Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

martes, 19 de agosto de 2025

Dos corazones en un mismo ataúd

 A menudo la tierra cree sepultar un cuerpo,

pero en su silencio húmedo y oscuro
guarda dos latidos que ya no laten,
dos llamas que se apagaron juntas
sin que el mundo lo advirtiera.

El sepulcro no distingue nombres,
no entiende de ausencias,
pero recibe, inocente,
el peso doble de un amor roto:
uno muerto en la carne,
y otro muerto en el alma.

Porque cuando alguien parte,
se lleva también el corazón que lo amaba,
arrancándolo del pecho que aún respira,
dejando un hueco que ni la vida ni los años
saben cómo llenar.

El ataúd parece estrecho,
pero guarda espacios infinitos,
ahí caben las promesas quebradas,
las risas que jamás regresarán,
y los sueños marchitos
que se entierran como flores
antes de florecer.

Dos corazones se rozan en la oscuridad:
uno hecho polvo,
otro todavía sangrando.
Ambos comparten la misma prisión,
la misma caja cerrada,
la misma eternidad silenciosa.

Y el que queda vivo,
aunque camine, aunque hable, aunque respire,
lleva la muerte tatuada en el pecho,
lleva el ataúd abierto dentro,
donde su corazón yace acostado
al lado del tuyo.

Por eso, cuando el sepulcro se cierra,
no encierra solo un cuerpo,
sino dos destinos.
No entierra una vida,
sino un universo completo
que ya no volverá a nacer.



El Barco Hundido de mi Corazón


He pensado demasiado en la tan sonada frase:
“dejar ir”.
La repiten como si fuera sencillo,
como si abrir las manos bastara para soltar
lo que ya se ha enredado en la carne.
Pero mi corazón no es ligero,
no es un sitio abierto al viento.
Mi corazón es un barco maldito,
como el de Davy Jones:
oscuro, húmedo,
cubierto de algas que respiran podredumbre,
con las maderas hinchadas por el peso
de todo lo que jamás supe abandonar.

Cada vez que alguien sube a bordo
no es un pasajero más:
se convierte en tripulación de mi condena.
No caminan sobre cubierta,
se incrustan en las paredes,
se mezclan con los clavos,
se funden con mis vigas,
hacen parte de mi respiración,
de mis latidos,
de mi propio esqueleto.

Y cuando deciden marcharse,
no bajan por la escalera del muelle
ni desaparecen con un adiós.
No.
Prefieren desgarrar mi pecho,
apuñalar mi carne,
arrancar un pedazo de mí
para abrirse paso hacia afuera.

Entonces,
lo que queda en el barco
son los huecos.
Cavidades húmedas, negras, abiertas.
Vacíos que no saben cerrarse.
¿Y cómo llenarlos, si la herida
ya no es un hueco cualquiera,
sino la silueta exacta
de quien se fue?

Quedan marcas perfectas en la madera:
una figura en relieve,
un molde vacío que reclama al ausente.
Puedo meter las manos en esos agujeros,
sentir su forma precisa,
como si todavía respiraran ahí.
Pero no hay nada.
Solo un silencio denso
que me asfixia más que la sangre.

Intento taparlos con otros cuerpos,
con voces nuevas,
con manos ajenas.
Pero ninguno encaja.
Porque cada vacío
es una memoria tallada en hueso,
un hueco con nombre propio,
una herida que reconoce su dueño.
Y así vivo,
parchando con desesperación
un barco que ya no flota,
un corazón que se hunde bajo su propia tripulación fantasma.

El agua entra por cada grieta,
por cada ausencia,
por cada adiós que se llevó mi aire.
Yo, ridícula capitana,
sigo respirando por aquellos
que ya me apuñalaron.
Sigo viva por los que me mataron.
Y aunque mi barco se parte en dos,
aunque mis paredes son solo ruinas húmedas,
sigo guardando dentro de mí
las siluetas perfectas
de todos los que jamás supe soltar.

Porque “dejar ir”
nunca fue soltar las manos.
Es arrancar de raíz un fantasma
que ya echó raíces en la carne.
Es desclavar de mi pecho
las figuras que lo habitan.
Y yo no puedo.
Yo no sé.
Así que mi corazón seguirá siendo este barco maldito,
este ataúd marino,
donde cada ausencia
tiene un rostro,
un hueco,
un molde eterno
que nunca dejará de doler.




sábado, 16 de agosto de 2025

El Presente Eterno

 Les juro que quisiera escribir cosas bellas,

pintar con palabras un cielo despejado,
decirles que aún queda esperanza,
que todo dolor se transforma en flores
y que las pérdidas son semillas de luz.

Pero no puedo.
La traidora esperanza se burla de mí,
me susurra que mañana será distinto,
que la suerte espera tras la próxima esquina,
y yo, ingenua, le creo…
solo para despertar en este mismo abismo.

El mañana nunca llega.
Se disuelve como humo entre los dedos,
como un espejismo que se ríe de mi sed.
Y mientras tanto, el presente
se clava en mi pecho como un hierro incandescente,
un momento perpetuo que no se mueve,
un reloj sin manecillas que se burla de mi fe.

Nos decimos para calmar la herida:
“Mañana seré feliz,
mañana llegará mi día”.
Pero ese mañana es un fantasma,
un verdugo disfrazado de consuelo,
una mentira que solo prolonga
la agonía de no vivir como soñamos.

Aquí estoy, atrapada en este presente eterno,
rodeada de pérdidas que aún sangran,
de amores que se fueron sin despedida,
de frustraciones que me arrancaron las alas.

La oscuridad me rodea, espesa, interminable,
como si la luz hubiera olvidado mi nombre.
Y aunque quisiera decir que todo cambiará,
la verdad es que no sé si la luz
alguna vez
se atreverá a entrar.



viernes, 15 de agosto de 2025

El ritual de los días que no cambian

 Cada amanecer es la misma ceremonia,

un altar de horas grises
donde me arrodillo sin fe,
solo porque la costumbre y la necesidad
me han enseñado a obedecer.

La luz que entra por la ventana
no calienta,
es un testigo indiferente
de que el mundo allá afuera
sigue girando sin esperar
que yo encuentre mi lugar.

Ver que nada va a cambiar
es como mirar un río seco
y seguir acercándote con un cántaro,
sabiendo que solo recogerás polvo.
No importa cuántas veces lo intentes,
la sed no se apaga.

Y aun así,
me visto con la ropa que huele a rutina,
camino los mismos pasos hasta el mismo sitio,
repito las frases que me enseñaron,
esas que encajan perfecto
en una vida que no es mía.

Porque lo que debo hacer
ya no es elección,
es supervivencia.
Y la supervivencia
no pregunta si eres feliz,
solo se asegura de que respires.

En este ritual forzado
hay velas que nunca enciendo,
oraciones que no recito,
pero que de alguna forma
cumplo al pie de la letra.
Trabajo, obedezco, sostengo.
Y todo lo que sostengo
me aplasta un poco más.

A veces me descubro mirando
a esa versión de mí que quedó atrapada
en el instante antes de rendirse.
La veo detrás de un cristal grueso,
golpeando con las manos,
muda, desesperada,
rogando que la saque de aquí.

Pero ya no tengo llave.
La cambié por un plato en la mesa,
por facturas pagadas,
por un techo que no se derrumba.
Por todas esas cosas que llaman “seguridad”
y que en el fondo son cadenas pulidas
que aprendí a lustrar cada mañana.

El ritual termina siempre igual:
la noche me encuentra exhausta,
el cuerpo en automático,
y el alma archivada
en algún rincón que ya olvidé.

Mañana será lo mismo.
Porque aquí,
donde nada cambia,
lo único que crece
es el silencio que me habita.




Sin palabras


No existe idioma
ni lengua de hombre ni de ángel
con palabras suficientes
para traducir el vacío que deja
perder la esperanza
de volver a sentirme plena
como aquella vez.

Aquel instante en que el universo,
en su infinita rareza,
parecía respirar al compás de mi pecho,
y el sol tenía el descaro de brillar
solo para mí.

Hoy, todo es un eco roto.
Las manos que antes eran nido
ahora son jaula,
y cada día amanece con un silencio
que no acaricia,
solo pesa.

No hay sinónimos para esa plenitud perdida,
ni conjugación que devuelva el verbo
de aquel momento perfecto.
Podría inventar un alfabeto nuevo,
tallar letras con las uñas en las paredes,
llorar tinta sobre un cuaderno,
y aún así,
seguiría siendo insuficiente.

Porque la verdad es esta:
cuando la esperanza se quiebra,
ya no hay idioma,
solo un idioma muerto
que se habla con la piel fría

y el alma a medias.


 

martes, 12 de agosto de 2025

Consejos que matan alas

 La gente siempre te aconseja

para que seas lo que quieren,
pero no para que seas feliz.
Te moldean con palabras dulces y manos frías,
como si supieran de tu hambre,
de tu sed,
de ese incendio callado que te arde en los huesos.

Dicen:
"Camina derecho, no te salgas del sendero",
pero su sendero es un pasillo estrecho
donde no cabe tu risa,
ni tu llanto,
ni tus sueños.
Te hablan de seguridad como si fuera amor,
te venden la calma como si fuera vida,
y no entienden que tu paz
no cabe en sus jaulas.

Siempre hay un dedo señalando lo correcto,
y nunca una mano sosteniendo tu libertad.
Te dicen qué vestir,
a quién amar,
cómo hablar,
cuándo callar.
Sus consejos vienen envueltos en cintas de moral,
pero pesan como cadenas.

Lo que nadie te dice
es que vivir de verdad
es romper la porcelana perfecta
y aceptar tus grietas,
bailar con tus sombras,
mojarte bajo tormentas
aunque arruines el peinado,
y caminar descalza sobre un suelo incierto
porque tu alma necesita sentir el barro.

La gente siempre te aconseja
para que seas lo que quieren,
pero no para que seas feliz.
Te quieren dócil,
te quieren predecible,
te quieren igual que ellos,
para que no les recuerdes
que hay otras formas de existir.

Pero tú —
tú no naciste para seguir instrucciones.
Naciste para incendiar calendarios,
para colgar tus fotos en muros prohibidos,
para besar con la rabia de quien ya no espera permiso.
Naciste para perderte mil veces
y encontrarte en mil versiones nuevas.

Que digan lo que quieran.
Que aconsejen, que opinen, que murmuren.
Tú sigue el ruido de tu propio pecho,
el temblor de tu propia piel,
la brújula rota que solo apunta a donde sueñas.
Porque la felicidad,
esa palabra que nunca está en sus consejos,
es un territorio salvaje
que solo se conquista
cuando dejas de vivir para ellos
y empiezas a vivir para ti.



viernes, 8 de agosto de 2025

Lo que extraño... sí existe, carajo

 Circulan frases de calendario,

esas cagadas zen con tipografía cursiva:
“Lo que extrañas ya no existe,
así que suelta, fluye, sana, ¡va!”

—¡Va!—
Como si mi corazón fuera una puerta giratoria,
como si el amor tuviera botón de "cerrar sesión",
como si lo que me duele
fuera un archivo basura que se borra con clic derecho.

“Lo que extrañas ya no existe…”
¿En serio, gurú de pacotilla?
Pues que alguien le avise al perfume
que aún lleva su nombre en el cuello de otra camisa.

Que alguien le diga al restaurante de la esquina
que los domingos no son iguales
desde que ya no hay risas con dos platos.

Explíquenle a mi memoria
que las manos que extraño
todavía sostienen tazas, llaves, otras pieles
—pero siguen siendo las mismas manos—.

¡Qué fácil soltar desde la comodidad
de una cuenta de Instagram llena de frases recicladas!
Qué cómodo es hablar de “sanar”
cuando nunca tuviste que arrancarte
una historia a tiras, como piel vieja.

¡Claro que existe!
Camina, respira,
publica selfies sin filtro
con títulos como: “Brillando sola ✨”
(y claro que brilla, porque yo le enseñé a prender fuego).

¡Sí existe, carajo!
No es un fantasma,
es carne, hueso, errores y encanto.
Sigue usando el suéter que olvidó en mi casa
pero dice que “lo compró en una tienda vintage”.

Y yo debo soltar, según tú.
Debo hacerme la zen,
encender una vela,
y repetir en voz baja:
“ya no existe, ya no existe, ya no existe”.

No, imbécil.
No voy a repetir mantras como loro sin alma.
No voy a ignorar que mi herida tiene nombre,
sonrisa torcida
y la maldita costumbre de aparecer en mis sueños
vestida como el primer día.

¿Soltar?
¿Y quién sostiene mi rabia, mi ternura,
mi necesidad de gritarle que la odio,
que la amo,
que la odio porque la amo
y que se largue de mi mente pero deje el cuerpo?

“No existe”
¿Dónde estudiaste eso?
¿En la Universidad de Frases Bonitas y Corazones Rotos por Zoom?
¿Te titulaste en Terapia Emocional con Tés Herbales?

Mira, gurú de pantalla,
yo no quiero sanar así,
con frases que saben a papel mojado.
Yo quiero dolerme hasta los huesos,
arrastrarme en la memoria,
vomitar cada palabra no dicha
hasta que el silencio tenga sentido.

Lo que extraño SÍ existe.
Y ese es el maldito problema.




jueves, 7 de agosto de 2025

¿Cuidas tu hogar ?


No me refiero a esa casa con paredes,
donde las puertas chirrían y el gas huele a olvido.
No.
Hablo de ti.
De tu cuerpo que aún tiembla cuando alguien finge ternura.
De ese pecho que alguna vez fue templo,
y ahora es ruina con flores secas entre las grietas.

¿A quién dejas entrar?
¿A qué manos, a qué bocas, a qué promesas de trapo?
¿A quién le das la llave de tu carne,
como si fuera papel y no piedra,
como si no doliera cuando te pisan los recuerdos?

¿Dejarías que un perro sarnoso,
con la piel colgando como confesiones tarde dichas,
lleno de pulgas que susurran mentiras,
con barro en las patas y mierda en los dientes,
entrara en tu casa?

Porque eso hiciste.
Le abriste la puerta al que venía arrastrando su propio infierno,
con la lengua babeando caricias
que olían a culpa fermentada.
Y tú, con el corazón acurrucado en un rincón,
le ofreciste cama,
le ofreciste tu voz,
le ofreciste tu historia escrita con sangre vieja.

Te dijo
“Me encantas”
como quien escupe en una herida
y tú le creíste.

Porque eras hogar buscando dueño,
porque eras incendio fingiendo que el calor era amor.

Él entró con los zapatos empapados de otras guerras,
y tú pensaste que con tu ternura podrías limpiar sus pasos.
Pero lo que hizo fue cagar en tus rincones más sagrados,
aplastar tus rituales con sus mentiras viscosas,
marcar tu espalda con su ausencia.

Y cuando por fin se fue,
no cerraste la puerta.
La dejaste entreabierta, por si regresaba.
Aunque sabías que lo único que volvería
serían las moscas,
el olor a podrido,
y los fantasmas de lo que pudo ser.

Así aprendiste que no todos los que golpean la puerta
vienen por abrigo.
Algunos vienen por carne.
Por un alma abierta como ventana en tormenta.
Por un cuerpo sin cerraduras,
un corazón sin mordazas.

Ahora lo sabes.
Ahora tal vez preguntes,
antes de ofrecer tu pecho como refugio:

—¿Cuidas tu hogar?

Y no respondas con palabras.
Mira tus manos.
Huelen a cloro y a cicatriz.
Has estado limpiando ruinas otra vez.




martes, 5 de agosto de 2025

Dudar También Era Amar

 La salud se convirtió en ley,

y amar a alguien como tú
comenzó a parecerme una enfermedad.
No porque dolieras.
No porque me hicieras daño.
Sino porque te amé con una intensidad
que no cabía en ninguna norma,
ningún manual,
ninguna idea de lo que debía ser
“saludable”.

Me dijeron que dudar era traición,
que lo sano era lo limpio, lo recto,
lo claro.
Pero ¿Cómo no dudar de algo
que me movía hasta los huesos?
¿Cómo no cuestionarme
si merecía sentir tanto,
si tu  … toda tu 
era lo más salvajemente real que me pasó?

Me enseñaron que la certeza es orden,
y yo era un caos contigo.
Un hermoso, cálido, brutal caos.
Porque te pensaba incluso dormida,
porque tu nombre me dolía en la lengua,
porque tu olor quedó metido entre mis costillas.

Me enseñaron que el amor es obediencia.
Que hay que portarse bien,
que no se ama con rabia,
que no se extraña con gritos,
que no se escribe poesía a quien ya se fue.

Pero yo te amo con todo eso.
Con rabia.
Con gritos.
Con poesía.

Sin duda, no hay lugar para la certeza…
—me dijeron—
pero yo dudé.
Dudé tanto que descubrí que el amor
no es una línea recta.
Es una herida abierta que canta.
Un espejo que no te devuelve,
pero te recuerda.
Un dios pagano al que le oré
mientras me desangraba por dentro.

Sin verdad, la libertad se desliza silenciosamente en obediencia…

¿Sabes?
Por obedecer, te perdí.
Por querer amar “correcto”,
te amé menos de lo que querías…
o más de lo que podías soportar.

Y entonces sí,
me quedé sin verdad.
Sin la tuya.
Sin la mía.

Solo me quedó esta fea libertad
de caminar por el mundo
sin el peso hermoso de tu risa,
sin la presión deliciosa de tu mano en mi cuello,
sin la certeza de que alguna vez fui tuya,
aunque sea por un segundo eterno.

Hoy escribo para confesar que dudar fue amar.
Que cuestionarte fue cuidarte.
Que irme no fue rendirme.
Fue intentar no destruirnos.
Y fallé.

Pero si pudiera volver,
me quedaría.
Con tus dudas.
Con las mías.
Con las nuestras.
Porque eso también era amor.

Porque tú…
fuiste la única enfermedad
que me hizo sentir viva.




lunes, 4 de agosto de 2025

Conjuro Mortal

 Porque las palabras correctas,

en el instante exacto,
pueden resucitar a un muerto…
o terminar de joder a una viva.
Osvaldo Salazar tenía razón.

Y tú lo sabías.
Maldito seas.
Sabías cómo pronunciar mi nombre
como si fuera oración…
o sentencia.
Sabías cuándo decir "te amo"
y cuándo decir "tranquila",
aunque no fueras a quedarte,
aunque no estuvieras tranquilo,
aunque "te amo" no significara nada.

Tu voz era magia negra,
y yo… yo era toda oídos.
Yo era la imbécil que creía en conjuros,
la bruja torpe que se tragó el hechizo
porque venía envuelto en saliva y promesas.

Las palabras duelen más que los golpes,
más que el frío,
más que las ausencias,
porque las palabras duelen
cuando aún están vivas en tu cabeza
a las tres de la mañana.
Porque tu maldita voz
me sigue repitiendo esas frases vacías
que sabías decir con exactitud quirúrgica.

"Confía."
"Estoy aquí."
"Te elijo."
"Siempre."
¿Siempre?
Qué palabra más perra.
Más traicionera.
Más asesina.

Y yo, con el alma hecha trizas,
buscando en cada sílaba
una excusa para no odiarte.
Buscando entre las letras
algún conjuro inverso que me devuelva la paz,
la dignidad,
la puta gana de respirar sin sentir tu nombre.

Porque sí, las palabras pueden ser conjuros…
pero también pueden ser cuchillas,
pueden ser veneno en copa dorada,
pueden ser disparos que no suenan,
pero atraviesan igual.

Y tú disparaste con cada frase bien colocada,
como quien lanza puñales con la precisión
de quien ya ha matado antes.
Y yo…
yo recibí todos esos malditos hechizos
con el pecho descubierto,
como si no supiera que la magia más letal
no se lanza con varitas,
sino con labios.

Y ahora estoy aquí,
reconstruyéndome con palabras propias,
porque con las tuyas ya no puedo.
Porque ya no me quedan velas,
ni altares,
ni rituales que me salven
de la maldición de haber creído en ti.

Así que escribo.
Escupo tinta.
Maldito conjuro inverso.
Poema de guerra.
Grito disfrazado de verso.
Porque si alguna palabra ha de tener poder,
que sea la mía.
La que me salve.
La que me levante.
La que me saque de esta tumba emocional
donde tu conjuro me dejó temblando.

Y si un día yo también aprendo el conjuro,
que tiemble el mundo,
porque no hay bruja más peligrosa
que la que sobrevivió a un hechizo de amor
que la quiso ver muerta.




¿Y si soñar es una trampa?

 

¿Hasta qué punto soñar es válido?
¿Hasta qué punto no se convierte en tortura?
¿Hasta qué momento no pasa de ser
una venda sucia sobre una herida abierta?

Porque sí, a veces duele más soñar
que rendirse.

¿Y si el pesimismo de un amigo que te dice “no vas a lograrlo”
es más compasivo que tus propios sueños,
esos que nacen desde el hueco más putrefacto de tu vida,
donde ya nada florece,
pero tú aún te aferras
a una imagen absurda
de amor,
de familia,
de lealtad,
de amistades reales
y cosas que este mundo ya no fabrica?

¿Y si soñar es solo una forma educada
de no volarte la cabeza?

Una forma de disfrazar la rabia,
de posponer el grito,
de tragar sin vomitar
este mundo asqueroso
donde las oportunidades son pocas,
y las pocas…
tienen nombre, apellido, linaje, contactos y herencias.

¿Y si no es que no eres suficiente,
sino que no naciste con estrella?
¿Y si todo es un juego
al que tú llegaste sin ficha?

Y sin embargo…
¿Qué pasaría si dejaras de soñar?

Si no tuvieras esa fantasía absurda
de que un día algo cambia,
¿Qué te levantaría de la cama?

¿El deber?
¿La rutina?
¿El miedo al qué dirán si te dejas caer?

¿Sobrevivir lo más dignamente posible
mientras esperas que el reloj se canse
y se lleve tus días?

¿Por qué quitarte la vida está “mal”,
pero vivir arrastrándote en nombre de la gratitud
es correcto?
¿Es eso?

¿Agradecer lo mínimo,
aunque el alma esté hecha trizas?

¿Es eso vivir?
¿O es solo no morir?

Mierda…

Quizá sí.
Quizá los sueños no son la salvación.
Pero son un faro.
Uno jodido, quebrado, inestable.
Pero faro al fin.

Y cuando todo se apaga,
cuando ya no crees en nada,
ni en Dios, ni en la gente, ni en ti misma,
a veces queda solo eso:
la fantasía inútil
de que mañana puede doler un poco menos.

Y esa fantasía,
tan ridícula y pequeña,
a veces es suficiente
para no rendirte.

Para respirar.
Para aguantar.
Para pelear otro día.

Así que sí.
Tal vez soñar sea una trampa.
Pero si no soñamos…
¿Qué carajos nos queda?




Maldita Sea, No Me Dejes Dormir

 Es irónico, ¿verdad?

Hay quienes corren al mundo de los sueños
como quien se lanza al mar para apagar un incendio.
Allá adentro todo es más fácil:
nadie te rompe,
nadie te miente,
nadie te deja con las manos estiradas y el alma abierta en canal.
El puto paraíso acolchonado donde todo lo que falta… aparece.
Les funciona, maldita sea.
Se duermen como si la realidad no los escupiera cada día.
Y yo aquí.
Despierta.
Atrapada en esta trinchera mental
donde mi cerebro me grita:
“Ni se te ocurra cerrar los ojos, pendeja. No lo hagas.”

Porque allá… en el sueño…
ahí estás tú.
Tú,
con esa sonrisa que me jodía el corazón,
con esa forma de mirarme como si el mundo no ardiera.
Ahí estás tú,
entre sábanas blancas,
entre piernas enredadas,
tocándome como si no te hubieras ido,
como si no me hubieras dejado rota,
como si no me hubieras dejado a mí sola recogiendo los pedazos que rompiste con toda la intención del mundo.

Y sí, lo admito,
una parte de mí quiere quedarse ahí.
En esa mentira.
Dormir.
Volver.
Quedarme.
Pero mi mente no lo permite.
Me arranca.
Me jala del cuello como una perra desquiciada:
“Despierta, cabrona, que ahí no es.”
Porque sabe que si me duermo demasiado
me quedo para siempre.
Y no hay regreso.
Solo ese puto vacío tibio que parece amor pero es veneno.

Así que no duermo.
No puedo.
Me niego.
El insomnio ya no es un síntoma,
es un escudo.
Es mi coraza contra lo irreal.
Y sí, me jode.
Me sangra los ojos,
me seca el alma,
me hace hablarle a las paredes como si fueran testigos del crimen.

Pero al menos despierta, soy libre.
Libre de ti.
Libre de mí contigo.
Libre de la fantasía que me hace pensar que aún existes en ese rincón del sueño donde aún me amas.
Porque ya no me amas, ¿verdad?
Nunca lo hiciste.
Y me rompí igual.
Como una estúpida,
como una niña abrazando dinamita.

Así que no me digas que me relaje.
No me mandes a meditar.
No me hables de paz ni de cerrar ciclos ni de que el universo tiene planes.
¡Que se vaya a la mierda el universo!
¡Que se ahoguen los sueños!

Déjame aquí,
con mis noches largas,
con mis ojos abiertos como heridas,
con mi lengua seca de no nombrarte.
Déjame con mi insomnio,
que al menos él no me miente.
Él no me deja.
Él no me hace creer que esta vida de mierda
alguna vez fue buena contigo.

Porque si duermo, te vuelvo a ver.
Y si te veo, me muero.
Y si me muero,
ya no despierto.




viernes, 1 de agosto de 2025

🖤 "La Sabiduría de los Locos"

 por ti, que eras mi incendio favorito

Me dijeron que el amor era sabio,
pero el mío gritaba en lenguas
que ni los ángeles entendían.
Me arrancaba el alma en pedazos
para coserla con hilos de esperanza sucia.

Tú llegaste como llegan los venenos:
lento, dulce, letal.
Y yo, ilusa como las flores en invierno,
te abrí los brazos creyendo en la primavera.

Era sabia, o eso decía mi voz serena,
pero tú trajiste tu caos,
tu risa como trueno en mi pecho,
y tu sombra elegante de demonio elegante.

Y te amé.
Como aman los que ya no quieren vivir,
como besan los que saben que será la última vez,
como gritan los que no tienen a quién llamar.

Tú no eras amor,
eras una fiebre divina,
una peste hermosa,
una ruina adornada con perfumes caros
y promesas vacías.

Me enseñaste que los locos aman mejor,
porque no esperan nada,
porque lo dan todo,
porque no saben guardar lo que sienten.

Y los sabios…
los sabios como yo,
pierden la cabeza
por criaturas como tú,
que huelen a destino pero saben a error.

Ahora lo entiendo:
el amor es la sabiduría de los locos
y la locura irreversible de los sabios.

Y yo,
que un día fui sabia,
me volví tuya.
Y eso fue mi locura.



Sin hacer ruido

 Hoy me doliste en el pecho,

como si algo se me hubiera roto adentro
sin hacer ruido.
Sin drama, sin gritos, sin portazos.
Solo ese silencio asesino
que se mete bajo las costillas
y se queda ahí, jodiéndote el alma.

No hiciste falta para romperme.
Ni siquiera tuviste que decirme “me voy”.
Ya te habías ido desde antes.
Tu cuerpo estaba,
pero tu alma ya estaba paseando en otro infierno
o en otra cama,
que a estas alturas ya da igual.

No sabes lo que es morderse las ganas de gritar.
De llamar.
De maldecir.
De preguntarte si al menos te dolió perderme,
aunque sea un poquito.
Aunque sea en una noche de insomnio
cuando no tienes a quién joder con tus vacíos.

Yo me partí por dentro
como una puta taza vieja
que alguien rompió y volvió a colocar en el estante
para que nadie lo notara.
Y nadie lo nota.
Porque aprendes a seguir.
Con la herida abierta,
con la sonrisa ensayada,
con el “todo bien” que no se cree ni tu reflejo.

¿Y sabes qué jode más?
Que uno ama con rabia.
Con todo.
Con las tripas.
Con las lágrimas que nadie ve.
Y tú…
tú solo pasabas el tiempo.
Como quien hojea un libro que no piensa terminar.

Hoy me doliste en el pecho.
Y no fue un pinchazo cualquiera.
Fue una demolición controlada,
hecha con precisión quirúrgica.
Sin explosión,
sin advertencia,
sin siquiera un “lo siento”.

Yo acá, reconstruyéndome con pegamento barato,
haciendo terapia con canciones
y alcohol emocional de alta graduación.
Aprendiendo que hay gente
que no te rompe porque no te quiere…
sino porque puede.
Porque es más fácil partir a alguien que cuidarlo.
Porque es más cómodo destruir que sostener.

No quiero otro amor.
No por ahora.
No me jodan con “el tiempo lo cura”
ni con “todo pasa por algo”.
El tiempo no cura ni mierda.
Solo hace que te acostumbres al dolor,
como quien se adapta al frío sin dejar de temblar.

Hoy me doliste en el pecho.
Y eso no se arregla con abrazos,
ni con frases lindas,
ni con la puta esperanza de que "alguien mejor vendrá".

Porque yo ya me había entregado.
Y vos solo estabas de paso.
Y eso, hija de puta… eso no se perdona fácil.



Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...