece a alguien más.
Ahora no son mis cobijas
las dueñas de tu olor.
Y mi colchón —
que fue el dueño fiel de tu peso —
duerme liviano,
huérfano de tus huesos.

Tus ojos le dan sentido a otra vida.

Qué frase tan delicada
para una traición tan simple.

Mientras yo sigo aquí
teniendo conversaciones perfectas contigo
en la cocina,
en el baño,
en la madrugada,
donde tu fantasma es puntual
y jamás se queda sin batería emocional.

Mira qué conveniente:
la versión imaginaria de ti
no se va.
No cambia.
No elige otra historia.

Humor negro doméstico:
prefiero tu espectro
porque no me abandona.

Pero incluso el fantasma tiene límites.

El cerebro me sacude.
El cuerpo recuerda.
Las cobijas pesan distinto.
La gata ya no mira el rincón correcto.

Y entonces lo acepto,
con una elegancia gótica
que nadie me pidió desarrollar:

las conversaciones que tengo contigo
son cartas sin destinatario.

Son teatro íntimo.
Son un amor que se niega
a firmar su certificado de defunción.

Si me preguntas qué diría ella…

Tal vez diría que está feliz.
Que encontró un lugar donde sus ojos
descansan sin culpa.
Que no era abandono,
que era evolución
—la palabra favorita de quienes se mudan del corazón ajeno—.

Yo, en cambio, diría
que aprendí algo exquisitamente doloroso:

amar también es saber
que un día
tu olor deja de ser tuyo,
tu peso deja de hundir el mismo colchón,
y tus ojos —esos malditos ojos atardecer—
deciden iluminar otro techo.

Y aun así,
con todo ese sarcasmo elegante
colgando de mis labios,

sigo hablándote.

Porque si algo me quedó claro
es que la imaginación
es el último lugar
donde todavía somos nosotras. 

jueves, 26 de febrero de 2026

✧ CLÁUSULAS DEL “POR SIEMPRE” ✧

 ¿En qué momento cambió el significado de “para siempre”

y nadie me mandó la actualización?

¿Fue una versión nueva?
¿Un parche emocional que no descargué?
¿O soy yo
la que sigue usando promesas
en modo antiguo?

Porque explícame, mi amor,
¿Cuándo el “cuentas conmigo”
se volvió un contrato con letras pequeñas?

¿En qué cláusula decía
que aplicaba solo en días soleados?
¿En qué parte especificaba
“sujeto a cambios sin previo aviso”?

Yo recuerdo otra cosa.
Recuerdo dos mujeres
jurándose eternidad
como si el mundo fuera corto
y nosotras infinitas.

Recuerdo tu boca diciendo “siempre”
sin asteriscos.
Sin condiciones.
Sin abogado.

Y míranos ahora.

Yo leyendo la ruptura
como si fuera documento legal:
— Falta de compatibilidad.
— Diferencias irreconciliables.
— Orgullo acumulado.
— Amor insuficiente para sostener la versión adulta de nosotras.

Ah, claro.
El clásico.

¿En qué momento el “somos equipo”
se convirtió en competencia silenciosa?

¿En qué segundo exacto
empezamos a medir quién amaba más
en vez de simplemente amar?

Dime,
¿Cuándo el “para siempre”
dejó de ser promesa
y pasó a ser amenaza?

Porque ahora lo escucho
y me da risa.
Risa negra.
Risa de funeral elegante.

“Para siempre.”

Claro.
Como los planes de gimnasio en enero.
Como las dietas emocionales.
Como las mujeres que dicen
“no me voy a ir”
mientras ya están empacando por dentro.

Lo peor no es que te fueras.

Lo peor es que yo me quedé creyendo
que el contrato seguía vigente.
Firmado con besos.
Sellado con lágrimas.
Ratificado con noches donde jurábamos
que ninguna otra mujer
nos iba a romper así.

Qué ironía.

Nos rompimos nosotras.

Tú con tu distancia elegante.
Yo con mi orgullo doctoral.

Dos mujeres inteligentes
haciendo estupideces históricas.

Y aquí estoy, preguntándome:

¿En qué momento cambió el significado de “por siempre”
y yo no me enteré?

¿Fue cuando empezaste a cansarte
y yo empecé a exigir?
¿Fue cuando amar dejó de ser elección
y se volvió obligación?

Tal vez el “para siempre” no cambió.
Tal vez siempre significó
“hasta que alguna tenga miedo.”

Y míranos.

Tú temiendo perderte.
Yo temiendo perderte.
Las dos perdiéndonos igual.

Así que dime, mi niña,
si alguna vez vuelves a decir “cuentas conmigo”,
¿me mandas el PDF completo?

Solo para saber
si esta vez
el amor incluye permanencia
o si también trae
fecha de vencimiento.

martes, 24 de febrero de 2026

✧ AUTOJUICIO ✧

 Me lo pregunto más de cuarenta veces al día, mi niña.

Como si repetirlo fuera a deshacerlo.

¿Cómo pasó?

¿Cómo nos pasó a nosotras?

Durante meses me he latigado en silencio.
No con culpa suave,
sino con esa culpa que arde entre mujeres
cuando una sabe
que pudo haber amado mejor.

¿Acaso me equivoqué contigo?

¿Negocié a la mujer que me hacía sentir eterna
por migajas de orgullo?
¿Arrojé —por miedo, por avaricia emocional, por estupidez—
a la única que me miraba
como si yo fuera casa?

Dime…
¿en qué momento confundí independencia
con soltarte la mano?

Tú no eras costumbre.
Eras milagro.
Eras la forma exacta
en que mi caos encontraba descanso.

Y ahora me reviso como expediente abierto:
mis palabras duras,
mis silencios castigo,
mi necesidad absurda de tener razón
cuando lo único que importaba
era tenerte.

¿Te cambié por nada?

¿Te dejé ir creyendo
que lo nuestro era tan fuerte
que sobreviviría a mi torpeza?

Qué arrogante fui, amor.

Pensé que tu amor
era inagotable.
Que tu paciencia
era eterna.
Que tu corazón
siempre volvería a buscarme.

Y ahora me pregunto más de cuarenta veces
si negocié lo sagrado.
Si dejé ir a la mujer
que me hacía sentir invencible
por discusiones pequeñas
que hoy ni recuerdo.

¿Cómo pasó?

¿Cómo se enfría algo
que nos incendiaba la piel?

Tal vez no fue el destino.
Tal vez fui yo
teniendo miedo de merecerte.

Porque amar a una mujer como tú
exige valentía.
Y yo a veces fui cobarde.

Lo peor no es no tener respuesta.
Lo peor
es sospechar
que sí la tengo.

Y aún así, mi niña,
te extraño.

✧ EL PECADO FUE MI BOCA ✧

 Leí en un libro

más viejo que la misma existencia
—más antiguo que el polvo que cubre los altares—
que el poder de la vida y la muerte
está en la boca.

Y yo, tan inocente,
tan estúpidamente eterna,
usé la mía para prometerte inmortalidad.

¿Cómo se deshacen las palabras
cuando fueron dichas con el corazón abierto
como una herida recién nacida?

¿Cómo se borra un
“tú y yo somos para siempre”
cuando no fue frase,
sino pacto,
sino sangre invisible firmando el aire?

Yo no te amé.
Yo me juré a ti.

Y los juramentos no se rompen,
se convierten en fantasmas.

Dime,
¿Cómo arranco de mi alma
lo que yo misma tatué con fe?
¿Con qué cuchillo se corta
una promesa hecha en estado puro?

Porque el problema no fuiste tú.
Fui yo creyendo
que el “para siempre”
era una palabra domesticable.

Ahora cargo mi propia maldición:
amarte como quien se autoimpone
una condena perpetua.

¿Ves qué ironía?
El poder estaba en mi boca
y la usé para enterrarme viva.

¿Cómo dejo de extrañarte para siempre?
¿Se reza en reversa?
¿Se desdice el amor como si fuera error gramatical?
¿Se escupe el juramento al viento
y se espera que el cielo lo anule?

Mi nena…
yo no sé desamar.
Yo solo sé incendiar.

Y lo que se incendia con palabras sagradas
no se apaga con silencio.

Tal vez no se trata de romper el “para siempre”.
Tal vez se trata de sobrevivirlo.

Tal vez el verdadero milagro
no es dejar de extrañarte,
sino aprender
a no morirme
cada vez que recuerdo
que fui yo
quien pronunció la eternidad
.  

sábado, 21 de febrero de 2026

✧ FINJO ✧

 Finjo que he aprendido a vivir en tu ausencia,

esa ausencia que no tiene remedio
ni repuesto
ni promesa de garantía.

Finjo que ya no me desarmo
cuando el mundo huele a ti
sin pedir permiso.

Finjo que no pienso en ti
en cada mínimo detalle,
en la canción que no busqué,
en la taza que elegí sin querer
porque era del color de tus silencios.

Tomo fotos.
Las miro.
Abro tu chat.
Y mi dedo se queda suspendido
sobre el botón de enviar
como si ahí viviera
la última posibilidad
de que regreses.

Finjo que no guardo cosas
solo porque en ellas
todavía respiran pedazos tuyos:
un recibo,
una frase,
una promesa que no sobrevivió.

Finjo que estás en mi pasado
como se archivan las historias cerradas.
Pero en mi mente…
sigues siendo presente continuo,
tiempo imperfecto,
herida activa.

Finjo que ya no te espero.
Y sin embargo,
cada vez que alguien toca la puerta,
mi corazón corre primero
y se rompe después.

Finjo.
Porque aceptar que todavía te habito
sería admitir
que nunca te fuiste del todo. 

viernes, 20 de febrero de 2026

Lo que fuimos

 Me convertiste en animal

y yo dejé que me miraras el alma
mientras lo hacías.

Me desnudaste
hasta el punto exacto
donde ya no había defensa,
solo fuego.

Me arrancaste la calma del pecho
y bebiste de mí
como quien no sabía
si estaba amando
o sobreviviendo.

Fui carne entre tus manos,
hambre en tu boca,
instinto sin nombre
contra la pared de la madrugada.

Nos hablamos sin palabras.
Tu voz no decía nada
pero me atravesaba
como si supiera
dónde romperme.

Me apretaste fuerte,
tan fuerte,
que confundí intensidad con eternidad.

Y yo…
yo jamás intenté romperte a ti.

Dejé que la lluvia nos volviera territorio,
que el tiempo perdiera sentido,
que la razón se quedara afuera
mientras nos devorábamos.

Fue pasional.
Fue visceral.
Fue brutal.

Y cuando te fuiste,
no arrancaste mi corazón.

Te lo llevaste entero.



jueves, 19 de febrero de 2026

Creí que ya eras olvido


Que el tiempo  !!Ese barrendero arrogante!!
había hecho su trabajo,
que había limpiado las cenizas
de lo que antes fue incendio
y ahora apenas debía ser polvo sin nombre.

Creí que ya no dolías.

Pero el olor de tu perfume
tocó mi nariz
como si supiera el camino exacto
hasta mi sistema nervioso,
y mis ojos se empañaron
sin pedirme permiso,
como si todavía te debieran lágrimas.

Entré a ese lugar.
Ese donde las luces son cómplices
y las paredes guardan secretos ajenos.
Y entonces sonó esa canción.

Esa.

La que bailabas mientras cantabas en mi oído
“te compro a tu novia”
con esa risa tuya,
atrevida,
segura,
convencida de que el mundo era un escenario
y yo tu público favorito.

Me reí entonces.
Con orgullo.
Con posesión.
Con la arrogancia dulce
de la mujer que se sabe elegida.

Pero ahora…
ahora esa misma frase
se siente como ácido en la piel.
Como si cada palabra
se deslizara lenta
para recordarme
que nadie le pertenece a nadie.

Miré el cielo.
Y ahora a mis atardeceres
les falta algo.
Les falta la claridad de tus ojos,
esa forma tuya de mirar la luz
como si la domesticabas.

Creí que ya eras olvido.
Lo juré.
Lo celebré.
Lo escribí mil veces para convencerme.

Pero el olvido no huele a perfume.
No baila canciones prohibidas.
No se instala en los atardeceres.

Pensé que eras olvido…
pero sigues siendo
esa grieta que respira dentro de mí,
esa ausencia con pulso,
esa herida elegante
que aprendió a vestirse de normalidad.

Y lo peor
no es que no te haya olvidado.

Lo peor
es que por un segundo
creí que sí.









miércoles, 18 de febrero de 2026

Devuélveme.

Devuélveme la pasión por la vida

y el deseo limpio de vivirla
sin que cada esquina tenga tu sombra
esperándome con los brazos cruzados.

Devuélveme mis gustos musicales,
mis canciones favoritas
sin manchas de ti,
sin tu olor filtrándose en los acordes,
sin tu risa escondida entre los coros,
sin tus movimientos !! malditamente elegantes¡¡
apareciendo en cada ritmo
para enloquecerme otra vez.

Devuélveme mis lugares favoritos.
Los cafés donde ahora no entro
porque las sillas todavía pronuncian tu nombre.
Las calles donde mi mano
sigue buscando la tuya
como si la costumbre fuera ley.

Devuélveme mi pasión por la cocina,
el deseo de seguir aprendiendo sabores nuevos
sin que cada receta me recuerde
cómo probabas la salsa con esa sonrisa
que parecía aprobar mi existencia.
Devuélveme el fuego
sin tu recuerdo ardiendo encima.

Devuélveme mis horas de sueño.
Mis noches completas.
Mi cama cómoda
sin el fantasma obstinado
de tu silueta marcando el lado izquierdo.
Sin esa forma imaginaria de tu cuerpo
que todavía sabe exactamente
cómo doblar mis rodillas hacia el vacío.

Devuélveme mi presente.
Mi cuerpo sin esta nostalgia crónica.
Mi respiración sin tu nombre atravesándola.

Y si no puedes devolverme nada,
al menos ten la decencia
de llevarte contigo
la versión de mí
que todavía te espera.



lunes, 16 de febrero de 2026

¿ QUE ES EL ORGULLO ?

 Si mi mente tuviera la decencia de respetarme

y mi corazón un poco de orgullo,
no dirigirían mis dedos —tercos, desobedientes—
a buscar tus actualizaciones
como quien abre una carta que sabe
que viene cargada de dinamita.

No obligarían a mis ojos,
con esa pasión morbosa que solo entiende otra mujer enamorada,
a detallar tu foto,
a recorrer tu cabello con la vista,
a detenerse en la luz que te besa la mejilla
como si la luz tuviera ahora el privilegio
que antes era mío.

Me preguntaría menos.
Pero me pregunto todo.

¿Quién te la habrá tomado?
¿Quién está capturando ahora
la más bella de tus sonrisas?
¿Quién será la dueña de tus tardes suaves,
de tus cafés largos,
de tu risa cuando te quitas los zapatos
y dejas de fingir que eres fuerte?

¿Quién te esperará ahora
y agradecerá al cielo
porque saques un minuto
de tu agitado tiempo
para regalarle ese gesto tuyo
que a mí me hacía sentir elegida?

Si existiera un poco de orgullo en mí,
no mediría la comisura de tus labios
como si todavía supiera exactamente
cómo se abren antes de besar.
No detallaría el hueco de tus mejillas
como si mis dedos no recordaran
el mapa preciso de tu rostro.

No traería a mi presente
el olor de tu cabello mojado,
ni la tibieza de tu espalda,
ni esa forma tuya de mirarme
como si yo fuera casa
y no tormenta.

Si hubiera fuerza en mí
no le haría esto a mi presente.
No lo arrastraría por tu nombre.
No llevaría a mi cuerpo
a tan tremendo dolor,
a esta disciplina absurda
de extrañarte con elegancia.

Pero aquí estoy,
amándote en silencio,
como solo una mujer puede amar a otra:
con orgullo destrozado,
con deseo intacto,
y con la dignidad
haciendo fila
para ver si algún día
le toca sanar.




sábado, 14 de febrero de 2026

No llames “la decisión correcta” a tu cobardía maquillada.

 No la vistas de blanco.

No le pongas tipografía delicada.
No la subas a historias
con música triste de fondo
y un filtro que vuelva dorado
lo que en realidad es gris.

No disfraces tu cobardía
detrás de frases lindas de post de Instagram
como “LA DECISIÓN CORRECTA”.

La decisión correcta no huele a abandono.
No deja a otra mujer
recogiendo los pedazos de su fe
con las manos sangrando en silencio.

La decisión correcta no se va
sin mirar atrás
mientras la otra
se queda sosteniendo promesas
como si fueran huesos.

Lo tuyo no fue valentía.
Fue miedo con buena redacción.

Fue terror a amar sin escapatoria.
Fue pánico a quedarte
cuando el amor dejó de ser euforia
y se volvió compromiso,
carne,
realidad.

Te vi escribirlo.
Con esa calma hipócrita
de quien ya ha decidido huir
pero quiere parecer heroína.

“La decisión correcta.”

Como si el dolor ajeno
fuera un daño colateral elegante.
Como si romper un corazón
pudiera citarse con estética minimalista.

No.

Fue cobardía.
Fue no soportar el peso
de lo que tú misma construiste.
Fue salir por la puerta de atrás
mientras dejabas la casa ardiendo.

Y yo…
yo fui la que se quedó
oliendo el humo,
aprendiendo a respirar ceniza.

No llames madurez
a tu incapacidad de quedarte.
No llames amor propio
a tu costumbre de huir
cuando alguien te ama de verdad.

Porque la decisión correcta
no necesita aplausos digitales.
No necesita hashtags.
No necesita convencer a nadie.

La cobardía sí.

Así que no,
no lo nombres noble.
No lo nombres sano.
No lo nombres necesario.

Llámalo por lo que es:
miedo.

Miedo a sentir.
Miedo a sangrar.
Miedo a amar
sin la garantía
de poder escapar mañana.

Y si alguna vez vuelves
con otra frase bien escrita
y los ojos llenos de argumentos,

recuerda esto:

la decisión correcta
no deja cadáveres emocionales
detrás de ella.

La tuya
sí.






Ya no te quiero como te quería ayer.

 Eso me dijo

cuando arranqué mi corazón del pecho
y se lo ofrecí
como ofrenda de adoración absoluta.

De una mujer a otra.
Sin testigos.
Sin misericordia.

Lo sostuve en mis manos todavía latiendo,
caliente, rojo, indefenso,
como un animal que no sabe
que lo llevan al sacrificio.

Y tú…
tú lo miraste con esa ternura cruel
con la que se observan las cosas
que ya no se necesitan.

“Ya no te quiero como te quería ayer.”

Ayer.
Esa palabra fue el cuchillo.

Ayer me besabas como si el mundo fuera a acabarse
y yo fuera tu último refugio.
Ayer tus manos temblaban
cuando tocaban mi espalda.
Ayer me llamabas hogar.

Hoy soy ruina arqueológica.

Te entregué mi corazón
palpitando aún con tu nombre tatuado en cada ventrículo,
y tú lo recibiste
como quien acepta un regalo incómodo
que no pidió.

No gritaste.
No lloraste.
No dudaste.

Solo lo dejaste caer.

Y el sonido no fue fuerte,
pero fue definitivo.
Como una puerta cerrándose desde adentro.

Yo vi cómo se abría
como una fruta demasiado madura,
cómo la sangre dibujaba tu silueta en el suelo,
cómo mis latidos se iban apagando
uno por uno
como luces en un edificio abandonado.

Y tú dijiste
que ya no.

Que el amor había cambiado de forma.
Que eras distinta.
Que necesitabas aire.

¿Aire?

Yo me estaba ahogando
en mi propia devoción.

Te adoré como se adora a un dios falso:
con fe ciega
y rodillas heridas.

Me arrodillé ante tus silencios.
Justifiqué tus ausencias.
Convertí tus migajas
en banquetes sagrados.

Y cuando por fin tuve el valor
de entregarte lo único que me quedaba intacto,
lo único que aún latía por ti…

lo llamaste exageración.

“Ya no te quiero como te quería ayer.”

Lo repetiste más suave,
como si la suavidad disminuyera la masacre.

Pero no hay manera dulce
de decirle a alguien
que su amor caducó.

Yo recogí lo que quedó de mí
con las manos llenas de sangre
y comprendí algo terrible:

No fue el desamor lo que me mató.
Fue haberme ofrecido entera
a quien solo quería una parte.

Ahora camino con el pecho abierto,
cosido con hilos de silencio,
aprendiendo a latir de nuevo
sin pronunciar tu nombre.

Y aunque todavía duele,
aunque todavía hay noches
en que siento tu voz como un eco en mis costillas,

ya no te quiero
como te quería ayer.

Porque ayer estaba dispuesta a morir por ti.

Hoy,
apenas estoy aprendiendo
a sobrevivirte.

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...