Oh, mi querida, si tú supieras…
Por amor a ti, me postré ante Dios. No en un acto digno de vitrina de santos ni en la teatralidad de una novela victoriana, sino en esa silenciosa desesperación que sólo conoce quien ha amado hasta rozar el ridículo. Fue tu esencia—ese enigma gloriosamente contradictorio entre musa y huracán—la que me impulsó a buscar el amor divino, anhelando aprender a amarte no como una heroína atolondrada de folletín barato, sino con la pureza de quien desea no estorbar ni exigir, sino simplemente ser.
Así pues, arrodillada (de manera poco digna, todo sea dicho, porque las emociones son enemigas del decoro físico), me arrastré hasta los pies del Todopoderoso. Llevaba conmigo una colección de penas que podría haber llenado más de una telenovela latinoamericana de horario estelar, y allí, con el corazón tambaleante y la voz a punto de partirse como porcelana barata, murmuré:
"Señor... aquí estoy. No soy gran cosa, ni vengo con cartas de recomendación. Mi currículum sentimental tiene más tachones que el guion de una saga de amores imposibles. Pero, te suplico: permíteme conservarla en mi vida. Déjame, si no es mucho pedir, ser testigo de su risa, de su forma peculiar de existir—ese arte magistral de ser maravillosamente tú y terriblemente desconcertante a la vez. Permíteme honrar cada promesa que sellamos entre suspiros y tardes de sueños apresurados. Dame el privilegio de ser para ella una bendición… o, en su defecto, que al menos no me convierta en esa molestia persistente que uno evita en las reuniones familiares."
Pedí, también, que sanara mi corazón—pues ya estaba hecho un campo de batalla digno de un drama caribeño con lluvias repentinas y gritos en plena calle—y que me librara del egoísmo, esa pequeña bestia que a veces susurra en el oído como suegra desconfiada. Le rogué que me enseñara a amarte de una forma digna, casi angelical, aunque siendo sinceras, el proceso se parecía más a una tragicomedia que a una epopeya heroica.
Todo esto lo hice por amor a ti…
No porque no tuviera mejores cosas que hacer, créeme—como, por ejemplo, aprender a bailar cumbia en puntillas o criar alpacas literarias—, sino porque amarte se convirtió, para bien o para mal, en mi vocación no oficial.
Así que aquí estoy, firme en mi pacto.
Puede que mis rodillas duelan, que mi paciencia se asemeje a un hilo de bordado demasiado estirado, y que mi dignidad haya sido hipotecada en cuotas mensuales, pero el acuerdo que hice, tanto contigo como con el mismísimo Creador, sigue en pie. Con sarcasmo en los labios, humor en el alma, y amor —ese amor terco, rebelde y obstinado— latiendo a pesar de todas las improbabilidades.
Porque, al final, si voy a ser una tonta, prefiero serlo con estilo literario, rodilla en tierra y copa de vino en mano.

















