Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

viernes, 25 de abril de 2025

Entre Dios, Tú y mi Drama Interno.

 

Oh, mi querida, si tú supieras…
Por amor a ti, me postré ante Dios. No en un acto digno de vitrina de santos ni en la teatralidad de una novela victoriana, sino en esa silenciosa desesperación que sólo conoce quien ha amado hasta rozar el ridículo. Fue tu esencia—ese enigma gloriosamente contradictorio entre musa y huracán—la que me impulsó a buscar el amor divino, anhelando aprender a amarte no como una heroína atolondrada de folletín barato, sino con la pureza de quien desea no estorbar ni exigir, sino simplemente ser.

Así pues, arrodillada (de manera poco digna, todo sea dicho, porque las emociones son enemigas del decoro físico), me arrastré hasta los pies del Todopoderoso. Llevaba conmigo una colección de penas que podría haber llenado más de una telenovela latinoamericana de horario estelar, y allí, con el corazón tambaleante y la voz a punto de partirse como porcelana barata, murmuré:

"Señor... aquí estoy. No soy gran cosa, ni vengo con cartas de recomendación. Mi currículum sentimental tiene más tachones que el guion de una saga de amores imposibles. Pero, te suplico: permíteme conservarla en mi vida. Déjame, si no es mucho pedir, ser testigo de su risa, de su forma peculiar de existir—ese arte magistral de ser maravillosamente tú y terriblemente desconcertante a la vez. Permíteme honrar cada promesa que sellamos entre suspiros y tardes de sueños apresurados. Dame el privilegio de ser para ella una bendición… o, en su defecto, que al menos no me convierta en esa molestia persistente que uno evita en las reuniones familiares."

Pedí, también, que sanara mi corazón—pues ya estaba hecho un campo de batalla digno de un drama caribeño con lluvias repentinas y gritos en plena calle—y que me librara del egoísmo, esa pequeña bestia que a veces susurra en el oído como suegra desconfiada. Le rogué que me enseñara a amarte de una forma digna, casi angelical, aunque siendo sinceras, el proceso se parecía más a una tragicomedia que a una epopeya heroica.

Todo esto lo hice por amor a ti…
No porque no tuviera mejores cosas que hacer, créeme—como, por ejemplo, aprender a bailar cumbia en puntillas o criar alpacas literarias—, sino porque amarte se convirtió, para bien o para mal, en mi vocación no oficial.

Así que aquí estoy, firme en mi pacto.
Puede que mis rodillas duelan, que mi paciencia se asemeje a un hilo de bordado demasiado estirado, y que mi dignidad haya sido hipotecada en cuotas mensuales, pero el acuerdo que hice, tanto contigo como con el mismísimo Creador, sigue en pie. Con sarcasmo en los labios, humor en el alma, y amor —ese amor terco, rebelde y obstinado— latiendo a pesar de todas las improbabilidades.

Porque, al final, si voy a ser una tonta, prefiero serlo con estilo literario, rodilla en tierra y copa de vino en mano.

martes, 22 de abril de 2025

Dios Me Ama Incondicionalmente, Tú También Podrías Intentarlo.

 Me rebelo —sí, me rebelo— contra esa gastada doctrina que susurra con voz de renuncia: "Si amas algo, déjalo ir." ¿Qué falacia es esta, disfrazada de sabiduría? ¿Significa entonces que el amor sólo tiene valor cuando lo poseemos en nuestros términos? ¿Qué si no podemos cercarlo con nuestros miedos y condiciones, debemos despojarnos de él como quien se sacude el polvo del camino? No. Lo digo con toda la furia de un corazón que aún late con esperanza: el amor no es un rehén de las circunstancias, ni se pliega ante la voluntad del desapego.

Lo que deberíamos aprender a soltar no es el amor, sino la absurda condición que le colgamos como una cadena oxidada. Hemos convertido ese don divino en una transacción frágil, en una fórmula matemática donde damos solo si recibimos, donde amamos solo si somos amados de vuelta. Pero el amor —el verdadero, el que desafía el tiempo y sobrevive al quebranto— no exige garantías. No hace pactos mezquinos ni exige reciprocidad. Se da, simplemente se da.

¿No es esto acaso lo que nos muestra la Escritura? Que Dios nos ama no por lo que hacemos, sino a pesar de lo que somos. Nos ama sin lógica, sin pausa, sin condiciones. ¿Y qué haríamos si Él, el que sostiene los hilos del universo, aplicara sobre nosotros esa misma consigna de “déjalo ir”? ¿Acaso no quedaríamos sumidos en el más profundo abismo, olvidados, condenados a la miseria de no ser amados jamás?

No, yo no dejo ir el amor. No lo arrojo a la intemperie disfrazando de virtud lo que en realidad es miedo. En este mundo famélico de afecto verdadero, mi alma no busca el amor perfecto: busca un amor real, desgastado si hace falta, pero persistente. Un amor que no se rinde ante el dolor, que no retrocede ante el rechazo, que no se disfraza de indiferencia cuando tiembla de anhelo por dentro.

Y sí, puede que me lastime. Puede que el amor no correspondido me arranque trozos del alma como hojas arrancadas por el viento. Pero prefiero un corazón herido por amar de verdad que uno intacto por no haber amado nunca.

Aspiro a un amor que no discrimine por lengua, color o credo. Que no se detenga en los márgenes del juicio ni se acobarde ante el fracaso. Que diga “te amo” sin esperar eco, sin exigir tributo. Un amor que abrace incluso cuando le dan la espalda, que permanezca incluso cuando le dicen que se vaya.

Y por eso oro —no para ser amada más— sino para aprender a amar mejor. Para que Dios, en su infinita ternura, me preste un poco de Su corazón, y me enseñe a mirar con compasión, a perdonar sin cálculo, a entregarme sin temor. Que yo pueda amar como Él ama: total, terca, y eternamente.

Porque al final, creo que no hay mayor acto de rebeldía en un mundo que idolatra el desamor, que amar con todo el corazón.

Y eso —no la renuncia disfrazada de sabiduría— es lo que da sentido a esta vida.

El Día en Que la Vida No Me Mató (Spoiler: Me Liberó)

 Durante mucho tiempo, mi corazón caminó con un anhelo tan feroz, tan íntimamente entretejido con mi ser, que confundí su intensidad con verdad. Buscaba el amor perfecto como quien busca el aire, creyendo que en algún rincón del mundo, entre las promesas de otros y los suspiros no correspondidos, se encontraba la plenitud que tanto me faltaba. Pero el amor, o al menos el que perseguía con tanto empeño, resultó no ser una cura, sino un espejo. Y en ese espejo, vi mis heridas abiertas, reflejadas con crudeza bajo una luz implacable.

La vida, en su silenciosa manera de enseñar, no fue amable conmigo. No me arrojó al abismo de inmediato; me llevó de la mano, lentamente, hasta el borde. Y fue allí, en ese umbral entre el deseo y la desesperación, donde me vi enfrentada a un vacío más profundo de lo que jamás había imaginado. La oscuridad no llegó como una tormenta súbita, sino como una niebla que se fue infiltrando en cada rincón de mi alma. Me sentía vacía, no porque careciera de amor humano, sino porque había olvidado cómo mirar hacia arriba.

Recuerdo noches tan largas que parecía que el tiempo mismo se hubiera detenido. Noches en las que mi cuerpo, frágil y tembloroso, se negaba a dormir, y mi mente giraba sin tregua en torno a pensamientos tan oscuros que hasta mi reflejo me temía. En más de una ocasión, rogué al cielo que mi existencia cesara, no por cobardía, sino por la agotadora sensación de estar nadando contra una marea imposible de vencer. Mi alma estaba desnutrida, marchita, quebrada. Y sin embargo, en el silencio absoluto, cuando ya no quedaba lágrima que verter ni palabra que decir, una suave presencia se insinuó en mi oscuridad.

No fue un rayo de luz. No fue una voz atronadora. Fue más bien una tibieza inesperada, como la de una vela encendida en una habitación cerrada. En ese instante, no busqué a Dios por fe ni por virtud, sino por pura necesidad. Lo busqué como una niña perdida busca la voz de su padre entre la multitud. Lo busqué no porque quisiera comprenderlo, sino porque, sin Él, el mundo se había vuelto insoportable.

Yo, que nunca había sido devota, comencé a hablarle en silencio. No oré como me enseñaron, sino como me brotaba: con palabras rotas, con pensamientos desordenados, con un corazón herido pero sincero. Le hablé con rabia, con miedo, con tristeza, y a veces con un silencio desesperado que gritaba más fuerte que cualquier oración.

Y en ese estado de total vulnerabilidad, comencé a notar pequeños milagros. No grandes cambios, no respuestas inmediatas. Solo instantes. Una canción que llegaba justo cuando la necesitaba. Una persona que me abrazaba sin saber que estaba al borde del colapso. Una flor que crecía en un rincón olvidado del camino. Cada uno, una caricia invisible. Cada uno, una respuesta. Fue entonces que comprendí lo que alguna vez dijo Einstein: “Las coincidencias son la forma en que Dios permanece anónimo.” Esa frase dejó de ser una cita inspiradora para convertirse en una descripción exacta de mi existencia. Porque en el proceso, las coincidencias se volvieron mi vida entera sostenida por las manos invisibles de Dios.

Con el paso del tiempo, la niebla no desapareció del todo, pero se volvió menos densa. Aprendí a caminar con ella, como quien camina bajo la lluvia sin dejar de mirar al cielo. Y entonces, comencé a ver colores de nuevo. No los colores intensos de la juventud idealista, sino matices suaves, profundos, verdaderos. La misericordia de Dios no se manifestó como una liberación repentina, sino como una paciencia que me sostenía incluso cuando yo misma me solté.

Ahora entiendo que la esperanza no es la ausencia del dolor, sino su hermana silenciosa. Que la fe no es certeza, sino decisión. Y que el amor que buscaba afuera solo pudo nacer cuando permití que el amor divino sanara lo más profundo de mí.

Aún tengo días en que la oscuridad me visita, pero ya no le temo igual. Sé que no estoy sola. Sé que tengo un Padre que no se aleja cuando tiemblo, sino que se acerca, aun si no lo veo. Estoy aprendiendo a confiar en su silencio tanto como en su palabra. A descansar no en la ausencia de sufrimiento, sino en la promesa de que el sufrimiento no es el final.

No he encontrado el amor perfecto que buscaba en otros. Pero he descubierto algo infinitamente más valioso: he empezado a encontrarme a mí misma bajo la mirada compasiva de un Dios que nunca dejó de buscarme, aun cuando yo dejé de buscarme a mí.

Y eso, para mí, ya no es solo esperanza. Es vida

He Decidido No Conformarme.

 Mi nombre no importa. Digamos que soy solo una mujer con el cabello negro como la medianoche y con un alma que ha aprendido a bailar incluso cuando llueve.


No he tenido una vida trágica. Tampoco una vida perfecta. He tenido una vida... llena. Llena de todo: de errores que abracé como si fueran lecciones disfrazadas, de amores que me marcaron aunque no se quedaran, de carcajadas que dolían de tan fuertes y de llantos que lavaron partes de mí que ni sabía que estaban sucias.

Recuerdo una vez, tenía veinte y pocos años, me dejé llevar por un amor tan intenso que hasta el aire me sabía distinto. Me rompieron el corazón. Y, ¿sabes qué? No me arrepiento. Lo sentí todo. Me permití vivirlo sin anestesia, sin el “mejor me cuido para no sufrir”. ¿Sufrí? Claro. Pero también amé con una fuerza tan hermosa que no cambiaría ni una sola lágrima.

He bailado bajo la lluvia literalmente—mojada hasta los huesos, con la ropa pegada a la piel, riendo como una loca. Y también he bailado en bodas donde no conocía a nadie, solo porque la música me pedía que no me quedara quieta.

Trabajé duro, muchas veces en silencio, con las manos temblando de cansancio, pero con el alma encendida. Vi el amanecer desde oficinas vacías y también desde cimas de montañas. Lloré por cosas grandes y por tonterías, y reí hasta quedarme sin aire por un chiste tonto que alguien dijo en el bus.

¿Y sabes qué descubrí? Que la vida no es una mezcla mezquina de breves alegrías y largos sufrimientos. No. La vida es una sinfonía completa. Y yo me niego a vivirla como si fuera solo una sucesión de notas discordantes interrumpidas por algún compás feliz.

Me rebelo contra la idea de que la felicidad debe ser escasa, como si fuera un premio al que solo acceden los que sufren lo suficiente. Yo creo en la plenitud. Creo que uno puede vivir con los ojos abiertos, el corazón expuesto y el alma despierta. Que uno puede bailar, llorar y amar con la misma intensidad y no sentirse culpable por querer más, por quererlo todo.

No me conformo con una vida “suficientemente buena”. Quiero una vida vibrante, honesta, apasionada. No perfecta, pero sí auténtica. Una vida donde no me excuse por sentir demasiado, por esperar lo mejor, por no callar mi esperanza.

Y si eso es rebeldía, entonces que me llamen rebelde.

Porque he decidido no sobrevivir. He decidido vivir.

lunes, 21 de abril de 2025

Nuestro Para Siempre Tiene Nombre Divino.

 En un barrio común de una gran ciudad, entre el bullicio de los mercados y el rumor constante del tráfico, vivían dos mujeres cuyas almas habían sido moldeadas por el silencio y el anhelo. Una de ellas, de cabello largo y negro como la noche, caminaba por la vida con una mirada contemplativa y el peso de mil oraciones no pronunciadas. La otra, de piel blanca, sonrisa dulce y ojos color miel, llevaba la risa en los ojos y la tristeza en los huesos. Sus corazones habían vagado por el mundo—por separado—antes de encontrarse como dos estrellas atraídas por una fuerza invisible.

Su amor no estalló como un incendio, sino que floreció como una flor que ha esperado estaciones enteras para atreverse a la luz. No era ruidoso, pero sí profundo; no perfecto, pero sí significativo. En la quietud del amanecer, leían poesía en voz alta la una a la otra. En el silencio de las tardes, se sentaban hombro con hombro, sin necesidad de palabras, pues sus corazones hablaban en un idioma más antiguo que el tiempo.

Sin embargo, en la serena alegría de su unión, una tensión sagrada comenzó a agitarse. Había un susurro que ninguna podía silenciar: el suave pero persistente llamado de un Dios que ninguna había olvidado. Aunque criadas en credos distintos, ambas habían sentido su voz en la infancia, su presencia como una mano suave que guía en la oscuridad. Y ahora, esa misma voz—paciente y firme—las llamaba de vuelta.

No deseaban dejarse. La sola idea de separarse las partía en dos. Pero ninguna podía negar lo que se agitaba en lo más profundo de su espíritu: un anhelo sagrado, no de vergüenza, sino de entrega. No ansiaban meramente una felicidad pasajera, sino algo eterno—un amor que no empezara ni terminara con la vida, sino uno que flotara por encima del tiempo.

Y así, en una noche en un lugar donde solían comer las mejores hamburguesas de la ciudad y reían a carcajadas, Con las manos entrelazadas, lágrimas corriendo libremente, hicieron un voto—no de un para siempre en este mundo, sino de no soltarse jamás en el siguiente.

"No me voy porque te ame menos. Me voy porque lo amo más a Él, y porque sé que tú también," susurró una de ellas.

La otra asintió, sin poder hablar, con el corazón latiendo con fuerza, lleno de pérdida y de paz. "Sin Él, incluso nosotras no habríamos sido posibles. Y sin Él, no podemos durar."

Se separaron no como extrañas, ni siquiera como amantes vencidas, sino como peregrinas que compartieron un tramo del camino, y que ahora debían tomar sendas distintas para llegar al mismo hogar.

En los años por venir, escribirían cartas que nunca serían enviadas, recordarían la risa entre flores silvestres, y orarían la una por la otra en secreto. Y en algún lugar, más allá del velo del tiempo, creían—creían de verdad—que Aquel que es el Amor mismo algún día reuniría cada anhelo sagrado y lo cumpliría más allá de sus sueños más profundos.

No fueron una tragedia. Fueron un himno—inconcluso, pero eterno.

En la Sombra del Extravío, la Luz del Encuentro

 ¿Conozco a Dios? Es una pregunta que ha resonado en lo más profundo de mi ser durante mucho tiempo.


Soy aquella niña que aprendió a leer con la Biblia entre las manos. Me crié en un hogar donde mis padres no eran particularmente devotos, pero vivían con ese temor reverente que se cuela en cada gesto: "Dios bendiga esta comida", "Dios proveerá", "Dios está pendiente". Dios en todo. Y, de algún modo, siempre ha estado plantado en mí como una semilla invisible que susurra en mi interior: "Sin Ti no funcionará". Así se lo he dicho tantas veces. Sin Ti, no funcionará.

Y sin embargo, soy profundamente anti religiosa. Me incomoda que se encasille a Dios, que se use su nombre como herramienta para imponer pensamientos que no pertenecen al alma que los recibe. Lucho contra esa visión que pretende reducir a Dios a moldes rígidos, como si pudiéramos contener al Infinito en formas humanas. Estoy en desacuerdo con esa idea de que debemos ser iguales para que Dios nos ame a todos por igual, porque la verdad es que no somos iguales.

En mi camino, me perdí. Me alejé de Dios. Cometí errores, muchas veces a sabiendas. Y en ese extravío, la conocí a ella. Comenzó una relación que contradecía todo lo que me habían enseñado, todo lo que se suponía que debía agradarle a Dios. Pero —y digo esto con plena sinceridad, sin recurrir a dogmas ni religiosidad— fue a través de esa relación que Dios me llamó. Me mostró el campo de batalla del amor.

Me vi frente a frente con una pregunta que me desarmó: ¿Alguna vez has amado de verdad? ¿Ha existido algo que te haya sacudido lo suficiente como para renunciar a todo con tal de conservarlo? ¿Has deseado algo tan profundamente como para mirar al cielo, sacudir la fe dormida y clamar: “¿Estás ahí, Dios? ¿Me escuchas? Ayúdame”?

Fue en medio de lo que muchos consideran inmoral, y otros llaman sano, que llegué al punto de rendirme. Le dije a Dios: “Enséñame a amar como tú amas. Enséñame a ver con tus ojos. No permitas que mi corazón se endurezca con odio, rencor o avaricia. Más bien, lléname de amor para poder a
mar verdaderamente”.

Con los pedazos de mi corazón —mi vida fragmentada hasta los niveles más pequeños del alma— emprendí esta lucha silenciosa por encontrar el amor que todo lo trasciende: el amor puro, sincero.

No soy santa. No soy perfecta. En muchos aspectos, reconozco oscuridades en mí. Pero he conocido una parte de Dios que desearía que todos pudieran conocer. He sentido su abrazo, su mano limpiando mis lágrimas. Me ha encendido una pasión por su palabra que no puedo explicar con razones humanas. En Él he encontrado un amigo, un hermano, un padre. Un Dios severo, sí, pero justo.

A Él puedo contarle mis deseos, mis pasiones, mis miedos. Cada mañana me siento con una taza de café entre las manos y le hablo: "Aquí estoy. Esto me molesta, esto me alegra, esto no sé cómo manejarlo". Y aunque no puedo verlo ni tocarlo, lo siento. Ha dejado de ser esa figura lejana que simplemente existe, para convertirse en algo tan real, tan vivo, tan presente en mi vida.

Y he aprendido la lección más valiosa de todas: que no hay nada —nada— que suceda en tu vida que Dios no pueda usar para bien.

No soy una experta en teología ni en su palabra, ni siquiera estoy segura de haber escuchado su voz claramente alguna vez. Pero en este instante de mi vida, soy una hija que anhela, con todo su corazón, conocer a su Padre.


martes, 15 de abril de 2025

Ecos de Una Luz Inconsciente.


 A lo largo de nuestras vidas, atravesamos un sinfín de momentos—algunos fugaces, otros imborrables. Enfrentamos alegrías y penas, pruebas y triunfos, y en medio de todo ello, conocemos almas que, silenciosamente, moldean los contornos de quienes somos. No pretendo ser perfecta, ni me considero irremediablemente defectuosa. Soy, simplemente, un mosaico de recuerdos—tejido con hilos de risas, mañanas teñidas de café, lágrimas bajo la luna, y bailes al ritmo de los atardeceres más espléndidos.

He tenido la fortuna de encontrar corazones de una bondad poco común—nobles, generosos, sencillos. Pero también he conocido el lado más sombrío del ser humano—aquellos cuya presencia dejó cicatrices de dolor y silencios prolongados en mi historia. Sin embargo, entre todas esas figuras, hay una cuya huella ha sido imborrable. Ella es la niña de mis ojos, la musa de mis pensamientos más serenos, y su existencia me transformó de maneras tan suaves como profundas.

Desde el instante en que nos cruzamos, despertó en mí un anhelo de ser más—de ser paciente, de ser amable, de ser mejor. Nunca antes había sentido un lazo tan genuino con alguien. Siempre he amado y respetado a mi familia—mis padres, mi hermana—pero mantenía una distancia prudente con la mayoría. Entonces ella llegó, y con su llegada, todo cambió: como un amanecer silencioso, como un mar inmenso.

Ella es luz pura, aunque no lo sepa. Camina por la vida envuelta en dudas, convencida de que la rodean sombras, cuando en realidad, su corazón brilla con una fuerza que escapa a su propia mirada. En ella descubrí la gracia sin artificios, la fortaleza que habita en la vulnerabilidad, y una belleza única, profundamente suya.

No guardo rencor alguno hacia ella—solo gratitud. Solo asombro. Escribo estas palabras como un homenaje a su esencia, con la esperanza de que, de algún modo, otros puedan sentirla a través de estas líneas. Y ruego a Dios que quienes lean esto tengan la dicha de cruzarse, algún día, con un alma como la suya. Porque conocer a alguien así, te transforma para siempre..

Cartografía del alma: el arte de perderse para volver a nacer.

 

Está de moda repetir frases como “suelta, deja ir, lo mejor vendrá”. Pero sospecho que esas palabras nacieron de labios que llevan los sentimientos en los bolsillos, no en el corazón.

A mí, confieso, no se me da bien dejar ir. No porque no comprenda la necesidad de soltar, sino porque cada persona que ha pasado por mi vida ha ocupado un rincón esencial en mí, ha llenado un espacio que no sabía que estaba vacío hasta que alguien lo habitó.

Siempre he imaginado mi corazón como un gran armario con múltiples cajones. En cada uno guardo algo distinto: la amistad, la compañía, la camaradería, la complicidad. Cuando alguien ocupa más de uno de esos espacios, incluso si tan solo habita uno, para mí se convierte en un tesoro sin igual, la joya de mi corona. Los atesoro, los valoro, y me esfuerzo por ponerme en sus zapatos.

Si me han herido, pienso que alguna razón tendrán. Si no dan lo que yo ofrezco, me repito que quizás simplemente son distintos. Según mi psicóloga, eso no está del todo bien. Según yo, es simplemente humano. Ser humano implica fallar, caer, decepcionar, herir… no necesariamente por maldad, sino porque también nosotros estamos en construcción.

Sé que hay personas que no son buenas para uno, aunque puedan serlo para otros. Y justo ahí, en esa delgada línea, me pierdo. ¿Fueron malas para mí? ¿Eligieron serlo? ¿O simplemente no saben ser de otra forma?

Yo tampoco soy oro puro. No soy del agrado de todos. Tengo una personalidad intensa, hablo mucho, reacciono rápido. A veces, me encierro en una soledad escogida, y disfruto mi compañía como si fuese la de un viejo amigo. Me deleita el aroma del café, el perfume de los libros antiguos. Puedo perderme entre líneas durante horas.

Y sin embargo, cuando elijo estar para alguien, lo hago por completo. Si quieres hablar durante horas, ahí estaré. Toda mi atención será tuya. Porque aunque parezca contradictorio, en medio de esta ruptura dolorosa, a mis treinta y dos años, reconozco que aún hay partes de mí que no conozco. Voces internas que claman ser escuchadas, rincones ocultos que me sorprenden con su intensidad. Me descubro preguntándome: ¿de dónde ha salido esta mujer? No la reconozco.

Y entonces comprendo algo con una certeza casi sagrada: para construirte, debes primero quebrarte. Solo al rompernos comenzamos a comprender qué significa realmente cuidarnos, valorarnos, amarnos.

Si quieres ofrecer amor, compañía, lealtad, paz… primero tienes que sembrarlo en ti. Pero nadie nos enseña a hacerlo.

"Coloca límites", dicen. Como si fuera tan sencillo. ¿Límites? ¿Cómo ponerlos cuando te han enseñado que amar es dar sin medida? ¿Alguien se sienta alguna vez contigo a enseñarte cómo se ama? A mí no. Me enseñaron que quien más da, más ama. Me enseñaron a ofrecer, a complacer, a no decir que no. Pero nunca me dijeron que también debía cuidarme. Nunca me explicaron que amar también implica saber retirarse a tiempo.

¿Dónde se aprende eso? ¿En qué rincón escondido está el manual que nos enseña a amarnos a nosotras mismas?

Invítate a comer, dicen. Regálate tiempo. Inviértete en ti. Haz espacio para tu propio ser. No te desbordes por todos.

Pero esa no fue la crianza que recibí. Me enseñaron a ser exitosa, a ser admirada, a dar siempre un poco más. Porque “es mejor dar que recibir”. Y ahora, cuando me enfrento al reto de aprender a recibir y de marcar límites, me siento perdida. Como en un laberinto sin salida, como si estuviera renaciendo. Pero no soy una niña. Soy una adulta. Y como adulta tengo responsabilidades, deberes que no esperan. No puedo simplemente desaparecer para encontrarme. Esa no es una opción.

Entonces me pregunto: ¿a dónde voy? ¿A quién le pido ayuda? ¿Qué libro me salvará esta vez? ¿Cómo se ama? ¿Cómo se construye una vida que traiga cosas buenas?

“He leído tantos libros,” pienso. Incluso aquel que afirma que este dolor no es mío… pero este sí lo es. Lo siento en la piel, en los huesos, en el cabello. Me duele respirar. El sol ha dejado de brillar para mí. Y aunque quisiera culpar a otros por este abismo, sé que gran parte de mi dolor nace de no haber sabido comprender lo que estaba viviendo.

Ahora solo me queda una pregunta:
¿Cómo se vuelve a nacer?




lunes, 14 de abril de 2025

Mi silencio también te ame.


Te extraño tanto que a veces siento que muero un poco más con cada amanecer. Perdóname por mi silencio, por mi ausencia, por no habitar tu vida como solía hacerlo. He hecho un pacto con Dios, uno que no puedo romper: entregarle mi corazón por completo, sin divisiones, sin mitades. Porque he comprendido que si alguna vez quiero conservarte para el resto de mis días, primero debo aprender a amar de la manera correcta.

Mi ausencia no significa olvido. Que no te escriba o llame no quiere decir que no piense en ti. Al contrario, estás en cada oración, en cada pequeño detalle que quisiera compartirte. Pero hoy… hoy estoy luchando, no solo por mí, sino por ti. Por nosotras.

Estoy tratando de protegernos—de mí misma. Sí, suena loco. Terriblemente loco. Pero también es aterradoramente cierto. Porque te quiero, te juro que te quiero para toda la vida. Y por eso mismo, ahora que no tengo nada bueno que ofrecerte, he decidido no darte lo poco que queda de mí, sino trabajar para reconstruirme. Prefiero arriesgarme a perderte por un tiempo, si eso me permite ganarte para siempre.

Hoy por hoy ni siquiera sé cómo encontrarme, mucho menos cómo amarme. Y sin embargo, cada mañana me levanto con una promesa: Hoy seré una mejor versión de mí misma. Para mí. Para ti.

No puedo romper este pacto. No porque no quiera, sino porque deseo con todo mi ser ser fiel a él. Dios me dijo algo que resuena constantemente en mi alma: "No se puede burlar a Dios." Y no quiero jugar con fuego, no quiero exponernos a un dolor más profundo. Solo Él puede decidir si me deja quedarme en tu vida. Solo Él.

A veces sueño con Italia, contigo y yo comiendo pasta, incluso cuando seamos dos viejitas riéndonos mientras el tiempo se escurre. No he soltado ese sueño. Lucharé por él con todo lo que tengo. Pero mientras tanto, cada día oro por ti. Cada día hay una canción, una foto, una tontería que quiero contarte. Un libro que he leído, una historia que me ha hecho pensar en ti.

He pasado por tanto... y tantas verdades me han confrontado. Me han dicho que no sé amar, que no me amo, que confundí el dar con el amor. Y lo más difícil: aceptarlo. Pero en ese proceso, también he descubierto en mí una fuerza que desconocía. Una mujer frágil, sí… pero también luminosa y fuerte, a su modo.

Perdóname si desaparezco. No lo hago para herirte. Créeme, esta ausencia me duele más a mí. Pero Dios ha sido fiel, y me ha llevado a ese lugar que temía: un punto donde solo puedo mirarlo a Él. Obedecer se ha vuelto mi camino hacia la libertad, hacia la luz al final de este árido desierto. Y en medio del quebranto, me ha sostenido, ha revelado con claridad lo que deseo construir: una vida en verdad, una vida en paz, una vida con propósito.

Deseo que todo en tu vida florezca. Que tus días se pinten de colores vivos, que el amor te abrace sin medida, que rías con el alma y que cada paso te acerque más a la plenitud. Y que, si es la voluntad de Dios, algún día podamos abrazarnos desde la sanidad, el perdón, y un amor limpio, sin dolor ni culpa, sin celos ni cadenas.

Me aferro a Su mano, porque he descubierto que a pesar de mi edad, aún hay vastos territorios en mí que no conozco. Heridas abiertas, partes silenciadas que claman por atención. Y cuando emergen, me sorprendo: ¿De dónde ha salido todo esto?

Pero aún así, a pesar de todo… mujer, te amaré hasta que mueran los cielos, más allá del cielo.

El monstruo soy yo.


 Durante años, tracé líneas en mi diario como si fueran cicatrices, intentando pintar un retrato donde yo era la víctima. Pero la verdad, cruda y sin disfraz, es que negué mis sentimientos. Me aferré con terquedad a ideas necias, pensando que, si los escondía lo suficiente, desaparecerían.
Negué el estremecimiento que sentía al mirarte a los ojos, el calor que se extendía por mi pecho cuando me envolvías en tus abrazos. Callé que desde mucho antes de confesártelo, ya vivía esperando tus visitas, tu risa en mi sala, tu cuerpo entre mis sábanas. Desde hacía tanto, eras mucho más que una amiga. Te convertiste, sin que me diera cuenta, en el centro de mi universo.
Y sin embargo, hui.

Creí que debía hacerlo. Negué todo y, en el proceso, te herí. Dije palabras erróneas, tomé decisiones que quebraron tu espíritu, te dejé en tormentas que no te correspondían. Y tú… tú lo soportaste en silencio, como solo lo hacen los corazones nobles.

Ahora, con una torpeza que me resulta insoportable, comprendo la magnitud de mis errores. Y desde el abismo de ese entendimiento, nace un arrepentimiento tan profundo que me consume. Años y años desgastándote, empujándote al borde, sin ver el daño que causaba.

Cuando al fin mis fuerzas me abandonaron y el suelo se abrió bajo mis pies, solo entonces miré al cielo. Fue ahí, en el quebranto más absoluto, que comprendí que solo Dios podía sanar lo que yo había destruido. Solo Él podía sostenerme cuando ya ni tú ni yo podíamos hacerlo.

Pero para entonces, tú ya te habías marchado.
Cuando quise abrazar por fin la verdad de mis sentimientos, tú estabas recogiendo los pedazos del alma que yo había despedazado. Afrontaste el dolor a tu manera —y quién soy yo para juzgarte. Cada cual sobrevive como puede.

Yo me rendí ante Dios como una niña rota, suplicando por misericordia, mientras tú apartabas la mirada. Y sí, me dolió. Me duele aún. Pero debo aceptar esta cosecha amarga, porque yo misma sembré las semillas. Sembré distancia, y hoy recojo vacío. Sembré indiferencia, y ahora enfrento el eco de mi propio silencio.

Aun así, creo. Creo con una fe terca y luminosa que el amor sigue siendo la fuerza que sostiene al mundo. Y aunque llegue tarde, aunque mis palabras ahora parezcan cenizas, lo que siento por ti no se ha extinguido. De la mano del Altísimo, seguiré luchando —no para recuperar, sino para restaurar. Para convertirme, con cada paso humilde, en la bendición que una vez soñé ser para ti.

Le ruego a Dios que me llene de un amor limpio, sin mancha. Que su misericordia lave las heridas que dejé en tu alma, que arranque las espinas de mis palabras y arrulle tu corazón en su paz. Que donde hubo destrucción, brote sanación. Y donde hubo orgullo, nazca ternura.

Te herí. Te lastimé. Y sin embargo, sigo viéndote como el alma más leal, la mujer más amorosa, la madre más fuerte, la amante más devota, la amiga más noble que haya conocido. No hay otra como tú.

Y si el tiempo y la gracia lo permiten, ojalá algún día puedas ver que, aun entre ruinas, hay flores que siguen creciendo. 












ESE DIA.

 

Hoy, con los fragmentos dispersos de lo que una vez fue una mujer plena, decido renunciar a ti. La vida se compone de deseos, pasiones y anhelos inquebrantables, pero tú, mi niña, eras el aliento mismo de mi existencia. Por ti luché con uñas y dientes, y habría pagado cualquier precio por conservarte, aun si ese precio fuera el más punzante de los dolores.

Y, sin embargo, cada vez que tu imagen regresa a mi mente, solo encuentro sombras de mentiras. Intento recordar el día, la hora, el momento exacto en que aprendiste a mirarme a los ojos y engañarme con tanta frialdad, sabiendo que la verdad, cuando llegara a mí, me desgarraría. El demonio se burla de mí mostrándome visiones de sus manos sobre ti, del sonido de tu entrega, de todo lo que hacías mientras yo, de rodillas, clamaba a Dios para que restaurara lo que las malas decisiones habían quebrado. Pero al final, yo habría dado todo porque te quedaras.

No soy una mujer perfecta. Sé que te herí, y pediré perdón por ello hasta el fin de mis días, tanto a Dios como a la memoria de lo que fuimos. Jamás debí alzar la mano contra una de sus más bellas hijas, y si alguna vez es posible, ruego que me perdones. Si he cometido otras faltas, imploro que las olvides. Porque para mí, cada instante a tu lado—como amigas, como amantes—fue un regalo sublime, y aún conociendo el final de esta historia, los reviviría sin dudarlo, aunque al final mi corazón se detuviera, literalmente.

Sigo creyendo que vale la pena luchar por lo que se ama. Pero, ¿Qué sucede cuando la otra parte no lucha? ¿Qué ocurre si en mí no había nada de valor por lo que quisieras pagar el precio de conservarme? ¿Es la lucha la prueba del coraje o es la huida la verdadera valentía? ¿Es resignación aceptar que la vida, o Dios, o el destino, te arrebatan lo que amas sin ofrecerte una batalla justa? ¿O acaso el amor que nos prometimos no era más que palabras vanas, listas para desvanecerse al primer soplo del viento?

Hoy miro hacia adelante y ruego al Eterno que me enseñe a borrar tu sombra de cada página de mi futuro, pues estabas en cada uno de mis planes, incluso en los más insignificantes. Escribo desde el dolor, con preguntas que jamás tendrán respuesta.

Dime, ¿Cómo pudiste mirarme a los ojos y sonreír mientras yo te cantaba bajo la lluvia? ¿Cómo pudiste besarme con labios profanados por el engaño? ¿Cómo fuiste capaz de ver mis batallas diarias y aceptar mis abrazos cuando, en realidad, ya tenías otros brazos consolándote, como mujer? ¿Cómo pudiste observarme entregar mi corazón en tus manos y hacerme creer que lo rechazabas por mi bien, cuando en realidad era la culpa y la mentira lo que te impedía recibirlo?

Hoy renuncio a ti. Te prometo que no te llamaré ni te escribiré, aunque tenga que cruzar las llamas del infierno para cumplirlo. Esperé días, semanas, que volvieras y me dijeras: "Sé que erré, tú también, pero aun con las heridas abiertas, seguiré peleando por ti". Pero la verdad amarga se reveló con crudeza: solo yo luchaba. Siempre era yo quien te buscaba, quien doblaba el orgullo, quien bajaba la cabeza, porque tu miedo o tu ego siempre fueron más grandes que el amor que decías sentir.

Juro por mi vida que siempre estarás en mis oraciones. Y le pediré a Dios que cada promesa que te hice pueda cumplirse, porque, a pesar de todo, sigues siendo un alma maravillosa, una joya preciosa en las manos del Creador. Mereces ser feliz, y si ese hombre te brinda dicha, no puedo más que desear que así sea. Que te dedique todas las canciones de Morat que tanto te gustan, porque yo—la pueblerina que era demasiado poco para ti—solo supe regalarte versos como: "Te amaré hasta que mueran los cielos, más allá de los cielos".

En esta historia, Fiona prefirió al príncipe encantador en lugar del ogro verde y torpe, aquel que no tenía más que un corazón lleno de amor para ofrecerte.

Si algún día deseas llamarme o necesitas ayuda, no dudes en hacerlo. Las puertas de mi vida siempre estarán abiertas para ti. Y aunque hoy me despida, en mis oraciones seguirás siendo un nombre sagrado. Ruego a Dios que nuestros caminos vuelvan a cruzarse algún día, cuando seamos más sabias, cuando hayamos sanado. Será un placer para mí rogar al Todopoderoso que te bendiga, porque ese ha sido siempre mi único anhelo: ser de bendición para aquellos que amo. Y tú, mi niña, eres una de ellas.

Te lloré un océano. Sobreviví a la muerte misma gracias al amor eterno de Dios. No puedo decir que estoy bien, y quizás tarde mucho en estarlo. Lamento no haber sido suficiente para que pelearas por mí, pero lo comprendo. Después de todo, nadie pelea por lo que considera desechable.

Que Dios conceda cada deseo de tu corazón. Que la vida te sonría siempre.

Te amé con cada átomo de mi ser.

Y recuerda, siempre que haya luna llena, es porque Dios trabaja hasta tarde, pues aún tiene la luz encendida.

Dios te ama.

Entrando al desierto.


 Te lo dije una vez: no puedes tener ambas cosas —mi amor y tu libertad. Y sin embargo, allí estuve, quieta, esperándote con la esperanza terca de quien aún cree en los imposibles. Pensé que algún día verías en mí la verdad desnuda del amor, que correrías hacia mí, con los brazos abiertos, con el alma en carne viva.

Pero en lugar de eso, cada paso que di hacia ti fue recibido con muros más altos, con silencios más densos. Y mientras yo construía puentes, tú edificabas fortalezas.

Mi corazón aún late con la memoria de aquellos momentos en que creí, con fe ciega, que podríamos ser uno solo, que compartiríamos un amor honesto, sin máscaras ni medias verdades. Pero lo único que ahora me queda es la amarga claridad de que debo protegerme —no del mundo, sino de ti.

Porque has aprendido bien el arte de herir sin tocar, de romper sin ruido.

Ha llegado el momento de recoger lo que queda de mí, de tomar con manos temblorosas los fragmentos dispersos de mi corazón, y levantar murallas, no de rencor, sino de amor propio.

No será una tarea sencilla, pero es un acto de supervivencia. Debo aprender a amarme como nunca me amaste tú, a valorarme como merecía desde el principio, a defenderme incluso de la nostalgia.

Así que te dejo ir, mi amada. No sin dolor —cómo podría—, no sin un susurro de tristeza, pero sí con la firme resolución de continuar. De hallar la dicha que no encontré contigo, de redescubrir la paz en mis propios brazos.

Adiós, mi amada. Que la vida te sea leve, y que Dios te bendiga por siempre… incluso si no vuelves.

Cartas a una alma ausente (pero emocionalmente decorativa)


 Oh, Dios…

Siempre he tenido cierta facilidad para bordar mis emociones con palabras, como si fuera un coelho en pleno ataque emocional o un walter riso con dolor de cabeza. Las frases solían fluir de mí como vino en una boda larga... pero hoy, incluso mi elocuencia, esa vieja amiga fiel, se ha atragantado con este nudo de dolor que me tiene más revuelta que corsé mal puesto.

Mi amada, mi alma errante con GPS dañado, verte así —flotando entre el desgano y el existencialismo pasivo— me arranca más suspiros que una tragedia griega con presupuesto de serie turca. Yo, tan voluntariosa como una institutriz victoriana con vocación de mártir, deseaba ser tu refugio, tu bálsamo, tu spa emocional. Pero aquí estoy, atrapada en la honesta y horrible revelación de que ni siquiera puedo remendar mi propio corazón sin que se me deshilen las costuras internas.

Día tras día le oro a Dios con la intensidad de una viuda prematura y la elegancia de una tía solterona en pleno siglo XIX. Le pido fuerza, paciencia y, por qué no, un poco de anestesia emocional. Cada suspiro es una daga, cada silencio tuyo es más elocuente que un monólogo de Hamlet, y cada vez que no dices nada, en realidad lo dices todo: que siempre he sido yo quien ha luchado, suplicado, y básicamente hecho acrobacias sentimentales para que esta historia no se caiga como pastel mal horneado.

Jamás, ni una sola vez, has sido tú la que ha dicho con determinación y mirada de protagonista: “Aquí estoy, rota pero con voluntad de guerrera de Jane Eyre." No, querida. Has sido más bien una aparición intermitente, como personaje secundario que aún no decide si quiere quedarse en la novela o pedir spin-off.

Y lo más desgarrador, pero también digno de una buena copa de vino y un aplauso lento: empiezo a sospechar que tu presencia no está motivada por amor sino por la molesta y persistente presión de mi insistencia. Que no estás aquí por fuego interno, sino por cortesía emocional mal entendida. Y tus lágrimas… ay, tus lágrimas llevan más culpa que sentimiento, más remordimiento que esperanza.

Te lo he preguntado: ¿hay alguien más en tu alma? ¿Hay otra historia en la que ya te hayas inscrito mientras yo seguía escribiendo capítulos a dos manos? Y tú… tú has respondido con elocuente silencio, ese arte tan tuyo que ya debería tener su propio club de fans.

No quiero seguir bailando en esta pista de incertidumbre con zapatos que me quedan apretados. No soy una marioneta colgando de hilos rotos ni la eterna suplente del amor verdadero. Así que te pido —te imploro, casi con dramatismo de novela rusa— que te plantes ante esta encrucijada como una heroína decidida, no como figurante de fondo en el drama de mi vida. Si has de quedarte, que sea por amor valiente, por fe en nosotras, y no por esa obligación tibia que ni calienta ni abriga.

Pero si en lo profundo sabes que ya no hay guerra que pelear, si lo que te ata es sólo el eco de lo que fuimos y no lo que aún podríamos ser... entonces, por el amor al buen sentido común (y a la dignidad de esta protagonista dolida), suéltame.

No me condenes al limbo de las medias verdades, que para eso ya están los noticieros. Si este es el epílogo, que sea uno digno. Pero si aún queda historia, si aún arde aunque sea una chispa, te juro que lucharemos como dos heroínas en un campo de batalla con pañuelos de encaje y Biblias en la mano.

Mañana te esperaré. Con el corazón en la garganta, los ojos en el cielo, y el alma entre el sarcasmo y la fe. Anhelando, por fin, una verdad sin maquillaje, sin rodeos, sin frases que suenan bonito pero no significan nada. La verdad cruda. La verdad valiente. La única que aún puede salvarnos.

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...