Querido lector

Querido lector
Querido lector Permíteme tomarte de la mano y guiarte en este viaje, en la búsqueda del amor más puro, aquel del que tanto se habla cuando se menciona a Dios. Acompáñame mientras intento desentrañar el misterio de amarle por encima de todas las cosas, de descubrir en su reflejo la esencia de mi propio ser y, solo entonces, aprender a amar a quien quizás ha sido el más profundo anhelo de mi corazón. En medio de la ruptura, en la delicada danza de la metamorfosis, y a través de la inevitable evolución del amor, caminemos juntos con la esperanza de alcanzar, si no la perfección, al menos la más sincera expresión de ella.

lunes, 30 de junio de 2025

Te vi, y me jodí sola

 Todavía me daba asco el amor,

como tragar algo podrido con sonrisa de idiota,
tenía tanto puto miedo
de volver a sentir esa mierda,
de inflarme de esperanzas baratas
y reanimar las mariposas muertas
que apestaban en mi estómago desde hace años.

Pero en ti vi algo distinto,
como una trampa bien disfrazada,
una mirada que sabía mentir con ternura,
una conexión tan “única”
como las excusas de todos los malnacidos anteriores.

Sí…
te vi.
Y se me fue la poca dignidad que me quedaba.

Me lancé al vacío sin paracaídas,
me arriesgué… y te quise.

Qué maldito  error.
Sin casco, sin advertencias,
sin leer los términos y condiciones
del infierno emocional que eras.

Así, sin miedo al desastre,
sin protegerme del daño,
me abrí como pendeja,
como quien deja la puerta abierta
y luego se sorprende porque le roban hasta el alma.

Tú, claro…
entraste con los zapatos sucios,
te limpiaste las manos en mi pecho
y cagaste flores muertas sobre mis ilusiones.

Yo, imbécil, agradecida.
Convenciéndome de que eso era amor.
De que dolía porque valía la pena.

Pero no.
Dolía porque eras una plaga.
Y yo fui tu terreno fértil.

Ahora solo quiero desamarte.
Vaciarme de ti como vómito,
rasparme el corazón con lija,
sacarme tu nombre con cuchillo
pero del alma, no de la piel,
porque tatuaje no eras,
eras maldición con sonrisita bonita.

Sí, me arriesgué.
Me partí la madre.
Y tú ni volviste a mirar.

Qué bueno.
Porque si te veo otra vez,
te juro que me convierto en medusa.
Y esta vez, sí te electrocuto.

Renuncio a ser humana (me largo a ser medusa)

 Ya no quiero ser adulta.

Ya no quiero fingir que todo va bien,
ni sonreír en reuniones donde todos apestan,
ni aguantar pendejadas con voz dulce y cruzando las piernas.

No quiero pagar renta, impuestos, ansiedad.
No quiero responder correos con “¡Quedo atenta!”
cuando en realidad me estoy desmoronando
y quiero lanzarme por la ventana…
pero vivo en planta baja, qué hueva.

Ni siquiera quiero ser humana.
Ser humana es levantarte con ganas de llorar
y aún así plancharte el alma y el cabello
porque alguien te dijo que verte “bien” lo arregla todo.

Quiero ser una medusa.
Una jodida medusa transparente,
inexpresiva, venenosa,
con cuerpo de gelatina y alma de “me vale verga”.

Nada de corazón, nada de empatía.
No más abrazos incómodos,
ni “cuídate”, ni “estamos para lo que necesites”
mientras clavan el puñal con sonrisa corporativa.

Ser una medusa:
sin jefe, sin horario, sin obligaciones.
Solo flotar en el puto mar,
bella, letal, indescifrable.

Cuando alguien me caiga mal o sea, el 90% de la humanidad,
los electrocuto.
Sin explicaciones, sin drama,
sin escribir párrafos de WhatsApp a las 3 a. m.
¡¡¡¡ZAS !! descarga directa.
Un espasmo, una sacudida, y bye.

Que se ahoguen en su propia mediocridad,
que digan “ay qué mala vibra”
mientras yo, reina gelatinosa,
me mezo entre las olas con mirada ausente
y tentáculos listos para hacer justicia pasivo-agresiva.

Me cansé de buscar sentido.
De aguantar gente que cree que tener carro y sexo
es tener la vida resuelta.
De explicar por qué estoy cansada si "no hice nada".
¡PUES ESO! Nada. No hice nada. Y estoy exhausta.

Así que sí:
quiero ser medusa.
Venenosa, etérea, peligrosa.
Una amenaza con brillo,
una venganza sin esfuerzo.
Un “no me hables” que flota.

Y si Dios tiene un problema con eso,
que baje y me lo diga en la cara.
O mejor no,
que también lo electrocutaría.



viernes, 27 de junio de 2025

pero ya me estoy cansanda, ¿eh?

 Aún no puedo caminar por las putas calles que amo

sin verte escondida en cada esquina,
como un recuerdo con cuchillo,
como un fantasma con el perfume que yo te di.
Las luces de la ciudad ya no me alumbran:
me exponen.
A mis heridas, a mis miedos,
a mi cara de “estoy bien” que ni yo me creo.

Los malos pensamientos son como moscas,
me revolotean la cabeza todo el día,
y yo ahí, fingiendo que medito,
cuando en realidad solo estoy evitando
matarme con ideas.
No tengo hambre.
Ni sueño.
Ni ganas.
Solo ese vacío existencial con sabor a ti.

Aún me acuesto llorando,
como niña tonta, como mujer rota,
despierto igual,
con la almohada ahogada
y el corazón con ojeras.
¿Sabes qué?
No sé ni por qué lloro.
Tal vez por todo.
O tal vez por seguir extrañando a alguien
que no supo ni cómo quedarse.

Las risas en la calle me ofenden.
¿Cómo carajo la gente puede ser feliz
cuando yo estoy hecha mierda?
Cada sonido, cada paso,
me recuerda a ti.
O peor:
a mí, cuando era feliz contigo.
Qué patética.
Qué real.

Aún no puedo comer sin llorar.
No es por dieta ni por drama:
es que el cuerpo no quiere lo que el alma no digiere.
Aún me arrodillo.
Cada noche.
Con las rodillas rotas y el orgullo también.
Le hablo a Dios,
le grito incluso.
Le digo:
“¿Hasta cuándo, cabrón?”
Y Él, muy Él, callo.
Como tú.

Me pregunto en qué fallé.
Y tengo teorías, ¿sabes?
Amé más de la cuenta.
Perdoné demasiado.
Esperé lo que nunca llegó.
Me vi a través de tus ojos
y no a través del espejo.

Aún quiero saber de ti.
Aunque sé que verte me va a romper otra vez.
Aunque me da más miedo tu voz
que cualquier tormenta.
Aún me hago preguntas estúpidas.
¿Por qué?
¿Por qué yo?
¿Por qué así?
Y ninguna respuesta me cierra la herida.

Sigo en pedazos,
con el alma arrastrándose,
pero maquillada.
Porque si voy a estar destruida,
al menos que me vean divina.

Aún te amo.
Sí, me da asco decirlo.
Pero es verdad.
Te amo con rabia,
con cinismo,
con esa desesperación de quien sabe
que amó a la hija de puta equivocada.

Un día más,
un día menos.
Qué más da.
El dolor ya es parte del mobiliario.
Le puse nombre.
Le hago café.
Duermo con él.

yo sigo aquí.
Viva,
pero a veces por inercia.

Esperando como imbécil con dignidad a medias
que un día esto pase.
Que duela menos.
O que me duela bonito, al menos.
Como esas cicatrices que ya no sangran
pero cuentan historias.



AÚN (maldita infeliz)

 Aún no puedo caminar por esas putas calles

que antes me sabían a libertad,
porque ahora me saben a ti.
A tus mentiras.
A tu voz de culebra disfrazada de caricia.
Cada esquina es una emboscada emocional,
y yo, estúpida, sigo cayendo.

Los pensamientos me devoran como si fuera cena caliente.
Y no tengo hambre, ni fuerzas, ni ganas.
El estómago cerrado, como mi dignidad cuando te amé.
Me tragué tus excusas,
y ahora no me entra ni el aire sin llorar.

Aún me acuesto llorando.
Y no, no sé por qué,
o tal vez sí, pero ya ni sé cómo explicarlo
sin parecer loca,
aunque loca ya quedé después de ti.

Me despierto con ese mismo nudo en la garganta
que no es tristeza, es rabia.
Es odio con maquillaje.
Es querer gritarle al mundo:
"me rompió, y encima se fue silbando."

Las risas ajenas me suenan a burla.
Los ruidos de la ciudad me perforan el alma.
Porque cada rostro que no es el tuyo
me recuerda que el tuyo fue el que me enseñó
lo doloroso que puede ser amar mal.

No puedo comer sin ahogarme en recuerdos.
Y sí, aún me arrodillo como idiota,
le oro a un dios que parece estar de vacaciones.
Le pregunto qué carajo hice mal.
En qué momento me perdí.
Cómo fue que terminé queriendo a una cobarde.

Aún quiero saber de ti,
aunque me tiemble todo solo de pensarlo.
Me da miedo verte,
porque sé que en cuanto te escuche,
toda esta fuerza que aparento se me cae como papel mojado.

Aún tengo demasiados "por qué"
y ni un solo "para qué" que valga la pena.
Sigo hecha mierda,
con el alma arrastrándose,
y aún —maldita sea—
te amo.
O te recuerdo como si eso fuera amor.

Un día más, un día menos,
¿Qué importa?
El dolor no se va, solo aprende a quedarse callado.
Y yo…
yo sigo aquí.
Con los pedazos en las manos,
esperando que un día de estos,
ya no duela recordarte.
Ni nombrarte.
Ni sobrevivirte.

jueves, 26 de junio de 2025

Respiro bajito (pero no estoy en paz)

 Respiro bajito,

no porque esté tranquila,
sino porque si respiro muy hondo
se me escapa el grito que llevo amordazado en la tráquea.

Respiro bajito,
como quien camina descalza por una casa llena de cristales,
con pasos de puntillas,
como si el silencio fuera un pacto
entre mi cordura y el caos.

A veces quisiera gritar,
pero sé que nadie escucha lo que no quiere oír.
Y gritar duele más cuando el eco es el único que responde.

Así que mejor me callo.
Practico el arte de fingir estabilidad
como quien ensaya una coreografía frente al espejo:
paso uno, sonrisa.
paso dos, “estoy bien”.
paso tres, respirar bajito otra vez.

Afuera todo sigue:
el mundo, la rutina, la gente que dice “sé fuerte”
como si eso fuera una receta de cocina.
Como si no fuera cansado ser fuerte
cuando lo que quieres es desmoronarte y que alguien diga:
“Tranquila, yo recojo los pedazos.”

Pero no.
Aquí estoy, respirando bajito.
No porque me conforme,
sino porque aún guardo la esperanza
de que un día pueda respirar profundo
y no sentir que todo se derrumba.

Ese día, tal vez,
el grito no será de dolor.
Será de alivio.




Te pienso cuando brilla algo

 No sé qué maldición pusiste

cuando entraste en mi vida
que hasta las buenas noticias
me duelen si no estás.

Porque justo cuando todo va bien,
cuando algo por fin florece,
cuando tengo un motivo para reír
ahí estás tú
en forma de recuerdo,
en forma de ausencia,
como si mi alegría te buscara
por reflejo, por costumbre,
por amor que no se gastó.

Entonces
me dan ganas de escribirte,
de contarte que lo logré,
que me pasó eso que soñamos una vez,
que estoy bien…
pero no del todo.

Porque no estás para escucharlo,
porque ya no soy quien te lo cuenta,
porque ahora soy solo alguien
que piensa en ti
cada vez que la vida se pone bonita.

Quizás eso es tocar el alma,
no cuando estás,
sino cuando ya no
y aun así duele hermoso
recordarte.



A ti, la que vino después

 Te la dejo.

Con moño, con sus traumas, con su ego inflado
y su necesidad crónica de sentirse deseado
cada vez que le mira el culo una sombra.

Felicidades, reina, te ganaste un premio:
un hombre que miente como respira
y jura amor con la misma boca
con la que me decía que tú “no valías la pena”.

Qué tierna te ves creyéndole.
Yo también tuve esa cara de idiota enamorada,
esa sonrisa boba, esa fe de mártir
antes de descubrir los mensajes,
las excusas baratas, el perfume ajeno en mi almohada
y la forma en que llegaba tarde,
pero con el ego bien afilado.

¿Celos?
No, ya no.
Los celos son para cuando aún queda algo.
Lo mío ya es otra cosa:
una mezcla entre asco, risa y lástima,
como ver a una amiga probar leche vencida
después de que tú ya te cagaste del estómago.

Sí, yo fui su casa.
Y tú, su motel de paso.
Un polvo con luces bajas y promesas flojas.
Una excusa para no arreglar sus grietas.

Pero quédate tranquila:
ya no duele,
ya no quema,
ya no grito su nombre en la almohada.
Ahora lo digo bajito,
cuando me tropiezo con su recuerdo
como quien pisa mierda y solo dice:
“Otra vez este imbécil”.

A ti,
te deseo suerte.
De verdad.
Porque amar a alguien que no sabe quererse
es como abrazar un cactus
esperando caricias.

Pero hey!!!
tú querías lo que era mío.
Ahora es tuyo.
Disfrútalo.
Viene con manual roto,
alma usada
y mil excusas en la mochila.

Yo me voy.
Limpia, herida, pero libre.
Tú…
tú verás cuánto te cuesta quedarte
en un incendio que ya me consumió.



Se me mueren las ganas

 

Se me mueren las ganas,
como hojas secas que ya no quieren caer,
como un reloj detenido en la hora menos esperada,
como una carta sin tinta, sin destinatario,
sin manos que la quieran abrir.

No es tristeza, no.
La tristeza al menos llora,
al menos grita, al menos arde.
Esto es otra cosa.
Es una habitación sin puertas,
un cuerpo sin lenguaje,
una respiración que no pregunta si vale la pena.

Se me mueren las ganas
de los cafés compartidos,
de las miradas que prometían mundos enteros,
de las promesas simples, como
“mañana será mejor”.

Ya no espero nada del viento,
ni de las canciones que antes me dolían bonito.
Ya no me conmueven los colores del atardecer,
ni el perfume de la lluvia en las aceras viejas.

Estoy sentado en el borde de mí misma,
mirando pasar la vida como un tren
que ya no me detiene.
Hay un banco que cruje bajo mi peso
y un silencio que me conoce por nombre.

No tengo hambre,
no de comida,
sino de futuro, de deseo,
de ese temblor que sentía en las manos
cuando la vida me tocaba aunque fuera con frío.

Se me mueren las ganas.
Y eso asusta.
Porque si no hay ganas, ¿Qué queda?
¿Quién soy cuando no quiero nada,
cuando ya no busco, no espero, no insisto?

Soy un envase sin mensaje,
una brújula sin norte,
un poema sin rima ni ritmo,
una boca que se cansa de explicar
que no es dolor lo que tiene,
sino ausencia de ganas de volver a sentir.

Se me mueren las ganas.
Pero aquí sigo,
esperando que algún día
resuciten solas,
como el sol que insiste
aunque nadie lo mire.




LO QUE SE QUEDA CUANDO TODO SE VA

 He intentado amarme como se ama a lo ajeno:

con cuidado, con distancia, con una ternura fingida
que no incomode a nadie.
Pero a veces, en silencio, me odio con tanta pasión
que hasta los espejos bajan la mirada.

He querido ser luz,
pero hay días en los que me abraza más bonito la oscuridad.
No por tragedia,
sino porque ahí nadie me exige brillar.

Me enseñaron que el amor debía salvarme,
pero tú llegaste como un incendio
y descubrí que hay fuegos que no queman la piel,
queman la versión de ti que fingías para sobrevivir.

Amarte no me hizo mejor,
pero me dejó la piel abierta,
y por esas grietas empezó a salirse todo lo que escondía.
No fuiste redención,
fuiste espejo.
Y eso, aunque nadie lo diga,
duele mucho más.

No me arrepiento.
Me elegí con el corazón sucio,
la esperanza rota,
y los pies caminando sobre cristales.
A sabiendas.
Con rabia.
Con amor.

Porque hay quienes llegan para quedarse,
y hay quienes llegan para que uno se quede consigo mismo.
Y tú fuiste de los segundos.
La herida que me enseñó dónde estaba viva.

A veces aún te recuerdo como quien recuerda un país
que ya no existe.
Una bandera que se quemó en sus propias fronteras.
Un idioma que ya no hablo, pero que mi alma todavía susurra.

Y aún así, si todo se repitiera,
si el destino se ofreciera en bandeja,
volvería a cruzarme contigo.

No para que me salves.
Sino para volver a caer.
Pero esta vez…
con los ojos abiertos,
las manos firmes,
y el alma lista para entender
que hay amores que no se quedan,
pero sí se clavan.
Y desde ahí… nos transforman.



Claro que vas a poder, porque naciste flor y dinamita

 ¿Cómo no vas a poder?

Si hay flores rompiendo el pavimento,
y tú has roto cosas mucho más duras:
relaciones, expectativas ajenas,
tu propio corazón…
y aun así sigues aquí, más guapa que el trauma.

No me digas que no puedes.
Porque tú no solo puedes,
tú arrasas.
Tú no te levantas, tú te rearmas como un edificio nuevo,
con cimientos de orgullo y ventanas a prueba de estúpidos.

La vida te ha escupido en la cara,
y tú te limpiaste con estilo.
Le sonreíste con labial rojo, le guiñaste el ojo al caos
y seguiste caminando como si el mundo te debiera una disculpa (porque te la debe).

¿Te sientes débil?
Pues qué bueno.
Eso significa que estuviste luchando.
Los que se sientan en la sombra a juzgar
no saben lo que es respirar bajito para no pensar en gritar,
ni lo que cuesta fingir que no estás rota
mientras llevas tus piezas como si fueran joyas de diseñador.

Eres arrogante, dicen.
¡Sí, y con razón!
Después de todo lo que pasaste,
¿te vas a pedir perdón por tener autoestima?

No, reina. No más disculpas por brillar.
No más bajarse el tono para que no se sientan inseguros.
No más esconder las alas para que no molesten.

Tú no floreces: tú revientas el pavimento.
Y si eso incomoda, que se aparten.
Aquí viene la tormenta con perfume y tacones.
Aquí viene la flor con raíces blindadas y espinas bien afiladas.

¿Cómo no vas a poder?
Si el mundo todavía tiembla cuando pronuncian tu nombre en voz alta.



miércoles, 25 de junio de 2025

Después de Todo Este Tiempo

Si tuviera que describirme con un personaje,
lo haría con Severus Snape.
Distante.
Oscuro.
De esos que cuando entran, la habitación se enfría.

Llevo el desprecio en la mirada
como otros llevan el maquillaje:
es parte del uniforme.

Mi voz no busca caer bien.
Mi silencio tampoco.
Y si sonrío,
es solo porque me resulta gracioso
ver cómo algunos aún creen
que la bondad siempre se nota en la cara.

Siempre visto de negro.
No por estilo.
Sino por luto permanente:
por mí, por lo que fui,
por lo que amé y me quitó hasta la sombra.

Mi actitud…
pedante, odiosa, antipática.
Sí.
Todo eso.
Me lo gané a pulso.
Porque si no vas a ser querido,
al menos que te teman con razón.

Pero aún así…
tengo un Patronus.

Una luz que no pedí,
que me sigue como un recuerdo
en forma de castigo.

Después de todo este tiempo,
sigue tatuado en mi pecho,
marcado a fuego frío,
como si cada latido lo repitiera:
“Siempre.”

Está en mi alma.
Recorre mis huesos,
habita mis noches,
me observa desde el reflejo de todo lo que no fue.
Es una llama blanca que no abriga,
una compañía que no consuela.

Está en cada célula de mis torrentes sanguíneos.
Como si el amor no me hubiera abandonado,
sino invadido,
colonizado,
infectado con dulzura que arde.

Aún así…
soy yo quien camina.
Quien enseña, quien castiga,
quien odia lo suficiente como para resistir.

Porque soy Severus Snape.

No, no soy un héroe.
No necesito redención,
ni estatuas,
ni canciones.

Solo un rincón en las sombras,
donde nadie pregunte por qué el ciervo sigue apareciendo
cada vez que cierro los ojos.

Yo hice un pacto.
Uno que ningún juramento mágico podría sellar.
Uno que hice solo,
en silencio,
con las lágrimas que nunca lloré.

Ese pacto…
no lo romperé.

Aunque me cueste la sangre.
Aunque me cueste el alma.
Aunque me cueste vivir como si ya estuviera muerto.

Porque así soy yo.
Porque amar sin ser amado
es una maldición silenciosa,
y yo la llevo con elegancia amarga.

Soy Snape.
O algo peor:
soy quien entiende a Snape.


Te llamo amor… porque llamar a los demonios tiene peor prensa

 Habitas mi mente, mi alma y mi corazón…

Como un inquilino que no paga renta,
que deja platos sucios en la mesa
y vacía mi vino sin dejar propina.

Te llamo amor,
porque “parásito emocional” no tiene el mismo glamour
ni rima bien con los boleros.

Te metiste sin llave, sin aviso,
como un ladrón que roba certezas
y deja en su lugar una nota cursi
con tu perfume y mis dudas.

Sí,
te pienso más que a mis impuestos vencidos,
más que a la muerte,
más que al Wi-Fi cuando falla en plena serie.

Te siento en el alma,
como una resaca de domingo eterno,
como el eco de tus excusas que suenan
a poesía barata en oferta.

El corazón…
Ah, mi pobre corazón…
Ese idiota sigue preguntando por ti,
como un perro que no aprende
que su dueño se fue con otra correa.

¿Cómo no llamarte amor?
Si amor es lo que llaman al hambre
que arranca costillas del alma
y pone flores en tumbas ajenas.

Eres mi amor,
mi dulce tormento,
mi cráter en el pecho,
mi herida con glitter.

Reímos, lloramos,
hicimos promesas como quien firma un contrato
sin leer la letra pequeña:
"Este vínculo no incluye respeto,
ni reciprocidad garantizada.”

Te llamo amor
porque “error repetido” suena feo,
y “lección no aprendida” no tiene métrica.

Eres mi inspiración
para versos tristes y facturas emocionales,
mi musa con cuchillo en mano,
la razón por la que mi terapeuta se fue a vivir al bosque.

Aún así…
vuelvo a ti como los idiotas vuelven al fuego,
como los políticos al discurso,
como los sueños a morirse de frío.

Habitas mi mente, mi alma y mi corazón…
como un fantasma que no quiere pagar renta ni irse.

¿Cómo no llamarte amor…
si amarte fue mi forma más poética de autodestruirme?

martes, 24 de junio de 2025

No pido mucho (solo lo imposible)

No pido mucho.
Solo que la vida me deje en paz los lunes
y me abrace los jueves.
Quiero carcajadas que no se sientan prestadas,
y silencios cómodos que no me obliguen a llenar vacíos con excusas.

No pido mucho.
Un café caliente que no se enfríe con reproches,
una cama compartida donde los cuerpos no huyan después del orgasmo,
sino que se queden.
Quiero charlas tan largas
que se nos enfríe la cena y se nos caliente el alma.

Tampoco exijo milagros.
Solo que si me rompo, alguien me mire sin asco
y me diga:
"Yo también me he roto. Quédate."

No pido mucho, digo.
Pero sé que para este mundo rápido, cínico y

desechable, pedir estabilidad emocional es casi una grosería.

Aún así insisto.
Porque me lo merezco.
Porque no vine a este mundo para mendigar amor bonito
ni para tomar café tibio con gente fría.

Prometí no romperme, pero me doblé

 Me pediste que no dejara

que el dolor me convirtiera en sombra.
Que siguiera caminando, aunque el piso crujiera
bajo el peso de tu ausencia.
Yo, con más miedo que coraje,
dije que sí.

No sabía que prometer fortaleza
es como prometerle fidelidad al mar:
ambos cambian,
ambos rompen.

Y sí, fallé.
Fallé los lunes grises, los martes sin motivo,
las noches donde tu nombre pesaba más que el aire.
Fallé en silencio, con una sonrisa educada,
de esas que no engañan a nadie,
pero evitan preguntas.

Aun así, sigo aquí.
No por valentía —no me adornes—
sino por amor bruto,
por lealtad absurda,
por la necedad de no soltar lo que ya no está.

Honrarte, descubrí,
no es hablar de ti como estatua,
sino respirar y no odiar el oxígeno que tú ya no usas.

Así que sí,
me volví más fuerte.
No de esas fuerzas que levantan mundos,
sino de las que arrastran el alma
y aún así llegan a casa.

A mi manera.
Torcida, cansada, medio rota,
pero cumpliendo.

Porque aunque me fallé,
a ti no.



sábado, 21 de junio de 2025

Pacto de Verdad

 

No tengo miedo de la soledad.
Ese monstruo hace tiempo duerme a mis pies.
Lo que me hiela el alma
es vivir mintiendo.
Llamar luz a la sombra.
Llamar amor a lo que apenas es apego.
Cerrar los ojos y fingir que es fe
cuando en realidad es miedo.

Prefiero una verdad que me rompa,
a una mentira que me acaricie mientras me pudre por dentro.

Por eso estoy aquí.
Por eso sigo.

Porque tú y yo hicimos un pacto:
mirarnos con los ojos abiertos,
decirnos lo que arde aunque duela,
sostenernos en silencio cuando ya no quedan palabras.

Cuando el mundo se vuelve denso,
cuando todo parece temblar,
solo necesito una cosa:
que me cojas la mano.

Eso basta.
Esa promesa silenciosa
es más fuerte que cualquier juramento gritado al cielo.

No somos perfectas.
Tú lo sabes.
Yo lo sé.

Aún así, cuando me miras y dices
“Eres una bendición en mi vida”…
creo.
No porque lo diga un hombre,
ni porque se firme con papeles,
sino porque nace del alma de una amiga
que conoce mis grietas y no se va.

No hace falta ser el mejor.
Ni la más sabia.
Ni la más fuerte.
Hace falta ser real.

En este mundo de máscaras
y medias verdades disfrazadas de amor,
nosotras elegimos la verdad completa,
aunque duela,
aunque nos deje temblando.

Porque así se honra un pacto.
Porque así se mantiene encendida la llama
de lo que realmente importa:
lealtad sin condiciones,
amor sin ceguera,
y una promesa que no se rompe,
ni siquiera cuando el alma cruje.

El Precio de Soñar

 Mírame, hermana.

No como alguien que triunfó,
sino como alguien que no traicionó su sueño,
aunque el camino me arrancara pedazos que nunca volverán.

Perseguir un sueño tiene un precio.
Nos lo dicen como si fuera advertencia,
como si fuera castigo.
Y sí:
duele.
Te quita el aire a veces.
Te hace dormir sola otras tantas.
Te enfrenta contigo misma —sin disfraces, sin excusas.

Pero ¿sabes qué es peor?
El precio de no intentarlo.
El precio que pagan las que se traicionan.
Las que callan lo que desean.
Las que doblan la espalda
y fingen que no les importa vivir para otros,
que la comodidad es suficiente.

No lo es.

A mí me ha costado todo.
He tenido que abandonar hábitos,
arrancar raíces,
romper espejos donde ya no me reconocía.
He cruzado noches donde no hubo consuelo,
solo mi promesa como escudo.
He cargado con decepciones que todavía sangran…

Pero no me arrepiento.

Porque yo me atreví.
A pesar del miedo.
A pesar del juicio de quienes prefieren la jaula dorada.
A pesar de que ser fiel a lo que amo
me ha convertido en exiliada
de lugares donde una vez fui bienvenida.

No vine a este mundo a ser entendida,
vine a ser verdadera.
Y si eso me cuesta cariño,
si eso me cuesta compañía,
si eso me deja con el alma rota entre las manos…

…entonces que así sea.

Porque peor sería vivir con la culpa
de haberme fallado a mí misma.

Así que si algún día tu alma te llama al abismo,
si una parte de ti quiere correr aunque tiemble…
hazlo.
Corre.
Tiembla.
Pero no te quedes.

La que se queda, se muere por dentro.
La que se rinde, se pudre en su propia traición.
Y la que sueña, aunque le duela todo el cuerpo,
aunque tenga el corazón abierto en dos,
esa…
esa sigue viva.

La Mujer que No Rompe Pactos

 Soy una mujer de palabra.

De las que no se quiebran al primer temblor.
De las que callan, pero no ceden.
De las que tiemblan por dentro
mientras por fuera mantienen la frente erguida
y el alma ardiendo.

No rompo pactos.

No porque no duela,
sino porque mi dolor no es excusa para traicionar lo que juro.
Porque mi voz tiene peso,
y cuando digo “sí”,
esa palabra se convierte en fuego y se graba en mi piel.

Aunque el dolor me carcoma el alma,
aunque haya noches donde el pecho se me vuelva piedra,
aunque me tiemble la fe,
más fuerte es la llama
que me empuja a cumplir lo que prometí.

Nada sucede sin esfuerzo.
Eso lo aprendí a fuerza de golpes y de esperas.
Nada cae del cielo
sin que primero haya una mujer que lo mire con hambre
y se atreva a dar un paso,
aunque tenga miedo.

Hay que tener fe.
Pero la fe no es una flor suave.
Es una espada.
Es una batalla contra todo lo que nos dice: “no puedes”.
Y para tener fe,
hay que romper los prejuicios que nos atan,
los que heredamos, los que callamos, los que fingimos que no existen.

Eso requiere coraje.

Para tener coraje,
hay que vencer el miedo.
Ese que te susurra al oído que es mejor rendirse,
que ya es suficiente,
que nada vale tanto.

Y aun así… camino.

Porque elegí esto.
Porque lo que valoro no cambia cuando me duele.
Porque cumplir la palabra
es también una forma de amarme a mí misma,
de no fallarme.

Soy una mujer de palabra.
Y aunque eso me sangre por dentro,
prefiero mil veces el dolor de ser fiel
al vacío que deja traicionar lo que una vez juré con el alma.

viernes, 20 de junio de 2025

La Deuda Imposible

 Nacemos para servir.

Eso dicen.
Desde el primer aliento, ya somos deuda:
una existencia prestada
que debe ser devuelta
con obediencia,
con renuncia,
con la muerte lenta del yo.

Debemos morir a lo que somos.
A cada impulso.
A cada anhelo que no tenga forma de altar.
Morir para agradar a Dios…
¿pero qué queda entonces?
¿Quién habita el cuerpo después del sacrificio?

Y aún así,
nos exigen ser alguien.
Construir un nombre.
Dejar huella.
Ser luz.
Ser sal.
Ser todo.
¿Pero cómo se es algo
cuando lo primero que se nos enseña
es a anularnos?

Todo lo que deseas es sospechoso.
Todo lo que deseas —si te arde, si te mueve—
debe ser examinado,
filtrado, purgado,
hasta que no quede más que obediencia.

¿Acaso no basta con amar?
¿Con creer?
¿Con rendirse?

Incluso la felicidad debe ser sagrada.
Si algo te hace feliz,
pregunta primero:
¿hace feliz también a Dios?
Porque si no, no sirve.
Porque si no, será arrancado.

Y yo me pregunto:
¿Quién nos enseñó que la cruz
es el único lenguaje del amor?
¿Quién decidió que para amar a Dios
debíamos dejar de ser humanas?

Cristo pagó con todo.
Eso lo creo.
Con sangre.
Con el peso del mundo en la espalda.
Con el silencio del cielo en su agonía.

¿Y yo?
¿Cómo se paga una deuda que ya fue pagada?
¿Cómo se responde a un amor perfecto
sin volverse ceniza?

No pongo en duda Su amor,
pero sí esta jaula disfrazada de altar.
Este deber eterno de estar rotas para demostrar devoción.
Este evangelio del agotamiento.

¿Cómo se sirve sin perderse?
¿Cómo se entrega todo
sin extinguir la voz que clama en lo profundo:
“yo también soy obra suya”?

Y si todo debe ser para Él…
¿queda algo para nosotras?

¿Acaso es eso fe…
o simplemente el final de uno mismo
con una sonrisa obligada?

La Bendición Perdida

 Aunque confío con todo mi corazón en Dios,

no puedo evitar este vértigo que me habita.
Hay noches en que mi alma reza de rodillas rotas,
Aún así…
no vuelve.

No vuelve la luz con la que una vez respiré.
No vuelve su voz,
ni el temblor de su risa entre mis huesos,
ni el temblor de mis manos tocando lo sagrado en su piel.

Yo la sentí.
Y quien ha sentido lo divino no se conforma con recuerdos.
No se consuela con palabras,
ni se adormece con esperanzas.

Fui feliz.
No feliz como se es un domingo cualquiera,
sino como si el cielo se hubiera abierto solo para mí.
Como si Dios me hubiera mirado directo a los ojos
y me hubiera dicho: “Toma, esto es tuyo. Cuídalo.”

Lo cuidé.
Pero igual la perdí.
Y desde entonces, mi bendición se pudre en algún rincón del tiempo
donde no tengo acceso,
donde no puedo entrar
ni siquiera con todas las lágrimas que cargo.

Confío, sí…
pero confío como quien camina en la oscuridad con los ojos abiertos,
sin ver nada.
Confío como quien se ahoga
y aún así no deja de rezar bajo el agua.

Dios es testigo de mi fe…
pero también es testigo de mi ruina.
A veces me pregunto si me escucha
o si simplemente me contempla en silencio,
como quien observa una vela apagarse lentamente
sin intervenir.

Me enseñaron que Él da y quita.
Pero nadie me preparó para este vacío sin explicación.
Para esta vida que sigue,
como si no faltara algo esencial.
Como si yo no hubiera sido destruido por dentro.

Y sé que hay más por vivir.
Lo sé.
Pero también sé que algunos días
mi alma no quiere avanzar,
solo quiere volver.

Volver a aquel instante.
A su voz.
A su tacto.
A ese momento en que todo tenía sentido.

Y si no puedo…
si no está escrito que yo vuelva a ser feliz,
entonces que al menos sepa esto:

Que fui fiel.
Que no maldije.
Que aún entre las ruinas,
seguí mirando al cielo
aunque ya no me respondiera.

ME GUSTA ESTAR SOLA (NO SENTIRME SOLA)

 Me gusta estar sola,

no sentirme sola.
¿Captas la diferencia, o también te cuesta eso?

Puedo caminar en silencio
sin que nadie me huya,
y eso ya es un lujo.

Me gusta la soledad
cuando no tiene tu sombra,
cuando no me juzga por doler,
ni me exige sonreír
con las tripas hechas polvo.

Prefiero el eco de mis pasos
al murmullo falso de tus abrazos.
Prefiero mi taza rota
a tus copas llenas de promesas baratas.

Me gusta estar sola.
Pero contigo,
aprendí lo que es
sentirse sola
con alguien al lado
mirándote

como si fueras un error
que aún no sabe cómo borrar.

jueves, 19 de junio de 2025

Cambio de gravedad

 He pensado en irme,


no por huir del mundo,
sino por probar si el dolor
suena distinto en otro segundo.

Tal vez allá,
la tristeza no se adhiera a los huesos,
quizá no pese tanto
ni se quede a dormir en los besos.

No quiero escapar,
solo caminar en otra dirección,
ver si el aire en otros mapas
sabe consolar al corazón.

A veces no es el lugar,
ni el rostro, ni el tiempo perdido…
es que uno solo quiere
que el alma flote un poco más
en un rincón menos herido.

No busco olvido,
busco perspectiva,
como quien cambia de banco en la plaza
y de pronto
ve la vida más viva.

lunes, 16 de junio de 2025

¿Cuánto orgullo toca asesinar para escupir un sucio “te echo de menos”?


 ¿Cuántas veces hay que tragar

la dignidad podrida
para que no se note
que lloramos por alguien
que nos enterró vivas?

No se trata de amor.
Se trata de ego.
De admitir que una se arrastró
por migajas que sabían a ti.
Que se durmió con tu fantasma
apretado al pecho
y despertó
con el corazón en carne viva
y tu nombre entre los dientes.

¿Sabes lo que duele?
No fue tu traición.
Fue tener que inventarme entera
para no rogarte volver.

Porque sí.
Te echo de menos.
Pero también me echo a mí de menos,
la que era antes de ti,
la que no sabía lo que era
suplicar con la mirada
y morir un poco cada vez que no respondías.

¿Cuánto orgullo se mata
para decir eso en voz alta?
Todo.
Pero tranquila,
ya hice la autopsia.

Continua...

 Dale… sigue. Continúa. Sigue intentando callar esa voz que te susurra —no, que te escupe— que fracasaste. Que no supiste conservar lo...